Campaña Ambiental Pagana 2014

[Traducciones] Talismanes, amuletos y pantáculos. Jean Marquès-Rivière.


Talismán celeste del Libro de San Cipriano


"Amuletos, talismanes y pantáculos en las tradiciones orientales y occidentales", Jean Marquès-Rivière, Ed. Payot, Paris, 1972, pp.7-14. Traducción de Vaelia, revisada en 2012 para Ouróboros Webring.


En una obra sobre la historia de la Brujería, aparecida recientemente, se podía leer: “Los dioses han muerto, pero los talismanes han permanecido. Han sobrevivido a todas las formas de incredulidad y, por ello, han demostrado que su vitalidad es eterna. Aquel que en la velocidad de su auto o de su avión cree que marcha hacia la muerte como ante un negro abismo en el que será absorbido y perderá así cualquier retazo de su personalidad, cuelga un muñeco en su vehículo, tal como los patriarcas de Israel o de Asur colgaban los téraphim en las pieles de sus tiendas… la humanidad muestra así su debilidad, y el talismán su fuerza, y la virtud oculta de este último se manifiesta en el hecho de que los hombres no han podido liberarse de él.” [1]
Extraño destino, en efecto, el de estos pequeños objetos, estos signos, estas fórmulas, estas palabras sagradas, estas piedras gravadas que cruzan las edades, conservando un poder misterioso que resiste a las excomuniones religiosas y a las burlas de la incredulidad… 

Pero no emprendemos este trabajo para filosofar sobre esta extraordinaria estabilidad de las tradiciones mágicas. El amuleto y la técnica de su fabricación ofrecen un curioso ejemplo de estos complejos mentales que, surgidos de las civilizaciones primitivas, de esas épocas lejanas en las que el fenómeno mágico jugaba un rol primordial, han permanecido intactos y vivos en los subconscientes para reaparecer bruscamente entre los seres pertenecientes a civilizaciones muy evolucionadas. Es suficiente un hecho importante: una guerra, algún peligro de muerte en coche o en avión, una competición deportiva, apuestas de lotería y de juego, para que el viejo fondo mágico se imponga mucho más brutalmente de lo que se sospecha. 
El estudio de las diversas tradiciones sobre amuletos y talismanes entra ahora en los cuadros de conocimiento del hombre. Ante un fenómeno tan universal, se toca, en realidad, uno de los resortes más profundos del ser humano y ya no se repetirán las frases desencantadas de los viejos anticuarios que no tenían más que menosprecio y desdeño hacia estas supersticiones. Eckhel no abordó el estudio de estas “inscripciones enigmáticas que un hombre de sentido común no intentará explicar”[2] … el amuleto, el talismán se hallan en todas partes, siempre, en todos los lugares, en todos los tiempos; ninguna forma religiosa, ninguna civilización, ninguna sociedad está exenta de ellos. Queremos, en esta introducción, mostrar esta perennidad, en el tiempo y el espacio, del amuleto y el talismán.

La palabra amuleto viene del latín amuletum que Plinio emplea para designar un objeto que preserva a las personas de las enfermedades, que es una sustancia médica y que actúa directa o indirectamente. Hay siempre un sentido profiláctico en esta palabra, profilaxis médica y profilaxis mágica, puesto que durante largo tiempo maleficio significó enfermedad. 
El amuleto a menudo toma su sustancia del mundo animal o vegetal: elefante, escarabajo, hoja, etc… En este mismo sentido, pero de valor inferior, entrarían los fetiches[3]  o gris-gris de los primitivos cuyo rol de protección es análogo. El fetiche negro, australiano o indio, se compone bien de polvo, hierbas secas, partes de cuerpos de animales a los que se atribuye una virtud de protección por tradición o encantamiento, bien por una grosera figuración en madera, tierra o metal de un dios protector de la tribu o de la región. Se trata del juju, monda, mkissi, biang, etc… nombres diversos, según la tribu, para una misma categoría de instrumentos mágicos.

