Campaña Ambiental Pagana 2014

María Sabina y sus cantos chamánicos, por Fernando Benítez



Introducción.

María Sabina Magdalena García (1894 -1985) fue una curandera mazateca del estado de Oaxaca, México. Sus conocimientos sobre el uso ceremonial y curativo de los hongos alucinógenos, fueron difundidos entre finales de la década de los cincuenta y principios de los setenta por el investigador Robert Gordon Wasson, coincidiendo con el auge del movimiento psicodélico. La imagen de María Sabina fue conocida entonces a nivel nacional e internacional, si bien en la actualidad se ha convertido en un reclamo comercial empleado para la venta de camisetas, tazas, bolsos, y otros artículos del género.

En una crónica realizada por Fernando Benítez, escritor y antropólogo mexicano que conoció a María Sabina en los años 70, se rescatan fragmentos de la historia de María. Si aquí nos interesa no es tanto por el uso ceremonial que hacía de los hongos, sino por la particular manera en que desarrolló esta capacidad - aunque procedía de una familia de curanderos, sus parientes murieron antes de poderle trasladar el conocimiento - y lo mucho que vivió antes de empezar a ejercer como curandera. El relato de Benítez nos deja entrever así mismo algo del modo en que se desarrollaban las ceremonias y cantos de María Sabina, que han sido comparados con el céltico Canto de Amergin.


Fotografía del libro "María Sabina: Soy la mujer remolino",
publicada en La Jornada 30 de agosto de 2009.

Fernando Benítez, “María Sabina y sus cantos chamánicos” compilado en A ustedes les consta, Antología de la crónica en México, por Carlos Monsiváis, México D.F., Era, 1998. Pp.206-213

María Sabina es una mujer extraordinaria. Como a otros mexicanos notables, el reconocimiento no le ha venido de su patria, sino del extranjero. Roger Heim habla de la “personalidad poderosa” de María Sabina, y Gordon Wasson, su descubridor, la llama señora y en su primer encuentro escribe de ella: “La señora está en la plenitud de su poder y se comprende fácilmente por qué Guadalupe [mujer del síndico Cayetano García] nos dijo que era una señora sin mancha, inmaculada, pues ella sola había logrado salvar a sus hijos de todas las espantables enfermedades que se abaten sobre la infancia en el país mazateco, y que nunca se había deshonrado utilizando su poder con fines malévolos… nosotros hemos comprobado que se trata de una mujer de rara moral y de una espiritualidad elevada al consagrarse a su vocación, y una artista que domina las técnicas a su cargo. Se trata verdaderamente de una personalidad”.
Por desgracia, el hecho de que María hable exclusivamente en mazateco me ha impedido conocerla en toda su riqueza y su profundidad espirituales. No sin vencer una vieja desconfianza, accedió a contarme su vida en tres sesiones, y aunque tenía como traductora a la inteligente profesora Herlinda y esta mujer, nativa de Huautlti, habla a la perfección el mazateco, pronto se reveló que no sólo era incapaz de traducir el pensamiento poético de María, sino que deformaba el sentido y la originalidad de su relato al pasarlo por el filtro de otra cultura y de otra sensibilidad.
Acompañada de su nieta o de un nietecito, María Sabina bajaba siempre por el cerro donde se apoya el hotel, lo cual me daba la impresión de que venía volando desde su remota cabaña. Descendía literalmente del tejado, desdeñando la puerta y la escalera, y como sus pies descalzos no hacían el menor ruido al pisar las tablas del corredor y se aparecía de pronto, sin anunciarse, de un modo enteramente fantasmal, no dejaba nunca de sorprenderme cuando decía cerca de mi oído con una voz muy suave: —Dali.

