Campaña Ambiental Pagana 2014

El viaje extático, por Carlo Ginzburg


Bernard Zuber, Brujas volando al Sabbath, ca. 1926

Extractos del libro de Carlo Ginzburg "Historia nocturna". El presente resumen se publicó hace años en la extinta página "La Velleta Verda", de Gonçal Vicens Bordes, proyecto convertido ahora en un excelente blog que lleva el mismo nombre, pero en el que se prescindió del presente texto.



      La pervivencia de la religión antigua se manifiesta de dos formas diferentes:


      I. El cortejo de mujeres extáticas, guiadas por figuras femeninas, se aparece a mujeres en éxtasis en fechas definidas. 



    II. Batallas por la fertilidad. En la literatura desde el siglo X al XVIII se habla de las apariciones del “ejército furioso”, de “la caza salvaje”…En ellos se reconoce a la compañía de los difuntos, o más exactamente, a la compañía de los muertos antes de tiempo: soldados muertos en combate, niños sin bautizar… Esta compañía se aparece exclusivamente a hombres (cazadores, peregrinos, viajeros) entre la Navidad y la Epifanía. 



Carlo Ginzburg afirma que tras las mujeres (y los pocos hombres) ligados a las “buenas diosas nocturnas” se entrevé un culto de carácter extático. Los benandanti caían en un éxtasis durante las cuatro témporas; igual les sucedía a las mujeres del valle de Fassa; las brujas escocesas afirmaban que su espíritu, invisible o en forma de animal (corneja), abandonaba su cuerpo y viajaba; las seguidoras de la dama Habonde (Roman de la Rosa) caían en estado cataléptico y emprendían un viaje en espíritu, atravesando puertas y paredes. Así pues, tenemos que para acceder al mundo de las benéficas figuras femeninas que dan prosperidad, riqueza y saber se accede a través de una muerte provisional. Su mundo es el mundo de los difuntos. Las “buenas mujeres” están muertas, de ahí la costumbre de dejar en determinados días agua para los difuntos, en las puertas de las casas, con el fin de que sacien su sed y que repartan bendiciones a las casas. A los difuntos les gustan los banquetes y las casas limpias. En los brujos y brujas del Valais, los benandandanti del Friul, la compañía de las ánimas del Ariège…en todos observamos el viaje extático de los vivos hacia el mundo de los difuntos. Aquí está el núcleo folclórico del estereotipo del aquelarre. 

      El historiador Procopio de Cesarea en la “Guerra gótica” (552-553 d.C.) cuenta que en Bretaña hay unos pueblos pescadores que trasladan las almas de los difuntos hasta Britania. También se trata de una experiencia extática: por la noche una voz ahogada los convoca al trabajo, se traslada a la orilla del mar donde hay unas barcas especiales para el trabajo, aparentemente vacías, pero cuando salen mar adentro, las barcas se hunden como si estuviesen cargadas. No ven a nadie, a excepción de una voz que comunica a los barqueros la posición social de los pasajeros. A finales del siglo XVI vemos las tareas que desarrollan los “Benandanti” de Friul, tareas realizadas en espíritu, es decir, bajo el estado de éxtasis. Mil años separan ambos testimonios, lo que se toma como prueba de la presencia de un sustrato céltico que alimentó las tradiciones y la religión popular de los difuntos.  

    Las apariciones de difuntos masculinos reciben el nombre de “caza”, “ejército”, “séquito”… La de las mujeres el de “sociedad”, “juego” o “juego de la buena sociedad”.     Las apariciones y el éxtasis son modalidades distintas de comunicación entre los vivos y el mundo de los difuntos. Estas creencias surgen de un fondo de creencias comunes muy extendido. Pero el culto extático de las divinidades  femeninas nocturnas, practicado en su inmensa mayoría por mujeres, está circunscrito a un espacio geográfico más reducido: Renania, Francia continental,  arco alpino, la llanura padana y Escocia. A esta lista se añade Rumanía con rituales semiextáticos de adoración a Doamna Zînelor y Irodiada o Arada (respectivamente Diana y Herodíades). 