Es ciertamente imposible separar la magia de la profilaxis médica en la mentalidad primitiva. La suerte, la enfermedad, la medicina, el brujo, pertenecen a un mismo plano; la muerte es un maleficio que ha triunfado. Los Basutos emplean una misma palabra para expresar la enfermedad y la muerte; para decir que les duele la cabeza, dicen ser devorados por la cabeza; la idea expresa algo malvado que los roe. La enfermedad, la muerte, son encantamientos.
¿Cómo se va a proteger el primitivo contra estas influencias nefastas que no siempre puede sospechar? Recurre a los amuletos. “En general – dice L. Lévy-Bruhl [4] - el primitivo sintiéndose amenazado por una muchedumbre de influencias malignas o de espíritus malvados, no cree disponer jamás de suficientes amuletos… un proverbio safwa dice: a los más sagaces, una piedra los mata; es decir, como explica la Sra. Kootz-Kretschemer, el hombre medicina, u otro hombre que ha colgado de sí una cantidad de amuletos, se cree a salvo de toda desgracia, pues él piensa… “Estoy a salvo”. La enfermedad lo sorprende, y muere de todos modos. Entonces las otras gentes dicen “Oh hermoso ser astuto, os mata una piedra” (en este caso en particular, la enfermedad imprevista). 

Tal vez parezca útil, de cara a la claridad de exposición, separar los amuletos propiamente dichos, cuya función es proteger contra la desgracia o descartar una influencia maligna, de los hechizos (medicinas) que procuran una cierta ventaja, o de manera general suerte y dicha. De hecho, esta distinción es difícil de mantener. Los observadores cuyos escritos son nuestra única fuente de información a menudo no han pensado en ello, o no lo observan rigurosamente. La mayoría dan a la palabra amuleto un sentido muy elástico, tan pronto muy estrecho, designando propiamente una protección, como muy amplio expresando indiferentemente ya una defensa, ya una ayuda positiva para lograr un objetivo determinado, o para ser feliz de una manera general...”
L. Lévy-Bruhl añade que “el primitivo está inclinado a no distinguir entre la gracia y la ausencia de desgracia, desde lo cual el tema a tratar no está estrictamente definido”. Mediante el amuleto, el doctor, el hombre medicina, opone la fuerza mística de este rito figurado a la fuerza mística del otro rito maléfico conocido o desconocido. “Los amuletos, al menos en su origen, son vehículos de fuerzas místicas que provienen del mundo sobrenatural”. 

No estudiaremos especialmente en esta obra los amuletos del primitivo; este tema, muy vasto, ha sido ya tratado largamente por los especialistas en sociología y etnografía. Sistemáticamente, tomaremos el amuleto en su estado de evolución más elevado: el talismán.  Esta palabra tiene un origen incierto: lo encontramos entre los árabes bajo la forma de tilasm y tillasm (plural: talâsim, tilâsmat y tilassamât). Los árabes lo toman de los griegos: Telesma, que significa “objeto consagrado”. El origen común parece ser hebraico, de tselem, “imagen”. 
El talismán, por definición, tiene un objetivo determinado, preciso, y sobretodo hace intervenir un elemento que no tiene el fetiche. Este último es, ante todo, natural: cabeza humana, espinas de pez, huesos animales, piedras, muñecas totémicas, dientes, plumas, piel, escamas, conchas, etc. El fetiche neutraliza los fluidos nocivos por medio de su presencia, eso es todo. ¿Por qué? ¿Cómo? Nadie lo sabe, ni siquiera el hombre medicina; causas tal vez médicas, tal vez simbólicas, tal vez totémicas, han sido olvidadas en el transcurso del tiempo.

El talismán es, desde este punto de vista, artificial. Incluso si es un objeto natural, la influencia que se le atribuye es en función de un razonamiento tal vez lógico, siempre simbólico y analógico; el girasol será una planta de sol porque gira hacia él; el rubí será una piedra de Marte porque es rojo como la sangre y el fuego. La analogía es, tal vez, pueril, ridícula, poco importa; proviene de fuentes profundas, justamente pre-lógicas, en las que las relaciones entre las cosas no son exactamente las mismas que en las sociedades más evolucionadas. 
El talismán es por tanto un objeto “científico”; está sujeto a leyes, a correspondencias, a una fabricación. Por esto mismo se especializa; no protege ya, como el fetiche, contra todo lo que es malo, sino contra tal o cual influencia, en tal o cual caso. El amuleto defiende simplemente la cabaña; el talismán protegerá bien contra los insectos, bien contra los brujos, bien contra los malos genios, bien contra tal o cual enemigo. Siendo una técnica más evolucionada, se especializa. 

El talismán toca en esto al pantáculo[5], la forma más evolucionada de talismán, verdadera “obra de arte” que ha creado la ciencia talismánica, o pantacular. El árabe que escribe tal o cual fragmento del Corán para protegerse en un viaje, fabrica un talismán, el doctor musulmán que parte del valor numérico de las letras árabes para construir cuadrados mágicos, que los reproduce sobre sustancias en concordancia astrológica, que los santifica en los días y horas planetarias favorables, realiza un pantáculo. 

