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[Fragmentos] El Destino del Guerrero, Georges Dumézil.

El Destino del Guerrero, Georges Dumézil. Ed. Siglo XXI, Mexico D.F., 2003, pp.3-8

(…) Una vez reconocido el carácter indoeuropeo común del marco ideológico de las tres funciones – administración de lo sagrado, del poder y del derecho; de la fuerza física; de la abundancia y la fecundidad- emprendimos el estudio comparativo, entre los diversos pueblos de la familia, de la economía interna de las expresiones teológicas y míticas de cada una de ellas. (…).

Por lo que toca a la primera, muy pronto fue posible obtener un cuadro sencillo y enteramente coherente del cual la India védica – verificada por Irán – proporciona, con su Varuna y su Mitra, un ejemplar teológico bien conservado y del que Roma ha heredado una exposición muy completa en la historia de sus fundadores, Rómulo y Numa. Con evoluciones propias de cada una, Escandinavia e Irlanda han confirmado esta primera imagen. Luego, al lado de los dos aspectos y personajes principales de la soberanía, han sido deslindados los servicios y las figuras de dos soberanos menores, de los cuales los indoiranios, los romanos y los escandinavos presentan “realizaciones” diversas, pero de igual sentido. Si aún deben examinarse cantidad de puntos más de cerca, no parece que falte mucho por añadir a estas líneas maestras. No ha ocurrido otro tanto con los dioses y los mitos de las otras dos funciones.

Uno de los caracteres más inmediatamente apreciables de la tercera es su fragmentación en provincias muy numerosas, cuyas fronteras son imprecisas: fecundidad, abundancia en hombres (masa) y en bienes (riqueza), alimentos, salud, voluptuosidad, etc., son nociones que se condicionan unas a otras, que se comunican unas y otras por mil capilares, sin que sea posible determinar entre ellas un orden de derivación. Otro carácter de la misma función es su estrecha vinculación con la base geográfica, topográfica, étnica también, de cada sociedad particular y con la forma, los órganos variables de cada economía. (…) Hasta el presente no ha aparecido ninguna estructura general y puede dudarse de que aparezca alguna en el porvenir.

La segunda función, la fuerza y ante todo, por supuesto, el uso de la fuerza en los combates, no resulta para el comparativista una materia tan desesperada, pero no ha disfrutado de una sistematización tan completa como la soberanía religiosa y jurídica: sea porque los teólogos y los filósofos responsables de la ideología no hayan reflexionado con tanto cuidado acerca de las actividades más apartadas de las suyas, sea porque las realidades no ya del suelo sino de los acontecimientos hayan contrariado la teoría. De suerte que la comparación no ha deslindado aquí tanto una estructura como aspectos, ni siquiera todos coherentes. Pero la antigüedad de estos aspectos, tomados por separado, es atestiguada por redes de correspondencias precisas y complejas entre la India (las más de las veces los indoiranios) y Roma o el mundo germánico. Tres son objeto de la presente compilación. Con algunos excursos, cada una de las tres partes se propone esencialmente obtener el certificado o – como se dice hoy- el label indoeuropeo para un grupo de representaciones hindúes bien conocidas, relativas al principal personaje del segundo nivel, Indra: la serie de sus más célebres proezas; su reputación de “pecador entre los dioses”; y aquello que parece aflorar de práctica social, de ritual, bajo su título de “Vrtrahan” y bajo el escenario de algunas de sus hazañas.

Otros “aspectos”, que aquí no pueden más que señalarse y a los que aludiremos incidentalmente en el curso del libro, no tienen por cierto menor importancia.

Ante todo, la división de la función entre dos tipos de representantes, no articulados y complementarios, como lo son Varuna y Mitra, pero cuando menos irreductibles el uno al otro: los que el Mahabharata encarna en los héroes Bhima y Arjuna, patrocinados para los indoiranios (…) por los dioses Vayu e Indra, padres, por lo demás, de Bhima y de Arjuna, respectivamente, en la epopeya. Heracles y Aquiles ilustran bastante exactamente estos dos tipos entre los griegos. Pero es en el mundo germánico, con una alteración que le es particular, donde esta distinción tiene mayor importancia: el segundo nivel se ha desbordado abundantemente sobre el primero, de suerte que el primer soberano, el Odin escandinavo, resulta ser, a la vez, uno de los dioses más ocupados en la guerra; sin superponérsele exactamente, la diferencia entre Odin – en tanto que preside las batallas- y el campeón Thor, gustosamente solitario, recuerda por algunos rasgos la que hay entre Indra y Arjuna o entre Vayu y Bhima.

Luego está la existencia de “sociedades de guerreros”, agentes eficaces de conquista. Los mariannu, combatientes en carro, que en el segundo milenario antes de nuestra era sembraron el espanto entre las naciones del Cercano Oriente, son sin duda los más antiguos testimonios directos, y los Marut de la mitología védica (…) trasponen este tipo de órgano social al otro mundo. (…)
Hay también relaciones de la mitología naturalista y la mitología social en este segundo nivel, o más sencillamente, en cuanto a la India, el doble valor de Indra y de los Marut, a la vez modelos de los combatientes terrestres y divinidades del rayo y la tormenta, de las manifestaciones terribles y de las consecuencias felices de la tormenta. Si es erróneo ver fundamentalmente en Indra a un dios de la fecundidad (…) una gravidez lógica constantemente lo ha empujado en tal dirección, como por lo demás al Thor noruego, “el buen hombre Thor”, “Thor el campesino” ( el “Hora Galles” de los lapones) (…) pues otro problema (…) es el paso del rayo, o del arma mítica que le corresponde, a manos de un dios de primer nivel: Mitra, Zeus, Júpiter. (…)

Existen, en fin las relaciones de la función guerrera con la juventud, con esos iuuenes, a la vez clase de edad en una sociedad y depositarios de las esperanzas de duración o de renovación de dicha sociedad (…). Las tradiciones de muchas ciudades de Italia que se concedían por fundadores una banda de iuuenes conducidos por un animal de Marte, leyendas germánicas como la del origen de los lombardos, hacen pensar que la oposición de las clases de edad ha desempeñado con frecuencia un papel en la expansión de los indoeuropeos. (…).

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