VIDA DE UNA MUJER MAZATECA

Su bisabuelo Pedro Feliciano, su abuelo Juan Feliciano y su padre Santos Feliciano, fueron curanderos. No conoció a ninguno de los tres —el padre desapareció joven, cuando María tenía cuatro años de manera que no pudo aprovechar los conocimientos y las experiencias de sus antepasados.
La familia quedó muy pobre y la niña María Sabina, con su hermana mayor María Ana, debían pastorear un rebaño de cabras. El hambre las hacía buscar los muchos hongos que crecen en las faldas de los cerros y se los comían crudos, fueran comunes o alucinantes. Embriagadas, las dos niñas se hincaban y llorando le pedían al sol que las ayudara.
María, dejando la silla en que está sentada, se arrodilla en medio de la habitación y juntando las manos principia a orar fervorosamente. Se da cuenta de que las palabras son insuficientes y recurre a la acción para que yo tenga una idea precisa de lo que significó su encuentro con los hongos y el estado de religiosa inspiración en que la sumieron. Su rostro expresivo se ilumina reflejando la luz misteriosa de aquella primera embriaguez tan lejana en el tiempo y aún tan viva en su memoria.
-Por qué lloraba? -le pregunto.- Lloraba de sentimiento. Lloraba al pensar en su miseria y en su desamparo.-¿A partir de entonces comía hongos con frecuencia?
-Sí. Los hongos le daban valor para crecer, para luchar, para soportar las penas de la vida.
Tenía seis o siete años y ya cultivaba con un azadón la tierra de su padre, hilaba el algodón, tejía sus huipiles. Más tarde, aprendió a bordar, acarreaba leña y agua, vendía telas o las cambiaba por gallinas, ayudaba a moler el maíz y a buscar hongos y yerbas en el campo, es decir, trabajaba como todas las niñas indias levantándose antes del amanecer y no descansando un momento hasta la hora de acostarse.
A los catorce años la pidió en casamiento Serapio Martínez, un mercader ambulante que viajaba a Tecomavaca, a Tehuacán, a Córdoba, a Orizaba, cargando ollas, ropa y manta. En uno de esos viajes se lo llevaron a pelear los carrancistas o los zapatistas, no lo sabe bien, y volvió ocho meses después terciado de cartucheras, trayendo caballo y carabina, porque fue un soldado valiente.
María le dijo:- Ya deja las armas. Sufro mucho y es necesario que vivas conmigo.
Serapio desertó. Anduvo comerciando fuera algún tiempo y la visitaba a escondidas. Nunca, en sus tiempos de comerciante o de soldado, se olvidó de enviarle algún dinero. María, por su parte siguió trabajando y ayudando a los gastos de la casa.
Esta unión —los indios no se casaban entonces— duró seis años. Serapio contrajo la influenza española y agonizó diez días echado en un petate. En vano lo asistieron los mejores curanderos de Huautla. El muchacho “estaba como loco” y dos días antes de morir, brujos sentenciaron: “No tiene remedio. Perderás a tu marido”.
Pasados los cuarenta días del luto oficial mazateco, María volvió a cultivar la tierra y a ocuparse de los tres hijos tenidos en su matrimonio: Catarino, María Herlinda y María Polonia. Naturalmente comió hongos para que le dieran conformidad y fuerzas para sostener a sus hijos. Vivió trece años viuda, cortando café en las fincas, bordando huipiles, realizando pequeños negocios. De tarde en tarde recurría a los hongos, pero a medida que su vida mejoraba y sus hijos crecían, terminó por olvidarlos. Concluido ese largo periodo de soledad —“aquí vivimos como monjas”, aclara la profesora Herlinda—, la pidió un hombre llamado Marcial Calvo, brujo de profesión y tuvo con él seis hijos.
-Qué diferencia hay entre un brujo como Marcial y una curandera como María Sabina? -le pregunté a Herlinda.
-Yo adivino -responde María excitada-. Llego a un lugar donde están los muertos y si veo al enfermo tendido y a la gente llorando, siento que se acerca una pena. Otras veces, veo jardín y niños y siento que el enfermo se alivia y las desgracias se van. Cantando adivino todo lo que va a pasar. El brujo, rezando auyenta a los malos espíritus y cura por medio de ofrendas. Yo nunca comí hongos durante los doce años que duró nuestro matrimonio porque me acostaba con él y como tenía otro modo de curar, siempre le oculté mi “ciencia”.
Marcial, aparte de ser brujo, era un mal hombre. La costumbre de beber aguardiente como una práctica asociada a su profesión, había hecho de él un ebrio. Casi no daba dinero y golpeaba a loa niños y a su mujer, aunque estuviera embarazada. Del relato de María surge con frecuencia la palabra que ya otras muchas ven’ he oído en boca de los indios: sufrimiento. “Sufrí mucho; sufrí demasiado”, dice resumiendo las diferentes etapas de su vida.
Su iniciación en la medicina mágica ocurrió durante los últimos años de su matrimonio, cuando enfermaron dos ancianos conocidos suyos que según la costumbre recurrieron a los servicios profesionales de Marcial. De nada valieron huevos, yerbas y oraciones. Empeoraban diariamente y hubieran muerto si María no interviene devolviéndoles la salud.
- De qué manera los sanó?-Comiendo hongos. Cantando. Invocando a Dios Espíritu Santo, a San Pedro, a San Pablo, a todos los santos del cielo.
Marcial, al descubrir que María comía hongos y era una curandera dotada de fuerzas superiores a las suyas, se encolerizó y delante de los viejos le pegó a su mujer.
- María Santísima, sangré -exclama con los ojos relampagueantes de cólera.
“Estaba muy cansada, muy fatigada.” La brutalidad de Marcial determinó que poco a poco lo “desechara”, según la versión de Herlinda. Marcial “se metió” entonces con cierta mujer casada, vecina de María, que tenía hijos grandes, y una noche el marido y los hijos le quebraron a palos la cabeza. María oyó los gritos. Sin embargo, no pensó en Marcial y sólo al día siguiente fue que lo halló muerto en el camino. El marido engañado, con sus hijos, abandonó a la adúltera que hasta la fecha vive solitaria en Barranca Seca.

