Campaña Ambiental Pagana 2014

Edad del Hierro, “celtas” y resurgimiento del paganismo.


Detalle del Caldero de Gundestrup, fotografía de Bloodofox s/f


A lo largo de los últimos decenios se ha hablado de un “resurgimiento del paganismo”. Este vendría a estar indicado por un mayor interés en lo concerniente al tema (aspectos culturales, políticos, religiosos...), así como por la aceptación por parte de un sector relativamente amplio de la opinión pública. El llamado “resurgimiento del paganismo” llega hasta nosotros bajo la apariencia de una mayor libertad. Pero, pasado el peligro de salir a la luz que ya afrontaron las generaciones que nos precedieron, va siendo hora de afrontar nosotros los peligros de nuestro tiempo, que no son pocos.

Toda situación de bienestar, aún cuando sea sólo aparente, tiene trampa. No sería lícito pararse ahora a descansar sobre el trabajo que otros hicieron, sino aportar algo a lo que ellos empezaron. Un factor clave en este proceso consiste en analizar críticamente, a la luz de los medios que tenemos al alcance hoy en día, los datos que nos han llegado. Para empezar, algo que debiéramos replantearnos es qué hay detrás de ese tan aclamado “resurgimiento del paganismo”.

Aún asumiendo que la Wicca, tal como la conocemos, tiene su origen en los trabajos de Gérald Gardner a principios del s. XX  y el Druidismo (sector organizado) en “La Orden Druídica” refundada en 1770, por poner un par de ejemplos, cuando hablamos de paganismo (europeo y occidental)  no podemos evitar retroceder en el tiempo a la búsqueda de una época “dorada”.  Para ello se acude a menudo a una Edad del Hierro que se presenta ante nuestros ojos como el arcaico paraíso perdido; se busca en él nuestros orígenes, una época habitada por unos ancestros a los que nos sentimos próximos,  cuyos rasgos físicos y psíquicos quisiéramos conservar. Este sentimiento de continuidad lineal con el pasado “dorado” no es, ni ha sido nunca, una añoranza exclusiva de los paganos. Exactamente del mismo modo  en que no es, ni ha sido nunca, mucho más que un mito historiográfico especialmente cristalizado en torno a la figura de “los celtas”.

La perpetuación de este mito moderno, que podría entenderse como un pecado de inocencia, ha sido utilizado para legitimar ideologías y nociones contemporáneas difundiendo un falso escenario que, a la vez que impide el acercamiento serio a la realidad del pasado, propaga ideas que no tienen otra relación con las sociedades paganas del pasado que la de esconderse tras ellas en una magistral maniobra de camuflaje.


Los estudios sobre la Edad del Hierro.

La sociedad occidental ha recreado su propio pasado siguiendo un modelo ideal que pudiera responder a sus expectativas. Esto no ha sido un problema ajeno a los especialistas en el tema. Se ha creado una visión del pasado de la Edad del Hierro europea  según la cuál compartíamos características que se adscriben a la Europa moderna, lo cual ha sido más un acto político que de investigación. Los especialistas en el estudio de la Edad del Hierro, arqueólogos y prehistoriadores, también están sujetos al hilo de una tradición. Dependen de los datos recogidos por aquellos que los precedieron, y especialmente de las definiciones acerca del tema creadas en el pasado. El problema ha sido obviar estas definiciones, asumirlas para perpetuar el ideal. Pero no ha sido hasta principios de los años noventa que se han empezado a criticar, desde la arqueología, las bases sobre las que a lo largo de los últimos siglos se han acomodado estas “fantasías contemporáneas sobre el pasado”.

