Campaña Ambiental Pagana 2014

El fin del pensamiento salvaje, por Robert Fossier


The Wild Hunt, autor desconocido, sf.


"El fin del pensamiento salvaje", Robert Fossier en Le Moyen Age, (vol.II L'éveil d'Europe), Ed. Armand Colin, Paris, 1982, pp.62-69. Traducción de Vaelia (2002), revisada en 2012 para Ouróboros Webring. 


Al evocar el conjunto de ideas que suponía la noción de herencia ya habíamos nombrado el otro aspecto fundamental de la autonomía campesina en las tierras del Norte: aquello que, desde hacia mucho tiempo, se había dado en llamar en lengua vulgar “religio pagana”, la religión campesina. Disponemos aquí de un texto excepcional, que proyecta una viva luz sobre el universo religioso de un grupo de campesinos indóciles: el Correcteur, o Médecin del obispo de Worms Burchard. El texto procede de un clérigo, cierto, pero al que la necesidad ha llevado a ir más allá que sus congéneres. Las indicaciones que él da permiten establecer un vínculo entre la cultura pagana tal como se conservaba aún en el Norte de Europa, y el folklore francés, que aquí se trata, esencialmente, de un folklore franco. 


La obra de Burchard, que él insiere en su gran colección canónica alrededor del año mil, es un penitencial, es decir, un cuestionario detallado surtido de tarifas con penitencias que debían ser cumplidas por el pecador reincidente, que de este modo sería “corregido” o “sanado”, o esa era la idea. Este manual, el más completo del género, fue compilado por el obispo de una pequeña diócesis, la de Worms, el país de las “Rojas colinas del Rhin”. Pero el texto desborda, desde el principio, este ambiente cerrado. Burchard se hizo ayudar por su amigo y vecino el obispo de Spire. Él mismo había sido antiguo alumno de la abadía de Lobbes, diócesis de Liège, dónde es probable que encontrara uno de sus textos base. Su inmenso trabajo estaba probablemente destinado a todos sus colegas de provincias de Cologne y Mayence, y, a través de ellos, a los sacerdotes de estas regiones, en un tiempo en el que se acababa de instaurar la red de parroquias, y en el que la religión del cura era tan sospechosa como la de sus parroquianos. 

La obra de Burchard es la cumbre de un antiguo esfuerzo misionero que se remonta a la evangelización de los bárbaros de Gran Bretaña, Anglos, Jutos y Sajones, por Théodore de Canterbury (669-690), inspirado a su vez por Roma, quien le había enviado, y por la Iglesia monástica irlandesa, en la que se intentaba apoyar. A él se remonta uno de los primeros penitenciales. Un poco más tarde, la llama fue retomada por dos ilustres retoños de la nobleza sajona del país: Eghbert, arzobispo de York (732-767) y Whigfrith, quien bajo el nombre romano de Bonifacio se empleó enérgicamente en restaurar en el reino franco la religión cristiana, entonces muy comprometida y prácticamente aniquilada, y posteriormente fue arzobispo de Mayence (746-755). Probablemente bajo su inspiración Carlomagno edictó en 743-744 un capitular, perdido en gran parte, en Leptimes o tal vez en Estinnes, muy cerca de Lobbes; la tabla de materias que de él subsiste, por el esmero que pone en detallar las prácticas prohibidas y por las equivalencias vulgares que da -“El sacrilegio de los difuntos, esto es, dad-sidas” (visión de los muertos)- , prueba un serio esfuerzo de información. La tarea emprendida por Bonifacio fue continuada durante más de un siglo por sus herederos espirituales, los grandes eclesiásticos carolingios, Halitgaire, obispo de Cambrai (823-830), Raban Maur, arzobispo de Mayence (847-856), y Régignon, abad de Prüm, quién trabajó para el arzobispo de Trèves Ratbod entre 899 y 915. Toda esta tradición misionera se retomó y archivó en la obra de Burchard, que recoge, desarrolla, y tal vez innova en un estilo mucho menos cursivo y alusivo que sus predecesores.