Interviene en efecto un elemento, perceptible ya en el talismán, que es la astrología o ciencia de las influencias de las fuerzas celestes. El pantáculo se convierte en un “emisor fluídico”, un “cielo radiante”; no se contenta con proteger como el amuleto, él irradia la “cosa santa”. Como el talismán. Pero a la vez que este último actúa per se porque contiene una sustancia sagrada (textos, letras, objetos) o analógicamente favorable, el pantáculo actúa de acuerdo con los poderes del Cosmos. Es esencialmente activo; es un emisor de energía fluídica que va de la simple “Mano de Gloria”, muy utilizada en la Magia Ceremonial de la Edad Media, hasta el Gran Pantáculo Dinamizador, microcosmos lapidario o metálico, verdadero cielo planetario radiante por él mismo de acuerdo con las vibraciones misteriosas del Universo. 

El amuleto, y a menudo el talismán, no son más que pantáculos pasivos, ante todo polarizadores fluídicos, acumuladores secundarios, atractivos que actúan según el principio de las similitudes y la analogía, son pantáculos de las “firmas”, las “plegarias materializadas” de las medallas cristianas, las filacterias hebreas. 

Un pantáculo como tal requiere condiciones materiales de fabricación y también condiciones morales. Stanislas de Guaita cita[6] a Etteila quien escribe sobre los talismanes: “Para que un talismán sea eficaz, es decir, para que conduzca a o proteja de aquello para lo que se ha hecho, es necesario que los deseos del demandante estén en su esfera, y que estos deseos sean legítimos, y que no tengan nada contra la ciencia y la sabiduría. Un talismán es un hueco que recibe las puras influencias de los astros, como el molde recibe la cera que el figurista retira; que estas influencias se vuelven hacia aquel para el que está hecho el talismán”... 
Esto pertenece más a la teurgia que a la magia operativa, y así se comprende el interés que llevó a los doctores Gnósticos, a los rabinos Cabalistas, a fórmulas, imágenes, figuras que se convirtieron en auténticas fórmulas simbólicas, verdaderas ecuaciones metafísicas. 

Si sabemos que el amuleto o fetiche primitivos se encuentran siempre y en cualquier lugar en las sociedades primitivas, el talismán, aunque más especializado, es igualmente universal. 
Parece ser que los primeros talismanes[7] fueron figuraciones de animales incómodos o peligrosos: ratas, serpientes, lobos, etc. Es la aplicación de un principio de la magia, de un rito propiciatorio según Frazer: honrando la imagen del animal se halaga a su alma y la especie no ataca más. Hay también la noción de una especie de inmunidad que recoge el amuleto basada en la ley del simila similibus: un animal, una fuerza maléfica, no atacan a aquel que lleva una porción de vida del animal o de la fuerza (los Zulúes se frotan con excremento de cocodrilo antes de cruzar el río).[8]  

En todo caso, el talismán aparece en cualquier lugar; en las estatuas talismánicas en las puertas de los templos asirios, como veremos más adelante; Moisés fabricando una serpiente de bronce para proteger a los Israelitas de las mordeduras de serpiente (Números, XX, 8); Gervasio, en su libro Otia Imperatoris, cuenta que Virgilio puso una mosca de bronce sobre una de las puertas de su villa de Nápoles que impidió que ninguna mosca entrara en la villa durante ocho años. Las tradiciones rabínicas cuentan que no se veía ninguna en los lugares donde se mataba a las bestias para el sacrificio ritual.

Muchas grandes ciudades de la Antigüedad, según Coelius Rhodiginus, como Leucade, Roma, Venecia, Toledo, fueron protegidas de las alimañas por los talismanes apropiados. Scaliger cita un pantáculo de plomo, fundido y preparado por Ahmed ben-Tolon, Califa de Egipto, que alejaba a los peligrosos cocodrilos de los límites de las ciudades. Bizancio estaba llena de estas figuras totémicas y de estos pantáculos… Ioannes Tzetzez, en las Chiliades (3, cap.60), escribe que Apolíneo, fabricando un pantáculo que representaba una cigüeña, impidió que estas aves entraran en Constantinopla. La Antigüedad conoció las Palladium, pequeñas estatuas que se guardaban con respeto y que debían proteger las villas de los incendios. El Palladium de Troyes era célebre. Estos son los pantáculos que Apolonio de Tiana construyó tanto en Roma como en Tiana, Bizancio y Antioquia, que preservaban las villas de las cigüeñas, los escorpiones, el desbordamiento de los ríos, vientos destructores e incendios. [9]