La Edad del Hierro no es histórica, sino prehistórica; a lo sumo podemos decir que pertenece a esa categoría híbrida que se ha dado en  llamar “protohistoria”[1]. Así, ya desde un buen principio encontramos un problema clave; la voluntad de contemplar la Edad del Hierro desde una perspectiva que subraye la ya citada continuidad linear con la misma, a fin de crear un pasado familiar y seguro en el que ubicar nuestras raíces. Se ha seguido una metodología corrupta discriminando las fuentes de información según el propio interés. Tal como señalan Hill y Cumberpatch (1993) se ha enfatizando, por ejemplo, la proximidad cronológica con periodos posteriores (especialmente con la Alta Edad Media), en busca de “pruebas” que indicaran que Europa era esencialmente la misma antes y después de la invasión romana. Ha habido también una preferencia por las fuentes escritas, dándoles más importancia que a las fuentes materiales y agrupándolas indiscriminadamente aún cuando cada una de ellas requeriría ser estudiada en su propio contexto. Se ha trabajado desde un punto de vista exclusivamente europeo, potenciando el sentimiento de descendencia, apropiándonos de ella como de una herencia y negando la posibilidad de un pasado que contradiga las propias expectativas sobre el mismo. Y se ha creado el paradigma de los “celtas”. 

En la mayor parte de los estudios se utiliza el término “céltico” como apropiado para aquellas culturas que ocupan la Europa central y occidental durante la llamada “segunda Edad del Hierro”. En muchas ocasiones se asimila la “Cultura de La Tène”[2] con la “Cultura Céltica”. Tal como indican Belén y Chapa (1997) esto supone un serio problema de análisis histórico, ya que el término “celtas” se ha usado con  una variedad notable de significados, lo cual hoy en día se manifiesta en un notable confusionismo. Algunas de estas acepciones fueron recogidas por Renfew;

a)     Pueblos denominados “celtas” por los autores grecolatinos.
b)    Pueblos que se denominaban “celtas” a sí mismos.
c)     Grupo lingüístico definido por la investigación actual.
d)    Complejo arqueológico definido como “Cultura de la Tène”.
e)     Estilo artístico desarrollado a partir del 500 a.n.e.

existiendo, además, muchos otros usos, desde alusiones al carácter “céltico”, a reivindicaciones de carácter étnico, estilos musicales, etc., propios de nuestra época.

Según Hill y Cumberpatch “Los “Celtas” nos son inmediatamente familiares y su sombra borra la diferencia en la Edad del Hierro”. Estos celtas fueron creados en el ambiente de la Europa  del s. XIX , a la vez influenciando y siendo influenciados por diversas ideologías, como el Romanticismo, el nacionalismo y el imperialismo. Lo cierto es que han sido durante muchos decenios lo que se esperaba que fueran;  para irlandeses y escoceses, por ejemplo, han representado el papel de unos antepasados libres del dominio anglosajón, mientras que para ingleses y franceses se han tomado como referencia “histórica” de mitos nacionalistas que apoyaran  la expansión imperial.


Celtas, íberos y celtíberos

Si hacemos un breve repaso de la historiografía del período en lo concerniente a la Península Ibérica la manipulación de este pasado queda nítidamente plasmada en las diversas teorías acerca de los llamados Celtíberos, en las cuales se nombran tanto “celtas” como “íberos”.[3] 

A principios del s. XIX aún convive el trato de fuentes de autores clásicos con  interpretaciones bíblicas de los primeros pobladores de la Península.  Durante la segunda mitad del s. XIX, España entra en el movimiento Romántico Europeo. En este nuevo marco vemos reproducirse lo que ya había sucedido en otros países: la búsqueda de la identidad nacional, la obsesión por descubrir la riqueza de la propia cultura y la exaltación de un pasado común y heroico. Se gesta una visión genealógica del pasado en la Edad del Hierro, creando la ilusión de unas características comunes y particulares anteriores a la llegada de los romanos que persisten a través de los siglos. En esta época se otorga entidad de razas a iberos, celtas y  celtiberos; se los distribuye en áreas de similar extensión el mediterráneo para los iberos, el atlántico para los celtas y el área interior para celtíberos. A su vez se considera que los iberos alcanzan el mayor grado de civilización, mientras que los celtas son considerados tribus salvajes que desconocen la agricultura. Los celtíberos, que surgen de una unión de ambas razas, alcanzarían un nivel cultural intermedio. Esta teoría se encuentra en los manuales escolares de la época, tales como el de S. Calleja. 