      Se trata de áreas sólo en apariencia heterogéneas, cuyo punto en común es que han sido habitadas desde el siglo V a.C. por los celtas.  En el mundo germánico, inmune a las infiltraciones celtas, el culto extático de la diosa nocturna parece ausente. 



 I. El cortejo de las mujeres extáticas 



      El año 906 Reginone Di Prüm da instrucciones (derivadas de un capitular franco anterior) a los religiosos de la zona de Prüm (Pruem, Eifel, Alemania) para que se eviten una serie de creencias y prácticas supersticiosas, pues había mujeres que sostenían que cabalgaban sobre una bestia por la noche, junto a la diosa Diana, que las llamaba a determinadas horas de la noche para que la sirvieran

      En 1006 Buscardo, obispo de ered, copió este canon, que atribuyó por error al Concilio de Aucira (314), el cual se conoce actualmente como Canon Episcopi. En el se ordenaba a los obispos la expulsión de sus parroquias de brujas y encantadores. Vemos que narra que en determinadas noches salen una turba de demonios transformados en mujeres, a este cortejo el vulgo llama Holda. Otros, afirmaba el canon, dicen que las mujeres salían a través de la puerta cerrada y se reunían con otras mujeres que mataban a hombres, cocinándolos y devorándolos, rellenando después su piel de paja o aserrín para darles la apariencia de vida. 

      Sin embargo, para Reginione y Buscardo, todo esto no eran más que meras fantasías diabólicas. Por eso, los castigos que imponían a las mujeres consistían en cortas penitencias. El mayor castigo suponía la expulsión de la parroquia. Pero a comienzos del siglo XV los teólogos, jueces e inquisidores creían que el aquelarre era un acontecimiento real y se castigaba con la hoguera. 



      A) El nombre de la diosa: Diana, Habonde, Oriente y Richella 



      No tenemos nada claro el nombre de la diosa que encabezaba la banda de mujeres “malvadas”.  Sabemos que en 1280 en Conserans (Ariège), a la diosa que encabezaba el cortejo de mujeres la llamaban Bensozia, probable corrupción de “Bona Socia”. Los eclesiásticos la llamaban Diana. Pero en 1310, en el Concilio de Tréveris, se prefirió llamarla eredia. También se le llamó Perchta, Holda y otros nombres procedentes de la cultura folclórica. Giovanni de Matociis en su “Historiae Imperiales” (1313) afirmaba que en el norte de Italia estaba muy extendida entre los laicos la creencia en una sociedad nocturna dirigida por una reina, a la que llamaban Diana o Herodíades. 



      B) La “mujer del bon zogo      



      En 1390 el inquisidor milanés fray Beltramino de Cernescullo habla de dos mujeres del valle de Fiemme (Ferrara), Sibilla y Pierenia, que habían confesado jugar al fuego de Diana llamado Herodíades. Pero en realidad, las mujeres habían dicho jugar al juego de “Madona Horiente”, que eran seguidoras de la “mujer del bon zogo”. Seis años antes habían sido juzgadas por otro inquisidor (fray Ruggero da Casale) que les impuso penitencias como castigo, pues creía que todo era pura imaginación, pero ahora, fray Beltramino las condenó a muerte. Las acusadas confesaron que todas las noches del jueves, se reunían con la sociedad de Oriente, a la que saludaban inclinando la cabeza y Ortiente les respondía “Bene veniatis, filiemee” o “Bene stetis, bona gens”. Les gustaba entrar en las casas de los ricos: allí comían y bebían y se regocijaban. Oriente les enseñaba las virtudes de las hierbas, remedios para las enfermedades, deshacer maleficios… Asistían todos los animales a las reuniones, menos el asno –portador de la cruz- y el zorro. Oriente podía devolver a la vida a los animales muertos: se comían bueyes y ponían los huesos dentro de la piel, entonces Oriente golpeaba el animal con el pomo de su varilla y al instante resucitaban los bueyes, pero no eran aptos para el trabajo (ver Canon Episcopi). 

