Campaña Ambiental Pagana 2014

[Artículos] Una ventana abierta, Vaelia Bjalfi


"Una ventana abierta", Vaelia Bjalfi. Ouróboros Webring, Enero 2011.

Podemos entender el paganismo como un conjunto de tradiciones que han sobrevivido - o han sido recuperadas - en época actual porque tenían algo que aportar a la misma. Un modo de entender la vida unido a una serie de prácticas útiles para desenvolvernos en ella, incluyendo una necesidad de crecimiento y transformación personal, unida a la capacidad del individuo para influir en su entorno. Aunque esta idea pueda ser tan antigua como la humanidad, lo cierto es que el tiempo y las condiciones de vida promedio de las generaciones que nos han precedido facilitaban que cualquier persona pudiera plantearse estas cuestiones. El momento histórico al que pertenecemos ofrece ventajas y retos que con frecuencia pasan desapercibidos. No deja de ser curioso que en un marco que presenta condiciones óptimas para el crecimiento del paganismo, haya quien insista en recrear a puerta cerrada una serie de condiciones ideales considerándolas imprescindibles para su supervivencia.

Podemos tener acceso al conocimiento real a través de múltiples tradiciones, pero sabemos de antemano que no va a dejar las cosas, ni a nosotros mismos, tal como estábamos, lo cual desencadena de modo automático nuestros mecanismos de defensa y resistencia. Es obvio que uno puede seguir, paso a paso, cualquier manual de “como ser pagano”, sin que en realidad se produzcan cambios sustanciales en su vida. Esto es una constante en numerosas tradiciones, dentro y fuera del paganismo, de cuyos ritos y principios se reproduce sucesivamente la forma, pero se va perdiendo el contenido. Si insistimos en mantener una versión obsoleta de nosotros mismos, de nuestra manera de pensar, percibir e interpretar la realidad, los recursos de los que actualmente disponemos seguirán siendo desaprovechados.

Algo que llama la atención en este sentido es el desinterés recurrente a la hora de gestionar nuestras propias emociones, así como la tendencia a reforzar nuestros apegos en lugar de tratar de liberarnos de ellos. A menudo nos identificarnos en exceso con el resultado de nuestro esfuerzo: Cuánto más difícil de encontrar o de realizar es algo, mayor importancia cobra para nosotros, hasta que finalmente cristaliza en nuestro interior la idea de que si algo “es fácil, está al alcance o es para cualquiera, no tiene ningún valor”.
Por esto, son muchos aquellos que sin dominar las técnicas más básicas, sin haber cambiado un ápice de sí mismos, se lanzan a la lectura compulsiva de cosas complicadas, o ponen todo su empeño en la elaboración de un currículum de experiencias o una lista de contactos, y aún se preguntan porqué a pesar de esos logros, parece no pasar nada “realmente espectacular”.
Y por lo mismo hay quien se empeña en realizar grandes esfuerzos, e incluso en poner en riesgo su integridad física y moral, en la búsqueda de algo que pudiera haber encontrado sentándose un rato en silencio en la comodidad de su hogar. Bajo determinadas circunstancias existen motivos de peso para asumir riesgos y realizar sacrificios, sin embargo, si por iniciativa propia uno se presenta ante las Puertas sin haber realizado el trabajo previo necesario, lo mejor que le puede pasar es que lo dejen regresar de una pieza al lugar del que proviene... Por no hablar de lo que puede pasar cuando se va a tocar a las Puertas que no son.

Una vez la idea del “si es fácil, está al alcance o es para cualquiera, no tiene ningún valor” ha alcanzado una posición ventajosa en nuestro modo de interpretar el mundo, se consolida el hábito de ignorar todo aquello que la vida ofrece a nuestro alrededor, para seguidamente empezar a levantar un muro que nos separe de ese resto del universo que, “sumido en la ignorancia”, no acaba de entender aquello a lo que nos dedicamos.

Esto ocurre entre toda clase de individuos pertenecientes a colectivos relativamente cerrados, o que han recibido una formación específica que no se encuentra al alcance del público general. Por ejemplo, todos sabemos que la carrera de medicina entraña muchos sacrificios, los estudiantes suelen dejar atrás lo que fue su vida para convivir con sus compañeros, primero de estudio y luego de trabajo, jornadas larguísimas en las que enfrentan situaciones difíciles, compartiendo entre sí conocimientos y experiencias tan familiares para ellos como veladas para el resto de mortales. Gracias a este esfuerzo y dedicación se crea un cierto halo de respeto y admiración hacia sus personas. Sin embargo, si alguien, en un ámbito que nada tiene que ver con la medicina, insiste en tener la razón porque “es médico”, no hace más que evidenciar que ha pasado tanto tiempo encerrado en ese mundo tan particular que ha terminado perdiendo toda perspectiva. Podría pensarse que no importa tanto si es un buen médico, pero a su vez esta pérdida de perspectiva afecta al desempeño de su labor: Ahora los pacientes son lo de menos, porque como ellos no saben “nada”, ni siquiera es necesario malgastar el tiempo escuchándolos.

Realmente no es demasiado difícil extrapolar estas situaciones al paganismo, u otros caminos considerados “de conocimiento”. Consideramos con celo nuestra formación, dado que hemos invertido tiempo, atención y trabajo en ello, y podemos incluso llegar a ser autoridades en una materia determinada. Sin embargo, esto no significa que sepamos todo lo que se puede saber, ni que cualquier persona que nos crucemos por la calle no pueda darnos una gran lección. Por ello, si no queremos acabar como el mal médico del ejemplo de arriba, es necesario que procuremos dejar siempre una vía de comunicación con el mundo que se extiende fuera de nuestros dominios: Una ventana abierta que permita que nuestra habitación se mantenga convenientemente aireada y pueda recibir algo de luz natural. Hay que salir al exterior de vez en cuando, no sólo para descansar y aprender sino también para devolver al mundo una parte de todo cuánto le debemos.