Con el paso del tiempo el concepto de celtíberos oscila entre si designa a iberos  “celtizados” o celtas “iberizados”, sobre el eje de quien es el conquistador ( y por tanto vencedor sobre otro) y quien es el conquistado. Estamos en el auge de las teorías invasionistas como único modelo de cambio cultural, es decir, negando la influencia por cualquier tipo de contacto que no fuera bélico, por ejemplo el comercial. Encontramos esta visión, por ejemplo, en Bosch Gimpera.

A causa del desenlace de la guerra civil española, la balanza se decanta  hacia el predominio celta, desarrollándose una corriente ideológica  en apoyo a los germanos en la cuál lo céltico ejerce el rol de mejorar tanto la cultura como la raza de la población, “constituyendo un símbolo de identidad que le vincula a Europa y le separa de África” (Burillo 1998). Para los historiadores de esta época, la raza y la cultura ibérica (que para los de un siglo antes habían constituido la cima del desarrollo cultural peninsular) no existen.  En su lugar encontramos una “tendencia iberizante”, una influencia clásica de la cultura celta, que se inicia con la llegada de los púnicos y culmina con la conquista romana.  Martínez Santa Olalla (1941) termina su discurso vinculando el presente con estos rasgos celtas de la prehistoria española concibiendo la continuidad racial como sustento de la continuidad étnica. Dentro de esta corriente encontramos también a M. Almagro Basch según el cuál : “Los romanos supervaloraron lo ibero y fueron dando este nombre a toda España, y luego historiadores modernos  han querido oponer lo ibero a lo europeo y hasta negar el carácter de Europa a la península. (...) esto es falso, y cuánto de africano o mediterráneo entró a formar parte de la población española lo hizo antes de esta época que historiamos, o después con la invasión árabe, quedando en general lo africano sometido y sin fuerza cultural para imponer su personalidad. (...) desde el paleolítico se puede ver el predominio de lo que con Europa nos enlaza.” 

Este tipo de teorías, que no encuentran soporte ninguno en las fuentes escritas grecorromanas han sido defendidas desde una particular ( y corrupta) concepción de la arqueología, por ejemplo vinculando la presencia de un elemento arqueológico concreto con una interpretación étnica (por no decir ya racial).  Sin embargo, en algunos sectores aún perduran como válidas, siendo empleadas para justificar ideologías actuales, tal vez siguiendo la lógica absurda del “si está escrito, tiene que ser verdad”.

Se podría decir que la Edad del Hierro escapó hace tiempo del estricto terreno del estudio prehistórico, para ser absorbida por el común de la sociedad como un canto exaltado al que se han ido uniendo las voces de los propios especialistas en el tema, en la medida en que, como humanos que son, han dependido de su contexto.

Se ha entendido la Edad del  Hierro prerromana en función de un paradigma “céltico”, entendiendo por “celtas”  a un conjunto de pueblos con una misma lengua y estructura social, unos mismos espíritu y esencia. Así, tomando la Edad del Hierro como algo “céltico” no ha hecho falta pararse a investigar lo que fue realmente. Anteponiendo la teoría a la realidad, se han condicionado las pruebas directas sobre el periodo. Se han explicado los hallazgos arqueológicos en el marco preconcebido de esa sociedad y religión “célticas”, quedando relegados a un papel prácticamente anecdótico en el que se mutila cualquier posibilidad de contribuir, mediante un contraste crítico con la teoría establecida, en los estudios acerca de la Edad del Hierro.

Ha prevalecido la voluntad de entender este periodo no por él mismo, sino como justificación del periodo histórico posterior ( desde la Edad Media hasta nuestros días). Hay que reconocer que la “celticidad” es algo ilusorio; depende de una forma platónica, constituyendo una “esencia que, en última instancia, descansa en conceptos nacionalistas y racistas decimonónicos de etnicidad” (Hill y Cumberpatch 1993).