       Fray Belltramino creía que las acusadas habían estado en realidad en la reunión, mientras que fray Ruggero pensaba que eran pura fantasía. Encontramos aquí ya las dos visiones distintas que tendrán a lo largo de la historia los inquisidores sobre el asunto de la brujería. Durante mucho tiempo se impusieron los fanáticos que fabricaron el estereotipo del aquelarre y, mediante tortura, consiguieron arrancar confesiones de pactos de sangre con el diablo. La distancia más grande entre acusados y jueces se da en el proceso celebrado en Bressanone en 1457, del que nos llega noticia a través de Nicolás de Cusa, el cual afirma que le han presentado tres ancianas del valle de Fassa, las cuales han confesado pertenecer a la “Sociedad de Diana”, lo cual ya es interpretación de Nicolás de Cusa, puesto que las ancianas habían hablado de una “buena señora (bona domina)”. Nicolás de Cusa, sin hacer caso de lo que dicen las mujeres y, para demostrar su gran erudición, filtra el discurso de las mujeres y habla de la Diana griega, de la diosa Fortuna; siguiendo el “Formicarius” de Nider, afirma que las mujeres siguen a un “pequeño maestro” (magisteruelo) que es Satanás. “Aquella Diana que dicen que es la Fortuna” la llamaban las ancianas Richella. Para Nicolás de Cusa los bailes de hombres cubiertos de pieles, los ritos… todo eran necedades, locuras y fantasías inspiradas por el demonio, por lo que decidió castigar suavemente a las mujeres, demostrando gran misericordia cristiana, pero sin comprender la oscura religión de las mujeres. 



      C) Las buenas damas 



       El fósil guía que nos permite identificar este estrato lo constituyen las referencias a misteriosas figuras femeninas, veneradas, sobre todo por las mujeres. El “Roman de la Rosa” habla de las “bonnes dames” que seguían a la dama Habonde; existe una Bensozia (“Bona Socia”)  en el Ariège, donde afirmaban que las “bonnes dames” habían sido en la tierra mujeres ricas y poderosas, que vagaban por montes y valles en carros arrastradas por demonios. Las ancianas del valle de Fassa se referían a Richella llamándola “buena señora”. En el valle de Fiemme la diosa nocturna era llamada “la mujer del bon zogo”. “Buena gente” o “buenos vecinos” eran en Escocia e Irlanda las hadas. Lo mismo puede decirse de los benandanti de Friul que rinden homenaje a una “abadesa”.  Este adjetivo de “Buena” nos lleva a la mente los epítetos de “Bona Dea” referidos a Hécate, diosa fúnebre liga a Artemisa, y el de “Plácida” aplicado  a una diosa desconocida adorada en Novae (Mesia inferior) en el siglo III d.C, a la que se referían como la “Dea Placida”, y que algunos identifican con Hécate.




II. Combatir en éxtasis 



      Si hasta aquí habíamos estudiado la versión femenina del culto extático, ahora veremos la versión masculina: las batallas nocturnas entre licántropos y brujas; los benandanti contra las brujas y brujos; kresnik contra vampiros; táltos húngaros, los cuales nos conducen fuera del ámbito indoeuropeo; burkudzäutä osetas y finalmente brujos circasianos contra abjasos. Por analogía, Carlo Ginzburg integra en este culto a los brujos rumanos (strigoi),  a los mazzeri de Córcega y a los kallikantzaroi de Quíos.  Todos estos seres han sido comparados en varios estudios con los chamanes euroasiáticos, así lo hacen Mircea Eliade y Carlo Ginzburg con los benandanti masculinos; G. Róheim y V. Diószegi con los táltos; Klaniczay en su “Shamanistics elements” con los kresnik; G.H. Scubert con los licántropos; E. Benveniste con los burkudzäutä y Ravis-Giordani con los mazzeri (Ver página 356 de Carlo Ginzburg. Historia nocturna. Las raíces antropológicas del relato. Ediciones Península. Barcelona 2003).  

      Hemos visto que el culto  de las seguidoras de la divinidad nocturna procedía, en principio, del ámbito céltico-mediterráneo, que ampliamos al ámbito euroasiático por el tema de la resurrección de los animales a partir de los huesos. El tema de la procesión de los difuntos y su variante del aquelarre, así como la resurrección de los animales, circunscrito al mundo euroasiático, de carácter femenino, es distinto del de las batallas nocturnas, practicado por hombres, y en una región distinta. Sólo en el Friul se superponen las dos versiones del culto extático, asunto que explica Carlo Ginzbur por la presencia de un componente eslavo en la etnia y en la cultura friulanas.  

