Campaña Ambiental Pagana 2014

Trabajo con los Antepasados


Tenemos presente el ciclo de las cosechas, sabemos que el grano germinará, que la planta crecerá y dará a su vez nuevas semillas, antes de caer. Sabemos que unas generaciones suceden a las anteriores, y pensamos en los antepasados... Desgraciadamente en el paganismo se suele hablar de los "antepasados" o "ancestros" remotos, adecuadamente envueltos en un aura de misterio y perfumados con cierta diluida sacralidad. Esta manipulación de los orígenes parece constituir una acrobacia que adquiere mayor mérito cuanto más se aleje el salto imaginativo de la realidad de un pasado histórico. No es que el culto a los antepasados sea necesariamente falsario, muchas culturas a lo largo del tiempo lo han realizado. Sin embargo seguramente éstas tenían, por un lado, una actitud más reverente hacia sus ancestros y, por otro, no ignoraban por completo -como hoy se parece ignorar- la diferencia entre un humano real y una imagen que encarna en un momento dado un ideal o un arquetipo (así fuera a través del mecanismo de cambio de condición existencial; por ejemplo, el antepasado era santificado, o convertido en un semidiós, etc.). 

La brujería puede llevar a cabo impresionantes efectos, pero los elementos que las hacen posibles pasarían inadvertidos a los ojos de la mayor parte de aspirantes a conocer los secretos del Arte... Precisamente por tratarse de cosas simples y aparentemente insignificantes. La maravilla siempre está cerca, inmediata a nuestra cotidiana experiencia; El problema es más bien desarrollar el sentido que nos permite percibirla e interactuar con ella. De vez en cuando, aunque sólo sea por hacer la prueba, conviene acallar el ruido y la urgencia y prestar atención a aquellos elementos más sutiles que amalgaman la realidad que vivimos.
En este contexto, pocas ocasiones he oído hablar de los “antepasados” inmediatos, es decir, nuestra familia. Mientras se vive en la casa familiar, se puede fantasear con que somos personas completamente distintas de aquellos que nos rodean, sentirnos completamente incomprendidos, y planear un futuro que idealmente nos aleje aún más de este familiar punto de partida... Pero cuando los años pasan, y las experiencias se acumulan – y, a menudo, incluso se repiten -, en la soledad desde la que nos vemos obligados a tomar decisiones, tal vez observándonos a nosotros mismos distraídamente, es muy posible descubrir con sorpresa cuan innegable resulta nuestra procedencia...

La familia tiene un peso significativo en nuestras vidas, no importando tanto si estamos muy apegados a ella o si, por el contrario, llevamos una vida más independiente y no tenemos demasiado contacto con nuestros parientes. La familia es el primer grupo humano al que pertenecemos, y de una manera u otra nos proporciona las primeras herramientas - también los primeros obstáculos- para nuestro desarrollo vital, cuyos ecos se dejarán oír, con mayor o menor sutileza, en el resto de nuestros días. No soy partidaria del determinismo, de manera que no creo que dependa de nuestros vínculos familiares lo que como individuos responsables de nosotros mismos podamos llegar a ser. No obstante, la información que una exploración atenta de estos vínculos familiares puede llegar a proporcionarnos no es nada desdeñable.
Nuestra herencia familiar no es exclusivamente genética, sino también cultural (particularmente, me inclino a pensar que la segunda llega a pesar más que la primera). De nuestros padres y otros familiares heredamos rasgos físicos que pueden suponer ventajas, desventajas o ninguna de las anteriores; adquirimos también modelos primarios de comportamiento, que, con el tiempo, decidiremos si seguir, rechazar, o dejar ahí porque tenemos otra opción - tarde o temprano, uno acaba por entender que aquellas personas que hicieron posible sus primeros pasos en el mundo han concluido su parte del trabajo, y depende de cada individuo el concluirlo satisfactoriamente-. 

Más allá de esto, nuestra historia familiar constituye un compendio de experiencias que nos anteceden y de las que, conscientes o no, somos partícipes. Ignoro cuáles son los mecanismos que operan en esos casos, pero en no pocas ocasiones, como si de un ciclo trágico griego se tratara, determinada falta cometida en un momento dado resulta expiada en una o dos generaciones posteriores. Y así como en nuestra vida particular nos encontramos con situaciones que se repiten hasta que aprendemos lo necesario para desentrañar el nudo del bloqueo, o bien hasta que nos concienciamos lo suficiente como para no tropezar de nuevo con la misma piedra, parecen existir situaciones familiares que se repiten a través de varias generaciones. Algo que parece terriblemente injusto desde la perspectiva individual, pero que, sin embargo, no carecería de lógica si pensáramos en la familia como una unidad que avanza a través del tiempo del mismo modo en que nosotros como individuos avanzamos en nuestra vida.