La magia de las mujeres sabias del Rin

El panorama cultural así parcialmente revelado, una vez que se reúnen los fragmentos dispersos en la colección, es realmente extraordinario. Dejemos de lado las cuestiones que tratan los echadores de suertes, los adivinos o los envenenadores, estos no nos aportan nada original, y son personajes de todos los tiempos y todo lugar. Dejemos de lado igualmente los banquetes y las fiestas licenciosas en los que “se hace el Ciervo y la Vieja”. Estos “carnavales” de diciembre, o de Cuaresma - las “cochinadas de febrero” denunciadas por el concilio de Estinnes – son prohibidos sin interrupción por los viejos concilios. Mas o menos cristianizados en el siglo XII, acabarán siendo tolerados por la Iglesia. Otras practicas colectivas nos interesan aquí, igualmente zanjadas por el obispo, y no menos extendidas, tienen algo que decir. 

Burchard sabe claramente contra qué lucha: no contra “desviaciones” marginales y fragmentadas del culto cristiano, sino contra un conjunto religioso completo y antagonista al suyo. Para combatir el culto de los astros, y principalmente de la Luna, él retoma, en un largo parágrafo, las disposiciones de un viejo concilio hispánico, que encontró en la obra de Réginon, pero adapta el texto para precisar: “Al menos si observas estas tradiciones paganas que los padres han legado junto a la herencia a sus hijos hasta hoy”. Esta declaración desengañada precede a la prohibición del rito de ayuda a la Luna que se oscurece esta “Victoria a la Luna”, rito prohibido en Estinnes y descrito un siglo después por Raban, que vio que muchos lo practicaban en su diócesis abiertamente.

El término herencia tiene su justo valor; pero cuanto más se atiende a Burchard, uno puede preguntarse si es la de los padres o más bien, la de las madres. En esta “tradición pagana”, en los ritos colectivos que la expresan y manifiestan, las mujeres ocupan el lugar predominante.

Veámoslas en sus actividades cotidianas. En el tejido cuando están reunidas en la penumbra y el calor de las “escrennes”, estos refugios semi-enterrados, hacen encantamientos para que su tejido sea sólido, o a la inversa, para deshacer el de sus enemigas; en la Octava de Navidad (1), cuando deberían descansar para honrar la futura llegada del Salvador, empiezan por el contrario sus trabajos de costura y tejido, para que su obra crezca con el año nuevo. 
El pan del hogar es también su trabajo; en casa, la mujer muele el grano en su molinillo. Si quiere desembarazarse de su marido, molerá al revés, en sentido levógiro, un grano mezclado con miel, con la que previamente se habrá untado el cuerpo. Si quiere ser amada, por el contrario, una amiga amasará la pasta sobre las nalgas de la interesada. Cuando en año nuevo la familia pregunta por su futuro, las mujeres observan cómo han subido los panes. Y cuando un niño tiene fiebre las mujeres lo hacen pasar por el horno, como si fuera uno de sus panes.

Para comer, las mujeres preparan la mesa. En ciertos momentos del año, probablemente en otoño, ponen tres cubiertos para las tres Sœurs Fatales (2), con el propósito de ganar sus buenas gracias. No nos será muy difícil reconocer aquí a las Nornas, y se nos dice que son tan poderosas que pueden conferir al recién nacido el don de transformarse más tarde en cualquier otra forma, por ejemplo en lobo, “eso que la ignorancia llama werwolf ”, un humano-lobo. Al oeste del Rin, la palabra pasará a la lengua romana: el garou. Volveremos a encontrar un poco más adelante a estos lobos-brujos. Remarquemos que una parte de esta magia cotidiana debía ser pública; si los panes de muerte o amor podían ser clandestinos, el niño en el horno o la cena de las tres hermanas no pueden disimularse mucho más que los encantamientos del telar.   

Después de los sortilegios, los muertos. Se los vela colectivamente, con danzas y cantos “diabólicos y paganos” en el curso de los cuales se bebe mucho. Sobre el ataúd, las mujeres han puesto sus peines de cardar. Cuando llega el momento de llevarse el cuerpo; rápidamente, ellas van al agua, llenan un bote, regresan y asperjan la tapa. Cuando los portadores pasan el umbral, ellas vigilan que el ataúd sea llevado bajo, nunca por encima de las rodillas. Ante la cabaña, se ha desmontado un carro, los portadores deben pasar entre sus dos lados. En la habitación vacía, allí donde el cadáver ha reposado, se quema grano. Sin estos ritos, los vivos serian amenazados por los muertos.