Es necesario tomar conciencia de las relaciones reales que nos vinculan a nuestro entorno, a la naturaleza y al resto de personas, y actuar en consecuencia. Aunque en ocasiones nos cueste reconocerlo, formamos una comunidad más grande que nuestra tradición particular; Nuestros destinos están tan delicadamente enlazados con el suelo que pisamos como con los destinos de montones de desconocidos a los que no solemos tomar en cuenta. Cuando logramos apartarnos un poco de nuestros prejuicios, comprendemos que es posible que compartamos muchas más cosas con la señora que nos vende el pan cada mañana que con una sacerdotisa de la antigüedad. Hay tantos puntos básicos en común entre nuestras vidas que, por diferentes que seamos, podríamos acercarnos bastante. Simplemente no lo intentamos, porque persiste en nosotros esa idea de que “ si es fácil, está al alcance o es para cualquiera, no tiene ningún valor”.

Todos estamos familiarizados con la Ley según la cual recibimos aquello que damos, y a la inversa. Sin embargo, no debemos conformarnos con una explicación demasiado simple al respecto, como si no fuéramos más que repetidores. Del mismo modo que los microorganismos procesan la vegetación muerta y la devuelven en forma que enriquece los suelos o que los mariscos actúan como un filtro para el medio marino, nosotros estamos sobre esta tierra para transformar aquello que recibimos, retornando al exterior algo que no es una copia exacta, porque actuamos como filtro o como procesador. Nuestra función principal es transformar lo que recibimos en lo que damos, y con lo que damos mejoramos las condiciones del entorno en el que debemos vivir. Esto significa también aprender también a encajar los golpes, todo aquello que etiquetaríamos como malo o desagradable, digerirlo, y devolverlo transformado como algo que se pueda considerar, cuanto menos, inocuo.

Dentro del paganismo, casi todos, en algún momento hemos ido a una conferencia y nos hemos espantado al oír una barrabasada que nadie más parecía detectar. Nos hemos enojado, hemos pensado que la persona al cargo del evento era un estafador y el resto de felices asistentes un rebaño sin criterio, concluyendo que “el paganismo está cada vez peor”. Es muy probable que tuviéramos toda la razón acerca del error que detectamos, pero... ¿Realmente es imprescindible que todos los paganos tengan en su almacén de información personal ese dato en concreto, o nos estamos comportando como el médico del que hablábamos antes? Si nuestra especialidad es la botánica, no vamos a detectar tan fácilmente esa clase de errores cuando se hable de historia, y a la inversa. Según nuestro ámbito de especialización aceptamos en mayor o menor grado las mismas generalidades que pueden fungir como introducción a aquellos ámbitos que desconocemos.

Y si esto sucede dentro del paganismo, hay que considerar que el abismo de incomunicación aumenta exponencialmente a medida que nos alejamos de la propia disciplina. Cuando de antemano damos por sentado que alguien “no sabe” o “no puede entender” nada de lo que nos interese, cerramos o estrechamos hasta la asfixia nuestros canales de intercambio. Cuando nos mantenemos serenos y receptivos, descubrimos que las personas pueden dar nombres diferentes a cosas que, en esencia, son idénticas o muy parecidas. Lo podemos descubrir revisando archivos de la Edad Media y también hablando con ese familiar del que habríamos jurado que sólo se interesaba por la física: Se trata de permanecer abiertos a la posibilidad. No siempre estaremos de acuerdo con nuestro interlocutor, ni es nuestra tarea convencerlo de nada; sencillamente habremos aumentado la calidad de nuestras relaciones.

Los bienes materiales sólo constituyen una parte de aquello que podemos compartir; otros recursos como tiempo, atención, perspectiva, habilidades y conocimientos pueden llegar a ser más necesarios o de mayor utilidad. Si algo se nos ofrece, si es fácil, está al alcance, es para cualquiera y además sirve para mejorar nuestra vida, es muy estúpido por nuestra parte desaprovecharlo. A la larga, puede ser esa pieza imprescindible que debimos recoger al principio del camino y, ya muy avanzados, nos veamos en la necesidad de volver atrás por ella.

Por otro lado, dado que el camino del conocimiento, en cualquiera de sus ramas, tiene sus propios, sofisticados e infalibles mecanismos de selección, el hecho de clonar gestos y palabras, crear grupos de elegidos o poner las cosas difíciles a otros me parece redundante y nocivo a largo plazo, pues conduce al estancamiento. Existe mucha gente que, sin hacer ruido, trabaja incansablemente desde aquello que sabe, para su beneficio y para el de los demás. El paganismo ofrece una serie particular de herramientas para procesar todo lo que recibimos, pero el lugar de trabajo, de acción, estará allí donde quiera que nos encontremos.

1 comentario:

Carlos Sánchez dijo...

Muy buena reflexión. Respecto a lo que mí concierne, el reconstruccionismo, realmente me ha hecho pensar en cómo enfocar determinados aspectos, que como bien dice Vaelia, no por ser sencillos dejan de tener valor.

Considero que todos los paganos deberíamos revisar nuestro mundo interior y dejarlo respirar de vez en cuando. Oxigenar las ideas sabiendo que hay muchos aires que respirar, pero sabiendo cual es el que a nosotros nos conviene más.

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