El LIBRO DE LA SABIDURÍA

Hace veinte años murió el brujo Marcial. Veinte años que María ha vivido intensamente dedicada a la doble tarea de hacerse de una reputación como ço’ta’ci’ne’, “la que sabe”, y de sostener a su familia cada vez más numerosa. Al principio las cosas fueron difíciles. Debía mantener a sus diez hijos -de ellos viven siete en la actualidad- y a su hermana María Ana, ayudándose con el azadón, el bordado, los cerdos y las gallinas o vendiendo aguardiente y comida a los viajeros que transitan por el camino real donde siempre ha tenido su casa.
El largo periodo de viudez lo ha pasado sola, no porque pensara mal de los hombres, sino porque teniendo tantos hijos no quiso volver a casarse y una vez que principió a trabajar con los hongos, los hombres dejaron de interesarle.
Sus primeros pacientes fueron los viejos que estaban para morir. El haberlos sanado le abrió un nuevo camino, pero no había perdido la fe en los curanderos y tenía miedo de curar a través de los hongos sagrados.
Lo que la resolvió a emplearlos nuevamente fue la suma gravedad en que se vio su hermana María Ana. Estando sentada o comiendo, de pronto “se ponía morada”, apretaba las manos y se caía al suelo. Los brujos habían agotado con ella sus remedios y María pensó que si tomaba una gran cantidad de hongos podría ver la enfermedad y curarla.
Tomó en aquella ocasión treinta pares, y hallándose en el trance se le acercó un espíritu con un libro en las manos que le dijo: “Aquí te entrego este libro para que puedas trabajar”.
Ella era incapaz de leer el libro, porque no tuvo oportunidad de ir a la escuela, pero le fue dado el don de conocer los secretos de las cosas y de adivinar el futuro “como si estuviera leyendo un libro”. Debido a su fuerza mágica, los huevos que los brujos habían enterrado en lugares desconocidos del cuarto donde se hallaba su hermana, se desenterraban solos, venían a sus manos, y María sin volverse los tiraba al suelo, sabiendo así que la enfermedad no necesitaba los huevos y bastaba con el poder de los hongos. Cuando María volvió en sí y vio los cascarones de los huevos rotos comprendió que se trataba de una realidad y no de una alucinación provocada por los hongos.
Después de la milagrosa curación de la hermana, María comenzó a ejercer su profesión de curandera y a ganarse la confianza de la gente. Abandonó el azadón y no volvió a cortar café. Su vida mejoraba sensiblemente. Atendía a las parturientas, a los hombres que tenían un frío o un calor en el cuerpo; les devolvía el alma a los que la perdían por haberse asustado y ahuyentaba los malos espíritus. (…)