Ciertos fallecidos son más peligrosos que otros, estos son los muertos maléficos, por desesperados: el niño nacido muerto, sin nombre, y la madre muerta en el parto. Una mujer los clava en el suelo, dentro de su tumba, con una estaca. Pues los niños que han nacido muertos se convierten, con seguridad, en bebedores de sangre, en garous. Y estos son los garous que se comen la luna (3) cuando ésta se oscurece en un eclipse; al menos esto era lo que los diocesanos de Raban de Mayence creían. 

Por último, el tiempo. Son las mujeres de la aldea las que hacen que llueva o que haga buen tiempo. Ellas reúnen a las niñas, escogen una, que se desnuda. El cortejo marcha a los campos llevando a la pequeña en procesión hasta encontrar una planta de beleño, “ que llaman bilse ”, apunta Burchard. Así se nos revela un poderoso aliado de las magas francas, una de las temibles solanáceas (4) , junto la belladona, el estramonio y la mandrágora. Los Sajones las llamaban Henbane (Mata Gallinas), Nightshade (Sombra de la Noche), Thornapple (Manzana espinosa), Mandrake (Hombre-dragón). La Bilse (Hierba del Tormento), empleada verde, en pomada mezclada de arcilla y alunita (5), calma los dolores del parto. Puede también provocar el aborto, y Burchard denuncia en otro pasaje las pócimas abortivas. Pero la Bilse puede hacer aún más: a aquella que la domine, le otorgará la visón; a aquella a quien domine, le dará muerte. Poder ambiguo, en el que el Bien y el Mal son indeciblemente mezclados. 
Volvamos a la ceremonia, el cortejo se detiene ante la hierba santa. Se le acerca la pequeña, y coge la planta con el dedo pequeño de su mano derecha, atándola luego al pequeño dedo de su  pie derecho. Se puede imaginar lo que significan estos pequeños dedos femeninos. Las mujeres retoman entonces su viaje, llevando siempre a la pequeña; van al río y la sumergen. Ellas entran también al agua, haciéndola chapotear  con sus bastones, asperjan a la niña elegida. Se canta, y se encanta. Al final, las portadoras recogen a la pequeña, y todas regresan a la aldea, siguiendo paso a paso el mismo itinerario que las vio llegar, para poder continuar fijando el torrente de miradas. Todo esto es patente, es público. Las “paganerías” se desarrollan en pleno día, a algunas decenas de leguas de las catedrales renanas.

Estos cantos, estas danzas, estos cortejos, por escandalosos que sean, sólo son la parte manifiesta de la “herencia”. Hay algo aún más terrible: el hueso duro del mal, los maestros, o mejor dicho las maestras de estos ritos y de esta cultura. Son estos poderosos chamanes, estas brujas del Rin, denunciadas por un capitular carolingio usado por Réginon de Prüm, que Burchard retoma adjuntando pasajes más reveladores aún. Escuchémosle: "Ciertas mujeres afirman deber, por necesidad y por orden, hacer esto: algunas noches, ellas deben cabalgar sobre una bestia, con la tropa de demonios de apariencia femenina que la superchería popular llama Holda ( las Bienveillantes (6) ), y ellas forman parte de su compañía... Ciertas mujeres malvadas creen y enseñan que en la noche ellas cabalgan sobre una bestia en compañía de la diosa de los paganos Diana o Herodiana y una multitud innombrable de mujeres, y que ellas cruzan, en el silencio de las noches serenas, inmensos espacios de tierra, y que ellas obedecen sus ordenes como a una ama, y que ellas son llamadas algunas noches a su servicio. Y una multitud innombrable, engañada por estas falsas noticias, cree que todo esto es cierto."

Veremos más adelante que puede esconderse tras esta doble e indecisa latinidad “ Diana o Herodiana”, que los textos posteriores “corregirán” para relacionarla con la bíblica Hérodiade. Desde ahora se establece que la cabalgada nocturna de las mujeres es, sobre el Rin medio, no conducida por el “Diablo”, este malvado que se mete en todo, sino por espíritus femeninos, y por una “diosa”.