     Como veremos a continuación, existen una serie de características comunes en estas prácticas que vamos a resumir en una caída periódica en éxtasis, durante la cual combaten por la fertilidad de los campos; los integrantes de estos grupos están predestinados al éxtasis por una señal física, los hombres son mayoría, y durante la catalepsia afirman que les sale el ánima por la boca en forma de animales pequeños; después des transforman en animales grandes y realizan el viaje a horcajadas de animales, utensilios agrícola y útiles del hogar. 

      Los protagonistas de estos cultos extáticos se presentaban ellos mismos como figuras benéficas para la sociedad. Pero a los ojos de la comunidad en que vivían este poder era ambiguo. Muchos creían que podían traer el mal, con lo que se granjeaban el resentimiento y la hostilidad, por ejemplo los benandanti, cuando pretendían identificar a las brujas del vecindario. Algunos chantajeaban a los campesinos amenazándolos con traer tormentas sino les facilitaban alimentos o dinero a cambio. 



 A) El  hombre lobo     

     
 En 1692 en Jürgensburg (Livonia) un anciano de ochenta años llamado Thiess, a quien sus paisanos consideraban un idolatra, confesó que era un licántropo. Confesó que tres veces al año (Santa Lucia, San Juan y Pentecostés) por la noche, los licántropos de Livonia iban al infierno “al final del mar” (más tarde se corrigió y dijo “bajo tierra”) para luchar contra los demonios y los brujos. También las mujeres combatían al lado de los licántropos, provistas de látigos de hierro, contra los brujos armados de mangos de escoba convertidas en colas de caballo. El objetivo de la batalla era la fertilidad de los campos: las brujas robaban los granos germinados, y si no se arriesgaban a quitárselos, vendría la carestía. Según el anciano, cuando los hombres-lobo mueren van al cielo, y si no fuera por su intervención, las brujas asolarían la tierra, ganados y cosechas, explicó Thiess, quien afirmaba que tanto los licántropos livonios, como los alemanes y rusos odiaban al diablo y se consideraban los "perros de Dios". Los jueces intentaron  inútilmente inducir al viejo a aceptar que había hecho un pacto con el demonio. Thiess siguió repitiendo que los peores enemigos del diablo y de los brujos eran los licántropos. 

      Esta confesión también echaba por  tierra la teoría defendida por Höfler en “Kultische Geheimbünde” de la existencia de un “ejercito de muertos” (Totenheer), sustancialmente germánico, que probaba la existencia de rituales practicados por grupos de jóvenes disfrazados, objeto de furor extático, convencidos de personificar a ese ejército. Más bien, se trataba de unas batallas por la fertilidad, en la que también combatían las mujeres.     
 

      Ya en el siglo V a.C. Herodoto habló de hombres capaces de transformarse periódicamente en lobos –los neuri-. Se piensa que los neuri son una población protobáltica, que  habitó en la antigua Livonia. También se han hallado testimonios en África y Asia. Tambien eran lobos familias enteras de la Acadia, como los anthi, según cuenta Plinio. Su transformación duraba nueve años. Geraldo Cambrense cuenta que los habitantes de Ossory, una región de Irlanda, también se transformaban temporalmente en lobos. 

      Se ha supuesto que estos mitos manifiestan un arquetipo agresivo profundamente enraizado en la psique humana, transmitida por vía hereditaria, como sugirió R.Eister en “Man into Wolf”, publicado en Londres en 1951. Pero esta hipótesis está indemostrada. La metamorfosis animal tiene sus raíces en las experiencias chamánicas: la identificación a través de una experiencia extática del chaman con el lobo ha dado lugar a la vinculación de un clan o tribu con este animal.  Durante las ceremonias y danzas rituales, los bailarines llevan máscaras y vestidos de lobo y sus movimientos imitan los del animal mítico y las acciones heroicas que dieron lugar al nacimiento del clan. Desde su punto de vista, los miembros de estos clanes son auténticos hombres y mujeres lobo. Como también lo son, desde el suyo, los integrantes de las sociedades secretas de guerreros lobo como los berserkir del mundo antiguo islandés, guerreros terribles, que saltaban al combate semidesnudos, cubiertos de pieles (la palabra berserk significa "camisa de oso") en estado de trance, aullando como bestias, los berserker se lanzaban al combate con la boca espumeante y mordiendo salvajemente sus escudos. Su sola presencia aterrorizaba a sus rivales. Existían diferentes categorías entre ellos: algunos eran guerreros oso; otros, no menos terribles, eran conocidos como ulfhednar ("pellejos de lobo"), es decir,  guerreros lobo. Veremos como en ellos reconocemos las apariciones del “ejército furioso”, de “la caza salvaje”…es decir, a la compañía de los difuntos, y a los integrantes de una sociedad que batalla en pos de la fertilidad. La imagen del licántropo como protector de la fertilidad contradice el presunto núcleo agresivo del mito. 

