Campaña Ambiental Pagana 2014

[Fragmentos] La devoción por las calaveras en el chamanismo fang

Máscara Fang, en forma de cuerpo femenino, ca.1990


 Fuente: Nuño, J.,La construcción de la memoria del grupo,  en VV.AA. Chamanismo, el arte natural de curar, Ed. Temas de Hoy, Madrid, 1997



Construcción de la memoria del grupo

En las sociedades preliterarias, la vida no podía ser concebida sin ritos de iniciación. A través de ellos, el joven se educaba y se convertía en un miembro de pleno derecho y deber en la comunidad en la que nacía. En la iniciación, el ser individual inmaduro “moría” en vida para renacer “hombre sabio” a través de la purificación, el sacrificio y la renuncia. Sinónimo de “maduración”, formas iniciáticas todavía perviven en algunos lugares del planeta, como entre los balineses o la etnia africana de los fang.
Su presencia se extiende por Camerún, Gabón y Guinea Ecuatorial. Uno de los grupos más numerosos de África, los fang, configuran un pueblo de guerreros y aventureros. Su número no sólo está compuesto por los vivos, sino también por los muertos. Entre ellos, los antepasados tienen un poder mucho más fuerte que el de los vivos, que procede del estado en que se encuentran.
Los muertos participan en las ceremonias de los vivientes, “aconsejan”, “ayudan” y “protegen” a las familias y a los poblados a que pertenecen. Intervienen en la vida de sus descendientes, recompensan a los que se mantienen fieles a la tradición en tanto que castigan a los que no la respetan, de ahí el culto que reciben. Para los fang, los antepasados no son más o menos un recuerdo lejano o ignorado, sino el eje en torno al cual gira la cotidianidad del poblado. Durante sus vidas, fueron los antepasados los que dictaron las normas de conducta moral, social u religiosa, llegando a establecer las relaciones entre los miembros de la comunidad. Los jefes, hechiceros, curanderos, ancianos y descendientes  tienen que velar para que se cumplan aquellas leyes y ritos que los antepasados establecieron. De todo ello resulta una comunidad sólida y unida, que hace prevalecer sus intereses sobre las distorsiones nocivas de los intereses individuales, que por esa razón son tachados como contrarios a las normas de la naturaleza y de los antepasados.

La devoción por las calaveras

Para los fang es imprescindible conocer las genealogías y los linajes para sentirse miembros del grupo al que pertenecen, para saber qué mujeres les están prohibidas y qué clase de relaciones tienen que mantener con los vivos y con los muertos.
Del culto iniciático a los antepasados brota en esta etnia africana la importancia otorgada por ellos al cráneo de los muertos. Para este pueblo guerrero, el cráneo representa toda la fuerza y sabiduría de una persona. A su muerte, es recogido por el hijo o el descendiente para conservarlo con él durante el tiempo de vida que le reste. El padre de la familia acostumbra a presentar a los hijos mayores las calaveras de sus abuelos relatándoles la vida de sus mayores. Y así les van diciendo: “Éste es el cráneo de mi padre. Nació en… Se llamaba… Se casó con… Murió matando a… y nunca olvides qué es lo que yo hago ahora con este cráneo, porque tú tendrás que hacer lo mismo con el mío.” Los cráneos de los hombres más relevantes adquieren la categoría de reliquias comunes, constituyendo el tótem del pueblo, su genealogía o, dicho en su propias lengua, su mbara.
Las relaciones entre los distintos clanes y linajes, los derechos y las obligaciones de los hombres que las componen así como la educación de los niños y de sus jóvenes se funden en el culto a los antepasados, que los nativos llaman byere. Ése es el fundamento de su costumbre, ética o moral.
Sin embargo, hay que añadir para evitar confusiones que no todos los antepasados son objeto de culto. La elección para convertirse en byere se rige por unas normas muy precisas. Es necesario que durante la vida el muerto hubiera hecho una recomendación expresa a sus descendientes, que hubiera destacado entre los suyos por unas actitudes, dones o capacidades extraordinarias manifestadas en la guerra, en la caza, en la oratoria, en la riqueza, en las relaciones con las mujeres, por el pequeño o gran número de sus hijos…
El byere es el “pasado colectivo”, verdadera fuente de potencia infinita y fundamento de las normas morales que el hombre debe aceptar. Hay que decirlo una y otra vez: todos los sacrificios e invocaciones se refieren a este pasado. Los valores son apreciados por la invocación al okwa (en otros tiempos), cuando el byere presidía todos los actos importantes de la vida. En okwa vivía un solo tipo de hombre ejemplar; era el llamado fan, respetuoso con la tradición y que encarnaba al hombre auténtico, al ña-moro.