Esta compañía voladora se encuentra con otras tropas adversas : “ Ciertas mujeres creen esto : en el silencio de la noche tranquila, tu sales a través de las puertas cerradas con otros miembros de esta compañía diabólica, y te elevas en el aire hasta las nubes, y allí combates con otras mujeres, ya hiriendo, ya siendo herida.” En las nubes nocturnas, las mujeres libran batallas mágicas y sin duda protectoras rechazando las brujas de las aldeas enemigas. Pues el mismo poder que protege puede al mismo tiempo debilitar : “Muchas mujeres creen esto y afirman que es cierto: que en el silencio de la noche tranquila, cuando estás estirada en tu cama, tu marido acostado a tu lado, tu puedes, mientras tu cuerpo permanece,  salir a través de las puertas cerradas, y que puedes cruzar inmensos espacios de tierra con otras mujeres... Que puedes matar sin armas visibles, incluso a gentes bautizadas y redimidas por la sangre de Cristo, y si comes una parte de su carne cocida y seguidamente pones en lugar del corazón una paja o una varilla o algo así, cuando sean comidos (¿los corazones?), los harás (¿a las personas?) vivir de nuevo, les permitirás vivir.” 

Dos siglos antes, los reyes francos, introduciendo  manu militari el cristianismo en tierras Frisonas y Sajonas, habían condenado a muerte a “ aquellos o aquellas que comen carne humana”, sin investigar demasiado que era lo que se comía. Aparentemente, es el corazón lo que las magas codician para tener a las víctimas en su poder, como muertos vivientes.  El concilio d’Estinnes ya había denunciado a “ aquellos que las mujeres sirven a la luna para robar corazones humanos”, y el redactor del texto emplea para designar el lugar que une a las mujeres a su Señora el mismo término que se refiere a los vasallos vinculados a su señor. Estas ogresas no están solas : “Quiera el Cielo, se exclama Burchard -o sus fuentes-, que ellas mueran solas en su perfidia y que no hayan atraído, en esta enfermedad, a demasiados hacia su bando.

Una muchedumbre innombrable... muchas mujeres... muchas personas...” No nos equivoquemos : el pensamiento que nos muestra  el cuestionario de Burchard inicia en el siglo X su largo declive. Ciertamente, aún está vivo entre las poblaciones germanas del Rin medio, los pequeños agricultores libres o semi-libres de Franconia y Palatinado y entre sus vecinos aún más débilmente cristianizados, Frisones y Sajones. Pero para encontrar un paganismo dominante hacia falta ir hasta la Marca de los Daneses, hasta las islas del norte del Mundo, hasta esa vasta Scania “matriz de los pueblos” de dónde habían llegado los ancestros de los campesinos renanos.

Un poco más de dos siglos antes, los paganos eran mayoría al oeste del Rin, incluso en las ciudades; en Metz dónde las princesas rubias eran enterradas con su largo bastón de avellano, en Tournai, dónde los hombres del alcalde de Palais amenazaban al obispo cuando osaba reprenderles y se burlaban de él. Los concilios del tiempo reconocen el hundimiento de la Iglesia. Después, el imperio restaurado por los Carolingios hace retroceder el salvajismo, lo acosa en sus plazas fuertes; en las lagunas Frisia dónde se encuentra el Upstalboom “El Árbol de la Alta Sede” ; en el bosque de Teutoburgerwald , de los Sajones, dónde se elevaba Irminsul , “ la Columna del Inmenso” alias el árbol de Odín. Estos lugares santos dónde se quebró el ímpetu romano, serán regidos por la ley cristiana de la nueva Roma, al menos en principio.  Burchard, carolingio tardío, es el heredero de este gran esfuerzo civilizador; está en apogeo. Y debemos recordar que la fuente que nos presta esta información, su minucioso cuestionario, es en primer lugar el instrumento de una represión muy eficaz.

Después de él, a causa de él, los ritos aún públicos en algunos lugares devendrán clandestinos; todo un sistema mental se oculta poco a poco, se entierra para sobrevivir. El pensamiento salvaje, perseguido, se degrada y se cubre de niebla.


Geografía de las sombras



A Herodiana y la tropa de las Holda les sucedió lo que más al sur le sucedió a Melusina, poco a poco fueron relegadas a un inofensivo folklore. Será en este campo dónde deberemos buscarlas ahora.