Influencia de la historiografía popular en el paganismo actual

Esta homogeneización de la Edad del Hierro no ha afectado sólo a teorías raciales, su nefasta influencia se filtra en las imágenes del arte, la cultura y la espiritualidad que nos llega del periodo. ¿En qué medida el paganismo europeo occidental se ha visto afectado por esta ilusoria “celticidad”?

Consultando una obra básica de D. J. Conway[4] podemos encontrar fragmentos como estos:

(...) Los celtas eran una de las razas más valerosas y más avanzadas espiritualmente del Viejo Mundo, que tan sólo se debilitó cuando aceptaron y se inclinaron ante la invasión del cristianismo.  
(...) También eran guerreros de valor y ferocidad sin igual, temidos incluso por las recias legiones romanas. Ellos echaron las bases de la civilización europea.
Los celtas eran un pueblo brillante, llamativo, intrépido y dinámico, aunque también se inclinaban a la bebida y la jactancia. (...)
(...) Es probable que haya sido este cono de poder visto por los demás, lo que trajo la idea de que las brujas o magos usaban sombreros puntiagudos.
El símbolo de la rueda de cuatro rayos en cruz, un símbolo céltico precristiano, es una representación del mandala del círculo mágico. (...)

En otros aspectos Conway  puede ser una autora recomendable, pero en el ámbito histórico perpetúa esos tópicos que hemos visto al tratar la historiografía de los “celtas”.  En primer lugar vemos como se vuelve a atorgar a los celtas la entidad de razas, en segundo lugar cómo se exaltan ciertas características atribuidas a los mismos (tales como la heroicidad), para concluir con la afirmación de que constituyen las raíces de nuestra Europa.

También se asimila a los celtas símbolos que, si bien pudieron usar, no les corresponden en exclusiva. La rueda de cuatro rayos en cruz se encontraba ya -por citar un ejemplo-, en los estandartes totémicos hititas del s. XIII a.n.e. Por otro lado, puestos a especular, parece más lógico que en lugar de por la visión ajena de un cono de poder,  la idea de que magos y brujas usaran gorros puntiagudos tenga sus orígenes en las tiaras cónicas, ornadas ocasiones con cuernos, con las que aparecen representados sacerdotes y sacerdotisas (dicho sea de paso, también paganos) en las primeras civilizaciones de oriente.

En este sentido, uno de los errores más frecuentes ha consistido en asimilar a los celtas el megalitismo. La cultura megalítica se inicia en el V milenio a.n.e , es decir, miles de años antes de la Edad del Hierro en la que se sitúa a los celtas. Sin embargo, el megalitismo fue un fenómeno de gran extensión tanto geográfica ( abarcando la Europa atlántica y mediterránea) como temporal (siguieron utilizándose hasta finales del II milenio a.n.e. , por los campesinos de la Edad del Bronce). En todo este tiempo, pudo permanecer la forma y variar el significado, como indica M. A. Petit  (1998) “Es probable que para los primeros constructores significaran la voluntad y el empeño en mostrar una cohesión social ante una situación azarosa, mientras que para los últimos no fuera más que un modo tradicional de enterrar”. Los celtas no tuvieron, en realidad, demasiada relación con los monumentos megalíticos, simplemente menhires y dólmenes ya estaban allí antes de su llegada, y continuarían estándolo tras su desaparición.  

