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[Artículos] El Arte del Ritual, por Melina Lymnaia

"El Arte del Ritual", de Melina Lymnaia, se publicó originalmente en El laberinto griego (2012), se reproduce en Ouróboros con permiso de la autora.

Apolo, Dios de la música, danzando con las Musas.
Baldassare Peruzzi (1481-1536)


El otro día, viendo la película "El concierto" y el evidente paralelismo entre la interpretación de la violinista solista y el ritual, me animé a escribir este artículo. Un ritual puede ser comparado con un concierto. Las vivencias dentro del ritual son similares a las vivencias de los músicos (extensible a todos los artistas) que interpretan una obra. Quien escucha vibra con la excelsa música que reciben sus sentidos. Quien interpreta la partitura, si está preparado para ello, es transportado a otro plano, desde el que toca su instrumento. Analizando el proceso con un poco más de detenimiento, nos encontramos que para llegar a ejecutar un ritual o una partitura de esta manera, la persona ha tenido que pasar por una serie de aprendizajes que le han aportado la preparación necesaria para posteriormente poder vivir esta experiencia mística.
En primer lugar, el violinista aprende a leer las notas de la partitura y a trasladar lo que ven sus ojos a un movimiento de digitación determinado. Al principio sus acciones son titubeantes y el instrumento chirría. La música parece escurrirse entre sus esfuerzos. Esto es lo que pasa cuando se empieza a practicar la técnica ritual. Debemos aprender el lenguaje, y durante el proceso, los movimientos, los gestos y las palabras no fluyen con naturalidad. La magia que dábamos por sentado que sentiríamos ni siquiera hace acto de presencia. Muchos desfallecen en este punto. Lo que no se suele explicar aquí, es que se está haciendo trabajar el cuerpo con el objetivo de que este memorice muscularmente cada uno de los movimientos, para que más adelante pueda moverse sin la intervención de la mente, ya que esta deberá estar en otro lugar. Al final del proceso, la música será audible y la magia percibible. Pero sólo es el primer paso, ya que aunque se consiga una técnica perfecta, aún falta mucho para que su ejecución nos lleve al contacto con lo divino.

Cuando ya se domina el lenguaje musical y la técnica necesaria para materializar la partitura, el músico empieza a disfrutar de unas sensaciones con las que en el pasado sólo podía soñar. Lo mismo pasa con el ritual. La persona lo ejecuta con fluidez, sin pensar, y por lo tanto puede ser más consciente de las sensaciones que vive tanto a nivel interno como externo; puede sentir cosquilleos, se le puede erizar el vello, tener la percepción de que los sentidos se han agudizado... Muchas personas, al llegar aquí, creen que ya han alcanzado la meta, sienten la magia a su alrededor y quedan atrapados por su belleza, igual que Ulises con el canto de las sirenas. Así que de nuevo, para otros tantos, el recorrido termina aquí. En esta etapa se están creando unas poderosas asociaciones entre determinados movimientos musculares o corporales y determinados estados emocionales. Estas asociaciones tienen la finalidad de crear estados alterados de conciencia a través de unos gestos y emociones asociadas.

Ahora, el músico sigue practicando a la vez que sintiendo, emocionándose al tocar determinados pasajes. Cuando más toca, más fácil le es comprender y fluir con lo que el compositor plasmó en la partitura. Quien ejecuta el ritual, también aprende a fluir con la energía mágica que ha sabido hacer presente, y ahora la arropa con la intención original de su creación. Para poder hacer esto, la mente debe estar disponible además de haber adquirido ya un estado alterado concreto gracias a las asociaciones creadas en el paso anterior. La mente ahora debe dirigir como el director de una orquesta. Pero para dirigir debe saber escuchar a los músicos que tocan, y al mismo tiempo debe tener una visión de conjunto, saber cuál es el sonido final que la partitura indica, el sonido que su creador oyó en su mente, y debe ser capaz de materializar este sonido. El músico, con su instrumento, también pasa por el mismo proceso; ante todo escucha a sus compañeros, tiene una visión de conjunto y sabe cuál sonido y vibración aportar para alcanzar, entre todos, la intención que el compositor deseaba transmitir. La persona que ejecuta el ritual no es diferente. Debe percibir la magia con todas sus frecuencias y sintonizarse con ellas para crear la combinación buscada y dirigir toda esta energía. Estas frecuencias son las consabidas correspondencias, ya que cada objeto del altar emana su propia energía, de la misma manera que cada instrumento musical aporta su color en la obra final. A estas frecuencias se le pueden añadir otras, aquellas energías, seres semidivinos o divinidades, a los que les hemos pedido asistencia. En esta etapa, se aprende a fluir, a entegrarse y fundirse con el grupo, con la música, con las diferentes frecuencias de energía, sumando la nuestra al conjunto, siendo una parte más de este gran concierto.
Cuando el músico ya no se percibe como uno, sino que siente que forma parte de un grupo más amplio, ya no oye su instrumento, sino el conjunto, y es capaz de ejecutar la partitura desde un nuevo estado alterado de conciencia. De nuevo, esto es lo que sucede en el ritual. La persona que lo ejecuta se une a las frecuencias de energía antes mencionadas y pierde su individualidad para formar parte de algo más grande. Las fronteras se disuelven, ya no es una gota de agua en el mar, es el mar. Ya no es un músico que interpreta un instrumento, es la música. En este punto, la entrega es absoluta, y es en esta entrega en la que se produce el vacío que será inmediatamente llenado por lo divino. El músico ya no es diferente de la música, y lo mortal ya no es diferente de lo divino.

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