Sobre las criaturas que cabalgan en la noche, los espíritus cultos de finales del siglo XII sabían un cierto número de cosas. Estos “nuevos filósofos” no salen de los claustros. Su base original, sus viajes, su deseo de complacer a príncipes golosos de “curiosidades” introducen en sus discursos elementos que sus predecesores habrían rechazado. Por lo tanto, sobre esta cuestión precisa, apenas se entretienen, sea por que sus informaciones sean vagas, sea porque la cuestión aún es peligrosa. Uno de ellos, Guillaume de Paris, una especie de enciclopedista del siglo XII, ávido de ostentar sus conocimientos en todos los dominios, se limita a declarar a su lector : “A propósito de las cabalgadas nocturnas, que en francés popular llaman Hellequini, y en España la Anciana Armada, aún no te responderé. Pues no tengo aún la intención de decir lo que son. Y, a decir verdad, no es cierto que sean malos espíritus.” El Maestro Guillaume  no se resignó a diabolizar la cabalgada nocturna, pero evita extenderse sobre el tema. Sus colegas en literatura, Orderic Vital o Pierre de Blois no son menos alusivos cuando hablan de las Helletini o Herletigni.

Las formas germánicas que tapan estos “vulgarismos” son claras : Hellekin o Helle-tegn , es decir la parentela de Hel, la compañía, uno siente la tentación de traducir el vasallaje de Hel. Más tarde, por una tautología parecida a la que hace hablar del loup-garou, se dirá la mesnie-Hellequin, empleando el mismo término - mesnie - que designa la mansión de un noble (7). Así se olvidó la gran diosa funeraria de la anciana Germania, Hel, quien regía en el lejano norte, en las lagunas de Nebelheim, el país de la niebla, rodeada de sus perros, de lobos y serpientes. Hel es conocida sobretodo, como prácticamente todo el paganismo germánico, por los compiladores islandeses del siglo XIII, cristianos que la diabolizaron para hacerla entrar en su perspectiva, en la que un Odín tardío, “Padre de Todo”, parece abrir camino a Nuestro Señor. Pero las Sagas cantan siempre las Disir o las Wael-kur, cornejas devoradoras de cadáveres, lobas que persiguen a sus presas humanas, cabalgadas otoñales. A sus lados cabalgan en el cielo los muertos peligrosos, los “Elfos Negros”, envueltos de oscuras nubes, y los trolls, brujas o brujos capaces de todas las apariencias. Esta terrible cabalgada tiene aún amigos, a los que ella protege, como en Worms, combatiendo en su terreno, o concediendo a los recién nacidos los dones que regirán sus vidas.

Hel y los suyos han dominado en muchos países del Norte: en Scania, dentro de Halland, en Jutlandia, en el país de Hel, en  Bouches-du-Rin en Holanda, y entre los Anglos de Gran Bretaña, en el golfo de Wash. Pero una consulta toponímica detallada, como la que han llevado a cabo los investigadores escandinavos, revelará otras marcas de sus ritos y de sus moradas, por ejemplo en Lorraine e incluso más al oeste del Rin.

Pero las huellas más sorprendentes de Hel se encuentran en el folklore de un cierto numero de regiones del norte de Francia. En Flandre, Lorraine, Normandia, en Anjou, en Maine y en la baja Bretaña, fielmente transmitida a través de deformaciones más o menos benévolas, rondaba aún en el siglo XIX la caza Helquin, Heletchien, Herlequin o Hierlekin, o incluso la humana ( ¿ Helle-men ? ) – que evocan los perros, el terror, el miedo. En Normandia, dónde existe una viva impronta, se sabe, en numerosos territorios, que la caza está dirigida por un personaje femenino, Madre Harpina, alias Cheserquine, alias Proserpina, es decir, probablemente una Asesina de la Armada, una Asesina de la Armada de los Cadáveres, Here-beana, Hraes-Here-beana, el nombre de la cual suena muy próximo al de la Herodiana de Burchard de Worms.