      En los textos medievales se presenta a los licántropos como víctimas inocentes del destino, y muchas veces como personajes benéficos. Sólo a mediados del siglo XV se les supone un estereotipo feroz: el del licántropo devorador de rebaños y niños. Alrededor del mismo periodo cristalizó la imagen hostil de la bruja. El “Formicarius” de Nieder habla de brujos que se transforman en lobos; en los procesos de Valais (principios del siglo XV) los acusados confesaron haber adoptado la forma de lobo para atacar los rebaños…La tortura y las malas ideas de los torturadores crearon el mito agresivo. Fue en los siglos XVI y XVII cuando la figura del hombre-lobo asociado al mal acaba eclipsando la figura del chamán que se transforma voluntariamente en lobo para combatir deliberadamente a las fuerzas oscuras de la naturaleza. Se dibujan así, definitivamente, las figuras del waerul danés, el volkulaku eslavo, el warulf sueco, el lupo manaro italiano, el bisclavaret bretón, el währ-wölffe germano, el lukokantzari griego y el gerulf o loup-garou francés, tal y como los conocemos en la actualidad.   

      Restos de antiguas tradiciones se dan también en el caso de los franceses meneurs de loups, los encantadores de lobos, en la que perviven tradiciones celtas. Estos seres, voluntariamente aislados de las sociedad como ermitaños o flautistas itinerantes, iban siempre acompañados de lobos, sus únicos amigos, que les seguían hechizados por la melancólica música de sus flautas.  

      La misma fascinación parecían sentir los lobos hacia Ana María García, nacida en 1623 en el pueblo asturiano de Posada de Llanes, a quien llamaban "la Lobera", porque iba de un lado para otro y "andaban los lobos con ella". La Lobera afirmaba que el poder sobre los lobos le había sido transmitido por otra bruja asturiana, Catalina González, lo cual podría indicar la pervivencia, en el norte de España, de una cadena iniciática de encantadores de lobos. (...). «Su antiguo oficio era el de encantador de lobos. Podía hacer descender los lobos a los pueblos o alejarlos. Se contaba que cuando era joven vagaba por los pueblos de estas montañas seguido por manadas de lobos feroces» (Carlo Levi en “Cristo se paró en Eboli”). 



 Comparación entre licántropos y benandanti 



     Los benandanti son sobre todo mujeres que actuaron en el Friul entre los siglos XVI y XVII y afirmaban asistir periódicamente a las procesiones de los muertos. Pero también eran benandanti un grupo de hombres que declaraban combatir periódicamente, armados con haces de hinojo, por la fertilidad de los campos contra brujos y brujas armadas de cañas de sorgo.

      Los benandanti estaban predestinados por su nacimiento, es decir, se convertirían en tales los niños nacidos con el amnios durante las cuatro témporas. Se sabía que antes de efectuar sus proezas los benandanti caían en un estado de letargo o catalepsia. Su espíritu abandona el cuerpo en forma de rata o mariposa, a veces montado en la grupa de una liebre, un gato u otro animal, para dirigirse en éxtasis hacia la procesión de los muertos o hacia las batallas contra brujos y brujas, también conocidos como malandanti, que eran enemigos de la fertilidad.  