Tanto es así que Gregorio de Tours escribió: “Si llegan incendios a Paris, es debido a que no se conserva el Talismán, la lámina maravillosa, que se encontró en la rivera”.[10] El autor precisa que, en su tiempo, construyendo los pilares de los puentes se encontraban aún talismanes contra las ratas, las serpientes y los incendios, bajo la forma de pequeñas figuras de bronce grabadas. Hoy día, y en este orden de ideas, se sabe que en la gran mezquita de Kairuán se encuentra una placa de mármol sobre la cual está esculpido un ciprés. Los locales aseguran que una víbora encantada por Sidi Uqba y este talismán preservan la villa. El Qart'âs contiene un pasaje muy curioso en este sentido, sobre la cúpula que antes había por encima del mib'rab de la mezquita de Qarawiyyin en Fez, y después la cúpula que fue construida a continuación; llevaban talismanes. “Uno de estos talismanes tenia por virtud preservar de las ratas… otro, bajo la forma de un ave sosteniendo en su pico un escorpión del que no se ven más que las pinzas, preservaba la mezquita de los escorpiones… un tercer talismán, montando sobre una punta de cobre amarillo tenía la forma de un globo y alejaba a las serpientes.[11]  Una leyenda talismánica[12] sobre santo Tomás cuenta que éste, siendo incomodado en sus estudios por el ruido de los caballos que pasaban bajo sus ventanas para ir a beber, hizo una imagen mágica de un caballo y lo enterró en su calle. Los palafreneros tuvieron que encontrar otro camino, porque ningún caballo podía, de repente, pasar por allí. (…)

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NOTAS:

[1]Grillot de Givry, Le Musée des Sorciers, Mages et Alchimistes, Paris,1929. 
[2]Choix des pierres gravées du Cabinet impérial, Paris, 1788. 
[3] Esta palabra viene del portugués fetiço, hecho a mano, o faticeira, bruja.
[4] Le surnaturel et la nature dan la mentalité primitive, Paris, 1931. 
[5] Y no pentaclo, como indica el Larousse. Que cree que esta palabra deriva de penta, cinco, en identificación con el pentagrama o estrella de cinco puntas, muy frecuente en los pantáculos. Esta palabra deriva del griego “pan”, todo, y proviene de la idea de un objeto que contiene “todo”, y encierra la Totalidad, síntesis del macrocosmos. 
[6] Clé de la Magie Noire. 
[7] N.T.: Supongo que se refiere a los primeros de tiempos históricos... aunque sospecho que es posible que en este aspecto toma una teoría desfasada, pues parece ir en el mismo sentido de la interpretación de las pinturas rupestres como parte de un ritual mágico para lograr caza por la “atracción de lo similar”; idea descartada porque se ha comprobado que, por ejemplo, no se pintaban los animales más cazados. El error, no obstante, no está en el principio mágico expresado, sino en la atribución del uso del mismo en sociedades diferentes de aquellas en las que ha sido observado. 
[8] N.T.: Sobre este punto cabría intuir que el motivo de que las fuerzas adversarias puede darse por “simpatía” (por aquello de ser parte ambos de una misma cosa al tener algo en común), pero también por miedo, es decir, si la hipotética víctima tiene una parte de aquel que pudiera atacarla, puede emplear esa parte para castigarlo mágicamente; en cierto modo no deja de ser como tener al hipotético adversario bajo el propio poder. Tal como al ingresar en un Coven de determinadas tradiciones al nuevo se le toman las “medidas” para poder castigarlo convenientemente en caso de traición. 
[9] Una tradición gnóstica dice que el sabio Balinas (Apolonio de Tiana) habia depositado en un gran numero de villas “protecciones mágicas” contra las tempestades, las serpientes, los escorpiones, etc. Se cuenta la misma tradición sobre Hermes Trismegisto. 
[10] Histor.Franc., lib8, cap. 33. 
[11] Qart'âs, trad. Beaunier ( citado por E.Doutté, Magie et religión dans l’Afrique du Nord). 
[12] Histoire des imaginations extravagantes de Monsieur Oufle, por el abad Bordelon (Amsterdam, 1716).

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