Pero en otros territorios de Normandia, se tiene una opinión diferente: la caza es dirigida por un personaje masculino, Hug-bercht, el “Brillante de Hugi”, perífrasis clástica para designar a Odín. Gracias a un santo obispo de Liège, fallecido en 727, Hubert el cazador pudo haber sido santificado. La misma divergencia se encuentra en el sur del país franco, en Touraine, en Berry, en Borgoña, en Varais, dónde un personaje masculino conduce la caza. En Poitou, en la Marca, en Bourbonnais, en el bajo Maine, regiones en las que ya se habían establecido los suevos, la cacería salvaje cambia de nombre. Deriva en Gallry, Galeria, Valory, Galière, Gayère, es decir Waelhere, la Armada del Osario; allí vagan, a menudo bajo la forma de cornejas, inquietantes apariciones, Galopine o Galipote, Wael-beana o Wael-boda, Asesinas, o mensajeras de Odín, el señor del Walhalla. Esta rivalidad por el dominio de la Armada de los Muertos, de la “Anciana Armada”, se reencuentra al este del Rin: cuando en Sajonia la caza es dirigida por una gran bruja, Werre o Holle, en la Alemania del centro-sur, es un cazador quien la conduce. Los maestros islandeses, deseosos de tener a todo el mundo en paz en su panteón folklórico, explicaran que el dominio de los muertos era compartido entre Hel o Freya y Odín. Pero en el terreno, sus devotos no se conformaron; la señoría del uno excluia la del otro.

Con todo, la caza presenta una fisonomía común. Los espíritus cabalgan por los cielos en la noche, acompañados por perros o lobos de ojos rojos. Entre ellos, los espíritus de los muertos y, se insiste a menudo, los espíritus de los niños muertos. A aquel que los saluda, que responde a su llamada - que es la de la caza, Hourvari, Hallali, pero también puede ser clamores populares, Haro o Charivari – ellos le lanzan una presa. Raramente se osa decir su nombre, pues se trata de carne humana. Saludar a la caza, es declararse su amigo; comer la presa que ella ofrece, es unirse a ella. Naturalmente, a partir de esta raíz común, los temas folklóricos ofrecen muchas variantes, que habría que estudiar por ellas mismas, teniendo en cuenta las evoluciones probables, masculinización y diabolización de personajes, o moralización del don infernal – bien mal adquirido... Pero lo que subsiste, la Caza Salvaje, cuando emplea un vocabulario germánico, nos permite entrever la mentalidad que subyace tras las formas denunciadas en el manual de Burchard; nos autoriza aquí a generalizar que su práctica tiene se extiende más allá de la diócesis de Worms; a todos los países donde cabalga Hellequin, la caza de mujeres conducida por la gran maga del Norte. Y se puede esbozar una geografía mental de la sociedad de los muertos, reveladora de la de los vivos, feminizada o masculinizada.

El silencio de las regiones meridionales se explica probablemente por el hecho de que la religión campesina fue desde un tiempo muy anterior trabajada por las influencias precristianas, como las religiones mistéricas y el sincretismo solar del Bajo imperio, y después por las diferentes corrientes de la misma religión cristiana. La Iglesia podía ser más conciliadora a la vista de tradiciones paganas que podían asimilarse. La tolerancia hacia una representación casi idólatra de los santos fue, como hemos dicho (8), una característica meridional aún a principios del siglo XI, y es sobre este tipo de cultura que se funda el movimiento de Paz (9). Se recuerda también la desconfianza que inspiraba a los obispos del Norte. A partir del siglo XII, el Diablo deviene omnipresente; pero aún se puede distinguir que recubre pasados diferentes, al norte, Hel o el rey del Wal, en el Midi, un San Joaquín o Juan un poco sospechoso, que miran hacia España. En la misma época la resistencia de los centros dirigentes del norte a los cultos “populares” cede : la realeza francesa se basa en el culto dionisíaco, el emperador germánico introduce en Colonia el culto de los Reyes magos, venido de Italia, Milán y Pavía.