El rito de la iniciación

La iniciación al byere es la culminación de un largo proceso iniciático que transforma al hombre fang en “fuerte como una roca”, valiente y energético, preparándole de la forma adecuada para asumir con responsabilidad la vida en la familia, en el clan y como miembro real del pueblo.
Cuando la luna brilla todos los pueblos están de fiesta. Se canta y se baila en honor de la luna, ya que es principio fecundador de la tierra y la humanidad. Y es que la luna en idioma fang se designa con la expresión ngon, que quiere decir “muchacha”. Las ceremonias de iniciación al byere tienen lugar dentro del verano, en los días que preceden a la luna llena. Las ceremonias y rituales duran nueve días, número que tiene para los fang un simbolismo particular pues en él ven la plenitud, la obra terminada, usándose en todas aquellas situaciones en las que no es posible admitir imperfecciones.
El ndong mba es el equivalente al chamán. Su acción benéfica es el nguí y la maléfica el m`guo.
Para empezar, un ngun-melan (casa para la iniciación) se construye en el interior de la selva. A ella se trasladan los byere, que normalmente conservan en cámaras especiales en las casas del poblado. Los nsek, cajas donde se conservan los cráneos de los diferentes linajes de cada clan, son llevados a hombros de los dignatarios de la tribu hasta la casa de iniciación.
Mientras las calaveras son transportadas, los dignatarios fingen no poder apenas con su peso, un claro gesto ceremonial que forma parte de la adoración. Hay que decir también que con dicho traslado al lugar retirado de la iniciación, el poblado, al “perder” su byere, pierde momentáneamente su fundamento. Una vez que han sido situados los cráneos de los antepasados en su provisional morada, dan comienzo los ritos.

Enseguida son llamados los neófitos, jóvenes cuya edad se sitúa entre los dieciocho y los diecinueve años. Se les practican unas pequeñas incisiones en el pecho como parte del ritual y, a continuación, se les hacen las siguientes advertencias: “Tenéis que estar recluidos varios días… no podéis hablar con profanos… no podéis ser vistos por nadie…”
Acto seguido, son encerrados en la aba, casa de reuniones del poblado, cuya apertura se tapa con hojas de banano. En el interior verán una leña misteriosa cuya combustión deben presenciar antes de ser puestos en libertad. En el exterior del aba hay siempre un vigilante, el cual, cuando los oficiantes de la iniciación tienen que salir, grita para que todos los del poblado que merodean cerca huyan despavoridos a esconderse en sus casas y una vez dentro de ellas cierren por dentro puertas y ventanas.

Como preparación, el día anterior los jóvenes han ido al bosque para aprender cómo se recolecta y se prepara el alan, una planta con poderes singulares que será utilizada un poco más adelante en las ceremonias de la iniciación. En la nomenclatura botánica, esta planta es conocida por Alchornea floribunda.

Más tarde serán llevados a la casa ngun-melan y en la antecámara se inicia el rito de la purificación. El ngun-gan-melan (un maestro de ceremonias) toma de un recipiente recubierto con hojas de banano el ekasso (ungüento compuesto por una mezcla de hojas, raíces, pieles, corteza y flores), y lo escupe en la cara de cada muchacho; después les unge el pecho con él y, finalmente, se lo da a beber. Con ello pretende liberar al joven de los malos espíritus que podrían impedirle ver al byere y prepararle para poder soportar su tremenda presencia durante el estado visionario producido por la ingestión del alan. (La sustancia activa en este caso puede ser la Eleophorbia drupifera, también conocida por ayam beyem o, según algunos autores, una mezcla misteriosa de diez plantas). Una vez purificados, se realizan sacrificios de gallinas y cabras en la parte secreta de la casa de iniciación. La sangre se derrama sobre los cráneos, al mismo tiempo que se unge a la imagen del byere, hecha de madera con aceite de palma. De esta forma, los antepasados se hallarán en disposición propicia para recibir la visita de los que se inician. En la otra parte de la construcción, los candidatos comienzan a ingerir el alan mientras la música de percusión inicia un ritmo frenético. Los neófitos comienzan a bailar y continúan haciéndolo sin parar hasta que caen al suelo desvanecidos. Allí permanecen inconscientes, inmóviles y con una rigidez cadavérica durante tres o cuatro horas. Cuando despiertan relatan al ngun-gan-melan lo que han visto. Cuentan cómo se les presentó el byere, qué les impuso como precepto, qué misión les encomendó y si les reveló algún acontecimiento futuro. Revelaciones que los iniciados tienen luego que mantener en secreto, sin contárselas a nadie.

Regreso al poblado

Cuando los efectos del alan disminuyen los ya iniciados son llevados a la parte secreta del ngun-gan-melan donde, después de haber visto al byere en su forma espiritual, lo ven ahora de forma directa y cargada de símbolos de los cráneos. El ngun-gan-melan y el jefe de linajes van sacando cada una de las calaveras de su relicario, citando los nombres y relatando su historia genealógica. Cada cráneo se presenta decorado con diversas pinturas y con las señales del clan al que perteneció durante su vida. El iniciado deberá aprender esos nombres y reconocer los cráneos de su propio grupo.
Más tarde, se hace danzar a los byere adornados con pulseras, brazaletes y una corona de plumas en la cabeza. Algunos de los muchachos sujetan las calaveras y las hacen bailar.
Los muertos recuperan la vida al ritmo de las percusiones y los cánticos. El byere, propiciado por los sacrificios y la danza, se mostrará favorable a los nuevos iniciados.
Después, y tras reiterar el juramento de no revelar nada de lo visto y oído, regresan a la parte central del poblado donde todos esperan su llegada. La música suena otra vez, al tiempo que las danzarinas ejecutan sus complicados bailes delante de toda la concurrencia. Danzan ataviadas con collares, brazaletes, plumas de gallina y pequeñas máscaras sujetas a los brazos.
Además de los  fang, otros grupos de Gabón, Guinea Ecuatorial, Camerún, República Popular del Congo y Zaire también contactan con sus ancestros a través de la ceremonia del buiti (o buti), en la que se incluyen elementos cristianos de forma sincrética. La sustancia que suelen utilizar es la eboka o iboga (Tabernanthe iboga), más poderosa que el alan. En ocasiones se consumen ambas durante la misma celebración.


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