     En todos los países eslavos se creía que una persona estaba destinada a ser licántropo si nacía con el amnios. Carlo Ginzburg cita a Herman Witekind, quien escribió en 1585 el tratado “Cristlich Bedencken” en el que narra la entrevista del autor con un licántropo encarcelado. Le pareció un ser arrogante e insolente, lo cual nos recuerda la seguridad, mezclada con sarcasmo, con la que los benandanti plantaban cara  a los inquisidores. Continúa narrando que el hombre se comportaba como un loco, reía, saltaba. Pero cuando razonaba, se jactaba de mantener alejadas a las brujas y de combatirlas cuando se transformaban en mariposas. Afirmaba que tomaban la forma de lobo sólo durante los doce días de Navidad a Epifanía, inducidos a ello por la aparición de un niño cojo. Eran conducidos a millares por un hombre alto, armado con un látigo de hierro, hacia las riberas de un gran río, el cual podían cruzar porque el hombre había separado las aguas con su látigo.  

      La transformación en  lobo venía precedida por un gesto de tipo ritual. Plinio dice que el licántropo se desnudaba y colgaba sus ropas de las ramas de una encina; Petronio dice que ponían las ropas en el suelo, orinando a su alrededor. Después atravesaban una laguna o un río. En esta travesía se ha visto un rito de paso y, más exactamente, una ceremonia iniciática: el paso del mundo de los vivos al de los muertos. 

      En el mundo griego, etrusco, romano…el lobo estaba asociado al mundo de los muertos, como se ve en una escultura de Hades, encontrada en una tumba etrusca de Orvieto, en la que aparece el dios tocado con un sombrero de cabeza de lobo. Pero la conexión rebasa a la del mundo mediterráneo, y así vemos que en los países germánicos, bálticos y eslavos el periodo preferido por los licántropos son las doce noches de Navidad a Epifanía, es decir, cuando las animas de los muertos andan vagando por los caminos. En el antiguo derecho germánico  a los expulsados de la comunidad, considerados simbólicamente muertos, se les llamaba warg o wargus (lobos). 

    Olaza Magno en su “Historia de gentibus septentrionalibus” (1555) creía que la transformación de hombre a lobo era real. Afirmaba que los licántropos de Prusia, Livonia y Lituania realizan ataques sangrientos contra hombres y ganados durante la noche de Navidad: “entran en los depósitos de cerveza, vacían las botas de vino o de hidromiel y, a continuación, colocan en medio de la bodega, uno encima del otro, los recipientes vacíos”. Recordemos que los montañeses del Valais, en 1428, se reunían nocturnamente, y cuando regresaban se encerraban en la bodega para beber el mejor vino y después cabalgaban sobre los barriles, que los benandanti se  reunían con otros para celebrar bodas, danzas, comer y beber. Cuando regresan a casa, los benandanti impiden que los maliandanti vayan a las bodegas, beban y después orinen en las barricas. La entrada  en las bodegas refleja los ecos de un mito, el de la sed inextinguible de los muertos. 

     Un siglo más tarde, en las disertaciones sobre los licántropos discutidas en las universidades de Leipzig y de Wittemberg, se afirmaba que las metamorfosis eran precedidas por un sueño profundo o éxtasis, y que debía ser considerada una transformación imaginaria.  Algunos estudiosos modernos (O Höfler y W.E. Peuckert) afirman que los presuntos licántropos serían en realidad jóvenes adeptos de asociaciones sectarias, formadas por individuos enmascarados de lobo, que se identifican en sus rituales con el “ejército de los muertos”. 



 B) Los vampiros y los kresnik 



      Han dejado muy poca huella en la literatura canónica y demonológica. Los inquisidores sólo se encontraron cara a cara con estas creencias en el Friul, considerándola una variante local incomprensible del aquelarre. El esquema es el siguiente: batallas periódicas libradas en éxtasis, por la fertilidad y libradas contra brujos y brujas. Su origen se encuentra en la creencia eslava de la existencia de unos personajes protectores de las cosechas. 