En estos tiempos en los que la individualidad de la persona se da por sobreentendida pero las personas corren a buscar extraños grupos ideales a los que aferrarse, tal vez debería plantearse uno qué sería realmente un clan, una tribu, un linaje... O cualquier otro de esos sustantivos que cuentan hoy con más apariencia que significado real. Sería una especie de conciencia colectiva que surge por agregación de generaciones, que incide sobre aquellas que van tomando los lugares que sus predecesores dejaron al morir y que, buscando su propia supervivencia, se enlaza con otras para diversificarse en ramas proyectadas hacia el futuro. Así, recopilando las historias de nuestros parientes podemos verlas como las posibilidades que esta mente colectiva consiguió concretar para pervivir; desde una infinidad de variaciones sobre un mismo tema, hasta una combinación que da como resultado una propuesta completamente diferente. Líneas genealógicas que ya se cerraron y otras que siguen abiertas y funcionales. Viéndolo desde esta perspectiva, no importaría demasiado cuan cercano o lejano se sienta uno respecto a su familia, seguirá formando parte de la misma aunque sea en calidad de excluido. Imaginemos una familia en la que padres y hermanos son alcohólicos, menos uno. Este uno, por salud mental, deberá alejarse del resto y hacer su vida de manera independiente. A sus padres y hermanos, no obstante, les deberá por siempre ese modelo tan claro de lo que no estaba dispuesto a aceptar.

Se acerca la festividad de la víspera de Noviembre, Samhain, Halloween o el Día de Muertos, momento del Ciclo Anual dedicado a la conciencia de nuestra propia mortalidad y el rol que juega la muerte misma en el ciclo vital, así como a la memoria de aquellos que nos precedieron - En varias culturas se sostiene aún la creencia de que las almas de los difuntos regresan al hogar para compartir la velada con los vivos - . Debería ser el momento adecuado para meditar acerca de lo que llamamos antepasados, o ancestros. Decía un tal Hoffer que “Es más fácil amar a la humanidad en general que al vecino”, también parece más fácil hacer ese salto imaginativo al pasado remoto para encontrarnos con lo que nos gustaría encontrar que enfrentar la idea de una familia, de una familia como la nuestra, que simplemente se remonta muchos años atrás... Significa aceptar el fardo que, junto a las posibles virtudes, lleva el peso de defectos y faltas cometidos por otros. Plantearse si deberemos ser conservadores o innovadores al respecto. Comprender que es nuestro momento, y sólo nosotros decidiremos hacia dónde crecerá la rama que encarnamos, en la búsqueda del sol.

Podemos imaginarnos una especie de cena de Navidad, con todos los invitados de costumbre, los que adoramos y los que detestamos, con los momentos de risa y complicidad, y con las situaciones incómodas, comentarios fuera de tono y demás, etc. y luego multiplicar el número de asistentes y situaciones por las generaciones hacia atrás que creamos convenientes (¿diez?, ¿cien?, ¿mil?): El resultado sería una reunión verosímil con un número reducido de nuestros antepasados. Tal vez antes de plantearnos con quienes estaríamos de acuerdo y con quienes estaríamos en completa oposición, deberíamos averiguar con cuántos compartiríamos idioma. Seguramente una reunión del tipo rompería más de un esquema y eso que sólo estaba planteando antepasados familiares... Imaginemos qué pasaría si pensáramos en los antepasados de una comunidad entera, de una región, de un país, etc.

Fueran como fueran sus existencias, consiguieron sucederse de modo que posibilitaron nuestra llegada a la vida. Abrieron caminos en el mundo que podemos escoger seguir o rehusar, ahora, en nuestro turno. Eso es lo importante, ese es el motivo de respeto: La “herencia” que nos dejaron no son unos rasgos en común o una tradición que perpetuar aún cuando desconozcamos su profundo sentido. La herencia real es una cartografía de opciones vitales cuyas líneas están escritas con la sangre de los que alguna vez pisaron la tierra antes que nosotros. Nosotros decidimos si seguir esos caminos o abrir otros nuevos, pero contamos con la información que ellos recopilaron y dejaron en nuestras manos.
Podríamos – creo – pensar en nuestros antepasados como personas reales, humanas, en su mayoría “comunes y corrientes”, o al menos conservar esta idea al lado de los inspiradores “antepasados-heroicos-arquetípicos” . Esto significa, entre otras cosas, empezar a dar el valor que se merece a nuestra abuela, o a cualquier familiar vivo... En lugar de esperar a que muera para mostrarle nuestro respeto o plantearnos la importancia que tuvo en nuestra vida. Seguramente nuestra abuela no es la gran bruja del pueblo, pero puede ser aún más impresionante descubrir a la persona detrás del rol de abuela, a la joven, o a la mujer madura que un día fue, y todo lo que vivió hasta vernos nacer. Puede que al final incluso lleguemos a ver a la persona que hoy es.

Significa, también, que podemos ver desde otra perspectiva, más profunda y humana, las relaciones que mantenemos con nuestros parientes y la colección de historias familiares. Tal vez sea el momento de ir a su encuentro si no lo hemos hecho antes, para escucharlas de primera mano por algunos de sus protagonistas, y recoger los ecos antes de que se pierdan, inaudibles, en la lejanía. Significa explorar nexos y correspondencias que ni siquiera habíamos percibido. Descubrir las bendiciones y maldiciones que la familia carga consigo, y pensar qué vamos a hacer al respecto, ahora, en nuestro propio tiempo. Suele suceder que nos olvidamos de lo más cercano, pero no tiene demasiado sentido pretender reunirse con los antepasados muertos, si apenas hemos prestado atención a la familia viva; como no lo tendría empeñarse en seguir el rastro de las huellas apenas distinguibles en la piedra si antes no hemos aprendido a leer las huellas recientes sobre la nieve.

Vaelia Bjalfi, 2009 (Revisión 2013)

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