En este aclamado “resurgimiento del paganismo”, muchos han querido verse como paganos, sí, pero  europeos y civilizados, rebuscando en un pasado falso el marco idílico de unos “celtas” que vivían en “ciudades” y como dice Conway  “avanzados espiritualmente”. Existe una infinita complejidad simbólica muy anterior a la Edad del Hierro, variada y sugerente, que tal vez ha sido minusvalorada por carecer del soporte de las fuentes escritas o por ser imposible utilizarla para una genealogía de etnias o naciones. Encontramos una buena muestra de esta complejidad simbólica en el arte del Paleolítico.  
En grutas secretas y casi inaccesibles, por las que menudo discurre un riachuelo, vemos representaciones pictóricas que han sido trazadas con sumo cuidado aprovechando los relieves de la roca para dar dinamismo a las figuras. En el arte Paleolítico predominan figuras de un gran realismo, contrastando con representaciones humanas muy esquematizadas y un gran número de símbolos abstractos. La supervivencia de las gentes del periodo dependía a menudo de la caza de los renos, íbices, y demás “astados” ( a los cuales algunos grupos seguían  en sus migraciones). Por otro lado, a raíz de los descubrimientos de los años 80, parece ser que ejercieron un control sobre sus recursos alimentarios mayor que el normalmente implicado en una vida de caza y recolección.

Es probable que ya se prestara atención a los cambios en el ciclo lunar, así como que se hubiera establecido la celebración ritual de los cambios de estación. Encontramos también tallas, esculturas y gravados en roca y hueso, algunos marcados por la figura esquematizada de un animal cornudo. No es posible asegurar el significado que tuvieron estas representaciones para aquellos que las realizaron, pero resulta innegable que esos símbolos siguen vivos hoy en día, en el contexto del "resurgido" paganismo cuyas raíces se ha querido conceder en no pocas ocasiones en exclusiva a los "celtas".  
  

Una Edad del Hierro que rompe con el ideal. 

Desde la arqueología actual llega el rechazo a una “Religión Céltica que pueda ser comprendida a partir de un puñado de mitos y leyendas entresacados de las prácticas religiosas eclécticas del Imperio Romano y de los registros de leyendas hechos por los monjes cristianos muchos cientos de años después de la construcción de los primeros oppidas.” (Hill y Cumberpatch 1993). En ningún modo significa esto que los a los pueblos de la Edad del Hierro no tuvieran una religión, unos rituales, o una espiritualidad propia. El desafío es descubrir cuáles fueron en realidad, aunque para ello tengamos que contradecir esa visión “céltica” idealizada que muchos han usado como comodín. 

Tal como indican Belén y Chapa (1997) “ (...) debiera desterrarse la idea de que estamos ante un bloque homogéneo de divinidades y de rituales, aceptadas por todas las comunidades europeas de época. Al igual que se ha defendido la multiplicidad de identidades “célticas”, hay que pensar que cada zona tendría sus propias tradiciones, sus dioses y su culto. Sólo al nivel de las divinidades principales  podríamos reconocer cierta homogeneidad, que por otra parte es coincidente también con áreas no “célticas”, probablemente por su pertenencia a un sustrato común o a fuerzas veneradas con carácter muy general”.

Como hemos dicho antes, la arqueología del periodo, único testimonio directo del mismo, ha sido corrompida constantemente. Los hallazgos arqueológicos ya no corresponden a monumentos explícitamente rituales como los del Neolítico o la Edad del Bronce, sino a un registro doméstico. Este registro arqueológico doméstico se ha entendido en función de las apariencias, como algo seguro, claro y esencialmente moderno. Lo cual ha servido para relacionar directamente a estas comunidades con periodos posteriores, emparentándolos por “similitud” con comunidades medievales, en este sentido encontramos, por ejemplo, a los defensores de considerar a los Oppida como ciudades.

Una revisión datos rompe con esta falsa seguridad desde el momento en que se deja de asumir que el registro doméstico es algo fácilmente comprensible desde una perspectiva moderna, y despierta una nueva arqueología que busca la diferencia en el pasado. 