      En el siglo XVII  monseñor G.F. Tommasini dice que en Istria la gente cree en la existencia de unos hombres (no mujeres) que van por las noches en espíritu, que suelen congregarse juntos en los cruces de caminos en el tiempo de las cuatro témporas, y allí combaten unos con otros por la abundancia o carestía de cada una de las especies. Estos hombres vienen predestinados por su nacimiento. Los que lo hacen bajo ciertas constelaciones se les llama “vucodlachi” (vampiros) y los que nacen con el amnio se les llama “chresnichi”. Este último se llama kresnik en Istgria y Eslovenia, krsnik en Croacia, mogut en Croacia septentrional, negromanat en Dalmacia y zduhac en Bosnia, Herzegovina y Montenegro. Se trata de hombres señalados por una particularidad en su nacimiento: nacido con camisa los kresnik y zduhac, con cola los negromat, hijos de una mujer muerta en el parto los mogut…Todos están destinados a combatir contra los brujos, para deshacer los maleficios y proteger las cosechas. Estos combates son encuentros salvajes entre animales, que son los espíritus de los contendientes. También los brujos (strigoi) nacen con la camisa, pero aquello que los envuelve es negro o rojo, mientras que el de los kresnik es blanco. En general, los enemigos de los kresnik son los brujos, pero tambien los extranjeros, los muertos descontentos celosos de los vivos o vampiros (vukodlak), que en el Friul son llamados malandanti, es decir, las ánimas de los muertos que no tienen reposo. Vampiros son las ánimas de los difuntos sin reposo, que andan sedientas cuando rondan a los vivos. 



C)  Los táltos del folclore húngaro 



      Con este nombre de origen turco se designa a los hombres y mujeres procesados por brujería desde finales del siglo XVI en Hungría. 

      Los táltos afirmaban estar elegidos por Dios mismo en el vientre de su madre para volar por las noches y combatir contra brujos y brujas. Son casi siempre hombres, elegidos por una particularidad física de su nacimiento. Los táltos combaten transformados en animales. Antes de convertirse en animal les invade una especie de calor y balbucean palabras inconexas, tras lo cual entran en contacto con el mundo de los espíritus. Los táltos vencedores aseguran a su propio grupo cosechas abundantes. Cuando hay sequía los campesinos llevan dinero y comida a los táltos para que hagan llover. Los táltos suelen amenazar a los campesinos con desencadenar tempestades y les quitan la leche y el queso, a cambio de la paz.. Pero la suya es una profesión que no han escogido. Los táltos húngaros nos llevan fuera del ámbito lingüístico indoeuropeo. 



D) Los osetas del Cáucaso: los burkudzäutä 



      Con los osetas entramos de nuevo en el ámbito indoeuropeo. Se les considera los descendientes de los exitas de la Antigüedad, de los alanos y solanos de la Edad Media. A principios del siglo XIX se reunían en cuevas y se embriagaban con el humo del rhododendrom caucasico, que los hacía caer dormidos y sus sueños se consideraban presagios. En la noche de San silvestre los viejos y viejas caían en una especie de éxtasis y se quedaban en el suelo inmóviles. Al despertase decían que habian viajado hasta un gran pantano, donde habían visto las ánimas de los muertos. Si veían ánimas que recogían los granos y los llevaban al pueblo, lo consideraban un auspicio de cosechas abundantes. 

      Los folcloristas rusos del siglo XIX comprobaron como individuos osetas caían bajo los efectos de un sueño profundo y su espíritu abandonaba el cuerpo, trasladándose al país de los muertos, un gran prado que llamaban burku. A los que tenían la capacidad de viajar en éxtasis se les llamaba burkudzäutä, y lo hacían en extrañas cabalgaduras que comprendían animales, utensilios agrícolas o útiles domésticos. Cuando llegaban al gran prado, las ánimas inexpertas recogían una rosa roja que producía tos o una gran manzana colorada que producía fiebre; en cambio, las ánimas expertas recogían las semillas de los cereales y de los frutales, lo cual constituía una promesa de abundante cosecha, por lo cual recibían el agradecimiento de sus paisanos. A los que les traían las desgracias les echaban las maldiciones de quienes sufrían de fiebre o de tos. 

      Al igual que las experiencias extáticas de los celtas han quedado reflejadas en ls epopeyas del ciclo artúrico, la de los burkudzäutä figuran en la epopeya oseta de los Narti, narrada por Georges Dumézil, en un libro publicado por Adelphi/UNESCO en 1969, Il libro degli eroi. Legende sui Narti [Nartsky epos], traducido al italiano por Bianca Canadian. 