EL LENGUAJE DE LA DIVINIDAD

De la poesía de María Sabina, es decir, de sus cantos chamánicos, tenemos el disco grabado por Wasson en un mal momento -María no estaba inspirada esa noche- y la traducción que hiciera la señorita Pike. Esta traducción presenta grandes lagunas que yo traté de llenar en mi segunda entrevista con María Sabina, pero fuera dee algunas rectificaciones no logré aclarar el texto de la lingüista norteamericana. Su incapacidad para traducir numerosos pasajes, como la incapacidad de la profesora Herlinda, tal vez se deba más que a dificultades fonéticas al hecho de que María haya creado un lenguaje de su especialidad, incomprensible para los mismos habitantes de Huautla.
Ese lenguaje esotérico lo emplean los chamanes asiáticos, y los curanderos y sacerdotes mexicanos lo llamaban nahualtocaitl, el idioma de la divinidad. Lo que ha creado María Sabina no es precisamente un lenguaje esotérico, sino más bien un lenguaje poético donde las incesantes reiteraciones del salmo y de la letanía se encadenan a una serie de metáforas frecuentemente oscuras, a licencias y juegos idiomáticos comunes en los grandes poetas y a menciones de yerbas y animales desconocidos, que multiplican las dificultades ya considerables de la lengua tonal mazateca.
Los cantos de María hacen las veces del tambor chamánico, lo cual no excluye que María recurra ocasionalmente al empleo de elementos percutivos. Las imágenes dispersas, ondulantes, soberanamente imprecisas del éxtasis, parecen ordenarse y cobrar un sentido gracias a sus cánticos. En mi tercera experiencia, recuerdo que saliendo del trance, después de un silencio, María cantó de nuevo y creó una melodía de tal suavidad, tan incitante —cada sonido abría mi carne saturándola de una infinita complacencia— que al terminar, como si se tratara de un concierto ejecutado con mano maestra, grité sin poder contenerme: —Bravo, María!
Heim, hablando del poder de los hongos, dice que ellos levantan el silencio. Hay entre el oído y el mundo de los sonidos un velo de silencio, como existe entre la luz y el ojo una atmósfera que absorbe los rayos de longitud de onda demasiado larga o demasiado corta. Los hongos descorren ese velo. Los sonidos adquieren una vibración peculiar; el mundo sordo recobra la plenitud de su orquestación y las más leves entonaciones de la voz, los roces más imperceptibles, se escuchan magnificados, traspuestos a un plano que ya no es el habitual, como si desaparecida la atmósfera terrestre a nuestros ojos les fuera dable contemplar sin daño la corona solar de los rayos X.
El mundo se hace melodioso o nosotros recobramos el oído perdido. Idioma de la divinidad. Andantes eternos. Silencios tan perfectos como la misma melodía. El universo es una sola voz. Músico táctil, música que se siente, música que se ve. La alucinación de ese hombre acusado por haber comido peyote que declaró ante los jueces del Santo Oficio haber visto: “Muchas palomitas como lucernas y sobre el cuerpo caían gotas de agua, como cuando llovizna” [Aguirre Beltrán]. Palomas luminosas a millares surcando el espacio; música transformada en lluvia cayendo sobre el cuerpo desnudo. Vuelo de palomas, de luciérnagas, de diamantes líquidos, de cuentas verdes, amarillas, rojas; cubismo, tachismo, haciéndose, re- haciéndose, naciendo y muriendo, el motivo musical expresado en estas imágenes reales, visibles, sentidas por cada uno de los poros de nuestra piel, por cada uno de nuestros vellos erizados, por cada cabello, por cada músculo, por la masa del cerebro galvanizada, electrizada, receptora y productora a la vez de esa inexpresable melodía universal.
El éxtasis lo interrumpe bruscamente María Sabina pronunciando repetidamente el nombre de sus clientes. En este caso, mi nombre: “Fernando, Fernando, Fernando”.
La profesora Herlinda intervino:-Es necesario contestarle, “aquí estoy”.
Hice un esfuerzo sobrehumano y respondí confuso:
-Aquí estoy.
Pienso ahora que es cruel arrancar a los embriagados de su trance, pero este llamado forma parte de la técnica de María, es un paso del ritual que tiene posiblemente como objetivo interrumpir la cadena de los desdoblamientos y devolverle al paciente la conciencia de su personalidad.
Otras veces los llamados son menos personales aunque igualmente efectivos. Existe una deliberada voluntad de romper la secuencia del cántico, de mantener alerta al paciente o de impedir que su ser permanezca largo tiempo en una parte del delirio hecha de reminiscencias vergonzosas y de espantables metamorfosis. María cambia el tono, introduce cierto desorden, una complicación no prevista, una insistencia desagradable, lo que equivale a pasar de un extremo a otro del éxtasis, a vivir en la eternidad y recobrar el sentido del tiempo (…).


Pd. El fragmento pertenece a la obra de Fernando Benítez "Los indios de México" tomo III, 1970. En 1989 se publicó una antología del autor con el mismo título, algunos fragmentos de la cual se pueden consultar en GoogleBooks.
El libro del que se tomó la imagen lleva por título "María Sabina: Soy la mujer remolino" y recopila los cantos de la curandera. Fue editado por Carla Zarebska y publicado en 2008 en México por Zare Books / Almadía y en Barcelona por Edicions l'Eixample. Sobre esta obra Adolfo Castañon escribió un artículo interesante en la revista Letras Libres, enero 2010.

1 comentario:

Melina Lymnaia dijo...

Me ha encantado! Qué manera más impresionante de aprender! El destino encuentra al destinatario. Lo que tiene que ser, es.

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