Se dejan de emplear analogías con la Europa posterior, para tratar con paralelos antropológicos o etnográficos, se deja de identificar con “superstición o folclore aquello que no resulta familiar en la cultura campesina europea, y que hubiera sido visto como ritual, simbólico, y como expresión de una cosmología diferente” (Hill y Cumberpatch 1993). Se deja de discriminar los hallazgos arqueológicos no familiares como simple “basura”, se empieza a entender que las sociedades no son entidades autónomas, sino que dependerán siempre de los individuos que las conforman, de las acciones que lleven a cabo en la vida cotidiana.

Sólo entonces, entre los asentamientos de la Edad del Hierro, se descubre un uso simbólico de ese espacio “cotidiano” que rompe radicalmente con lo que se esperaba de él. Por ejemplo, en asentamientos agrarios sencillos se han encontrado pozos y fosos que contienen grandes cantidades de restos de matanza, que incluyen, entre otros “depósitos especiales”, humanos. El relleno de estos fosos no era un acontecimiento diario, y parece ligado a determinadas festividades. La interpretación de estos hallazgos se hace difícil, especialmente cuando dejan de considerarse meros contenedores de basura situados lejos de las áreas habitadas "para que no llegue el olor".

A través de la arqueología se han descubierto también diversos lugares de culto, algunos de los cuales fueron considerados en un primer momento campamentos romanos. Algunos santuarios descubren, al analizar los diversos niveles arqueológicos, variedad en tipos de culto que se habrían sucedido en el tiempo. Se ha podido profundizar en el conocimiento de los cultos lacustres, y documentado con mayor seriedad el valor de los sacrificios.

A partir de descubrimientos y revisiones de este calibre, llegamos a la conclusión de que los “celtas” o, mejor dicho, las gentes de la Edad del Hierro, no eran tan comprensibles y “cercanos” como los habíamos imaginado y vivían en una realidad muy diferente a la que consideramos nuestra. Por encima de los rasgos que puedan parecer familiares, debemos comprender que estas gentes vivían en sus propios mundos de significado, tenemos que concebir situaciones en las que tales rasgos puedan ser organizados en un mundo muy distinto (Hill y Cumberpatch 1993). 

Conclusiones 

Las intenciones que nos ha llevado a escribir estas líneas han sido diversas. Por un lado, dejar fuera de juego a todos aquellos que pretenden emplear el paganismo y su entorno, pasado o actual, para justificar ideas en esencia racistas. Por otro, ya dentro del ámbito estricto del paganismo, evidenciar la necesidad de revisar datos, conceptos, que nos llegan de aquí y de allá y que tomamos por válidos con demasiada facilidad. Hay que romper de una vez por todas con esa visión reducida, condicionada a un presente eurocentrista que hemos arrastrado durante tanto tiempo.

Queríamos demostrar, de paso, lo absurdas que resultan ciertas afirmaciones tales como “yo pertenezco a la auténtica tradición de la Wicca céltica”. Tradiciones paganas hay muchas, dentro de la Wicca también las hay. Clasificamos estas últimas en “antiguas” ( anteriores a Gardner, 1950) y “nuevas” (posteriores al mismo). En lo concerniente a las “antiguas”, teniendo en cuenta que son tradiciones locales que se han mantenido en una zona muy concreta o han sido legadas de generación en generación dentro de un grupo familiar, hemos de reconocer que se agrupan bajo una denominación común idiosincrásica (céltica, teutónica,...) que no puede reflejar la totalidad de aquello que define,  y reconocer que cada grupo debió tener características particulares.

Nos quejamos de la proliferación de “nuevas” tradiciones, pero no por el hecho de su “creación”, sino por la falta de seriedad con la que esto se hace, por un lado, porque la mayoría no aporta nada significativo ( el menor cambio en el ritual gardneriano ya se considera razón suficiente para decir que se ha alumbrado una nueva tradición) por otro, porque a menudo encontramos intereses ajenos a la práctica wicca o pagana ( véase el caso de los grupos ultrafeministas). 