E) Brujos circasianos contra abjasos. 



      Otra de las manifestaciones de las batallas por la fertilidad es la que describe en 1666 el geógrafo y viajero turco Evliyâ Selebi (“Seyahâtnâme”. Estambul 1929), el cual afirma que el 28 de abril (la noche de los kara-kondjolos o vampiros) presenció una batalla entre brujos circasianos y brujos abjasos, la cual duró seis horas. Los abjasos volaban a horcajadas de árboles arrancados, cacharros de barro, ruedas de carro, palas de horno…(¿unos ovnis muy extraños?); por su parte, los circasianos lo hacían sobre barcas de pesca, caballos muertos, bueyes y camellos enormes. Llevaban en desorden, les rechinaban los dientes y emitían rayos por los ojos, por la nariz, por las orejas y por la boca. Agitaban serpiente, dragones y cabezas de oso, de caballo y de camello. 



F) Los mazzeri de Córcega. 



      Los mazzeri son los que se encargaban de cazar las almas de los muertos para llevarlas al infierno. Un mazzeri es un anunciador de la muerte y, sobre todo, en las zonas rurales la gente cree que esas figuras aparecen y que cuando se te aparecen es que te vas a morir pronto. Es una leyenda muy arraigada en la cultura corsa. 

 

      En el Sartenais y en el Niolo viven personas llamadas mazzeri, pero tambien lancero, culpatori , culpamorti, accaciatori o tumbatori, los cuales vagan por los campos y, sobre todo, por las cercanías de los cursos de agua. Lanzados por una fuerza irresistible atacan a los animales, con armas los hombres, pero las mujeres los despedazan con los dientes (recuerdan a los cultos dionisiacos). Una vez muerto el animal, por un momento, cuando les vuelven el hocico, los mazzeri reconocen a un vecino o familiar, el cual morirá en breve plazo. En cada pueblo de Córcega vivía al menos un mazzeru que en sus actividades oníricas, la noche del 31 de julio al 1 de agosto,  debía enfrentarse a los mazzeri de las localidades vecinas, los perdedores tendrán en el transcurso del año siguiente mayor número de muertes en su comunidad. Los mazzeri combaten entre sí con ramas de asfódelo (Asphodelus albus) y cazan a los que van a morir. 

  

G) Los kallikantzaroi de la isla de Quíos 



Este ritual del fuego era conocido en la isla de Quíos en el siglo XVIII, como lo testimonia el erudito Leone Allaci. Los niños nacidos entre la vigilia de Navidad y el último día del año estaban predestinados a convertirse en kallikantzaroi, seres casi animales, sometidos a furias periódicas, sobre todo la última semana de diciembre. Para evitar que un niño se convirtiera en kallikantzaroi se le metía en el fuego agarrándolo por los talones, de modo que se quemara la planta de los pies. 

      
La figura del kallikantzaroi sigue viva en el folclore del Peloponeso y de las islas griegas. Son seres monstruosos, negros, peludos y con miembros en parte animalescos, como orejas de asno o patas de cabra. Casi siempre están provistos de un enorme órgano sexual. Aparecen durante las doce noches de Navidad a Epifanía, tras haber permanecido bajo tierra todo el año dedicados a cortar el árbol que sostienen el mundo. Vagan por los pueblos guiados por un jefe cojo, y se mean en los alimentos. Es famosa su capacidad para transformarse en cualquier animal. Su nombre puede derivar etimológicamente de kalos-kentauros (bellocentauro) o de kantharoi (escarabajo). Tambien se les ha identificado a las almas de los muertos, pues se les ofrece alimento durante los días que vagabundean entre los vivos. Sin embargo, los kallikantzaroi o están asociados al éxtasis, ni a las batallas por la fertilidad, al igual que los brujos circasianos, los strigoi rumanos y los mazzeri corsos. 

   
   En 1587 una comadrona de Monfalcone, Caterina Domenatta, habiendo parido una mujer un niño con los pies por delante, le dijo a su madre que para que no fuera brujo debería dejarlo delante del fuego y darle varias vueltas, con lo que se evitaría que acudiera el “strighezzo”, es decir, al aquelarre. Esto constituye una prueba precoz de la asimilación de las antiguas costumbres con la brujería.

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