La elección se hizo a principios del siglo XI. El rey de Francia dudaba entonces entre tres influencias; la de la Iglesia septentrional a la carolingia, encarnada por el obispo de Chartres, Fulbert, la de los cleros ascéticos de Orleáns, adeptos al “maniqueísmo" (10), y la de los cluniacenses (11) exhibidores de ídolos santos. Fulbert se alió con los cluniacenses, y el rey Robert, bajo su doble influencia, envió a la hoguera a sus amigos heréticos. En el seno de la crisis feudal, bajo la presión del vulgo campesino, la elección real en el combate de ideas se limita a dos vías: por un lado un cristianismo poco ortodoxo, que puede ser considerado como un compromiso “a la meridional” entre una Iglesia monástica y un “paganismo” campesina, tibio y doméstico; por otro lado, el “maniqueísmo medieval”, que rechaza a la vez, violentamente, el culto de los muertos y las tumbas, así como todo lo que es carnal, y que, rompiendo con la malvada Tierra, se centra en la esperanza de un mundo sin Mal.

Curiosamente, el impulso del profetismo enraizó también en la población campesina. Los monjes de Chartres o de Borgoña acusaron en principio a estas asambleas nocturnas de ser sabbats, donde uno habría absorbido, para “volar”, mixturas inquietantes, en las que se incluían las cenizas de un recién nacido, y donde se habría fornicado a porfía. Calumnia rápida, a falta de algo mejor, pero que no se podía sostener. Incluso si toma prestado a la anciana cultura “salvaje” ciertos símbolos -como las abejas-, el profetismo maniqueísta fundamentalmente se aleja de ésta. Esta puede ser la razón de su éxito innegable en las aldeas del Midi. Desde este punto de vista, la pretensión de los herejes de ser “los verdaderos cristianos” no parece extraña, incluso si niegan la crucifixión. Ellos serán como la vanguardia de una corriente ascética y racional “depurada” de la que el cristianismo había sido una etapa; no puede ser superficial que la atracción por la herejía de los letrados del siglo XI, o su éxito entre los mercaderes y usureros del siglo XIII, evoquen otros rigorismos cristianos ulteriores difundidos también entre los intelectuales y banqueros. Y ante todo, la oposición dramática entre estas dos corrientes -el “maniqueísmo”, y lo que se podría llamar la “hagiolatría” monástica- no puede hacer que se olvide que ambos se desarrollan por oposición al “paganismo”; el uno la niega, el otro la entibia y desnaturaliza. (...)





Notas de Traducción


1) En la liturgia católica, espacio de ocho días siguientes a una gran festividad.
2) "Hermanas Fatales", en el texto la raíz “fat” probablemente tiene el sentido de “hado”.
3) Existe otro paralelismo con la mitología teutónica que Fossier omite. “Skoll y Hati son gigantes en forma de lobos. (...) el más terrible es Hati, que también se llama Managarm, “el devorador de la luna”. Se alimenta de la sangre de hombres muertos.(...)Una y otra vez, en temidos eclipses, habrían tragado el Sol y la Luna estos lobos gigantes, de no haber sido (...) por los hechizos que han sido forjados contra ellos (...).” MACKENZIE, D.A.: Teutones, Editorial M. E. Editores, 1996. pp. 16-17.
4) “(...) plantas herbáceas arbustivas o en forma de liana, de origen tropical. Incluyen a muchas plantas comestibles como la patata, el tomate, la berenjena y los pimientos y guindillas. Hay otras como el tabaco, el beleño, la belladona y el estramonio, que producen sustancias tóxicas, algunas muy venenosas.” http://www.aragonesasi.com/natural/flora/solanace.htm 
5) Sulfato de potasio y aluminio.
6) Las “Benévolas”.
7) “Loup-garou” se emplea para designar a los licántropos, pero es una repetición, la traducción literal seria lobo-hombre-lobo. El término “garou” se puede emplear aislado. Del mismo modo el término mesnie-Hellequin también seria una “repetición” innecesaria.
8)  En otra sección de la obra original.
9)  Protección a espacios y personas contra las violencias feudales pactada por la Iglesia.
10) Comenzando en el siglo III se extiende a través del oriente y gran parte Imperio Romano. Los maniqueos eran dualistas, creerían que había una eterna lucha entre dos principios opuestos e irreductibles, el bien y el mal. Algunos de sus principios fueron recogidos por los cátaros o albigenses ( creo que es a ellos a los que podría referirse Fossier).
11) Movimiento monástico de Cluny, que promovió el acercamiento de los fieles alculto cristiano; introdujo en sus iglesias altares y retablos en los que se incluía el sagrario, asimismo los cluniacenses son los impulsores de una liturgia solemne y fastuosa.

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