Queríamos también contrastar el predominio de la ideal “celticidad” que corre hoy en día entorno al paganismo, revindicando que antes, durante, y después de esos “celtas” (que todos creíamos conocer tan bien), y no sólo en el estricto ámbito geográfico de lo que hoy entendemos por Europa occidental, existió un gran número de comunidades paganas cuya cultura y espiritualidad fue tan valiosa como la suya. Que las buscadas “raíces” del paganismo actual están diseminadas en el tiempo y en el espacio; que no son raíces lineales, sino ramificadas, conformando un variado tapiz de influencias mutuas.

Abogamos por una menor rigidez y una mayor seriedad a la hora de tratar el paganismo, tanto en sus orígenes como en la actualidad. Es evidente que la idea tradicional que hemos heredado acerca de la Edad del Hierro y, sobretodo, de los celtas, tiene fuerza y provoca en muchos paganos (y no paganos) una respuesta emocional. Es muy probable que de las leyendas “célticas” podamos extraer conocimientos de gran valor, que la música “céltica” nos ayude a entrar en estados alterados de conciencia, que el contacto con las deidades “célticas” nos sirva para trabajar profundos aspectos de nuestro interior. Para muchos, los “celtas” constituyen un modelo ancestral, una especie de guía en el desarrollo de sus ideas y actividades a diversos niveles.

En el aspecto íntimo, ya sea mágico o espiritual, hemos de tener presente que nos situamos fuera del tiempo y del espacio. Así como los viejos dólmenes adquirieron distintos significados, perfectamente válidos todos, a lo largo del tiempo; también nosotros recogemos símbolos y los imbuimos con nuestra propia carga significativa. Sean materiales o ideales, todos estos símbolos están sujetos a nuevas interpretaciones; creemos que lo que los hace legítimos no es un “certificado de antigüedad”, sino el respeto con el que leemos en ellos. Un respeto que se evidencia cuando no dejamos de tener presente que la lectura subjetiva que hacemos no tiene porque coincidir con la que hicieron sus primeros creadores.


Publicado originalmente en Perro Aullador, 2001
Revisado para Ouróboros por Vaelia Bjalfi, 2012.


NOTAS

[1] Esto es, que aunque las únicas fuentes directas que han quedado sobre el período sean las aportadas por la arqueología, encontramos fuentes referenciales por parte de culturas históricas ( por ejemplo, un escrito romano sobre un encuentro con los íberos).
[2] El nombre proviene de un yacimiento descubierto en 1857, en Suiza. Marca el periodo cronológico comprendido aproximadamente desde el 475 a.n.e hasta la conquista romana.
[3] Cabe decir que el término “íbero” presenta en muchos aspectos el mismo problema que la denominación “celtas”. Actualmente se sigue empleando el término íbero en el sentido de grupo étnico, englobando etnias que, aunque puedan presentar profundas diferencias, presentan afinidades culturales y lingüísticas que a su vez los diferencian de otros grupos; justificándose así la continuidad de esta propuesta.  
[4] CONWAY, D.J. (1995) : Magia Céltica , ed. Mirach, Barcelona, pp. 16, 35, 87-88. 






BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

HILL, J.D. ; CUMBRPATCH, C.G. (1993) : “Volviendo a pensar la Edad del Hierro” Trabajos de Prehistoria, 50, pp.127-137. Versión en PDF.
BURILLO, F. (1998). Los Celtíberos.  ed. Crítica, Barcelona.
BELÉN, M. ; CHAPA, T. (1997) : La Edad del Hierro, ed. Síntesis, Madrid.
FULLOLA, J.M. ; PETIT, M.A. (1998) : La puerta del pasado, ed. Martínez Roca, Barcelona.
LEAKEY, R. (1993) : La Formación de la Humanidad, ed. RBA, Barcelona.
GRAHAM, L. (2000) : Diosas, ed. Abbeville-Cátedra, Madrid.
CONWAY, D.J. (1995) : Magia Céltica , ed. Mirach, Barcelona
KINDER, H. ; HILGEMANN, W. ( 1999) : Atlas histórico mundial, volumen I, ed. Istmo, Madrid.


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