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"El Sendero de la Guerra", Guilaume & Zammit. Cap.5 : La construcción del guerrero.

"El sendero de la guerra. La violencia en la Prehistoria" (2002), por Jean Guilaine y Jean Zammit.Ed. Ariel. Reseña del capítulo V, Vaelia Bjalfi. Ouroboros Webring Junio 2010.


Capítulo V. La construcción del guerrero.


En el presente capítulo, los autores se encargan de desarrollar un modelo de las sociedades neolíticas y calcolíticas con el fin de enmarcar los datos obtenidos acerca de evidencias de violencia en un contexto social e ideológico. Para ellos, el aumento de los actos violentos está estrechamente relacionado con el funcionamiento social.

En primer lugar, se centran el papel jugado por los elementos de prestigio que se hallan en las sepulturas del periodo. Estos elementos no aparecen en un registro cotidiano, lo que da lugar a pensar que se trata de elementos destinados a subrayar la posición social, entre los que jugaría un papel especial la armamentística. En esta época, la caza ya no jugaría un papel relevante en la aportación económica pero, sin embargo, constituiría un medio de promoción social, así como los enfrentamientos bélicos. Señalan los autores que el arma, útil de fuerza y destreza, se convertiría en un elemento simbólico íntimamente relacionado con el mundo masculino; por un lado, como representante de las funciones del género (en oposición a las que se suponen de ocupaciones femeninas cotidianas, relacionadas con la agricultura y el hogar ) entre las que se exaltaría la violencia, o capacidad de agresión. Tres elementos destacarían entre estas armas; el arco, el puñal y el hacha.

Se habla de una incipiente y progresiva preeminencia del mundo masculino; esta vendría propiciada por la introducción del arado ( y el acceso de los hombres a las tareas agrícolas), la invención del torno (en Oriente) o la aparición de la artesanía metalúrgica.
Por otro lado, la iconografía del momento refleja un desarrollo de la simbología masculina y guerrera. destacan especialmente las estelas y estatuas-menhires europeas, en las que los hombres están provistos de armas, especialmente puñales, en tanto que la característica esencial de las representaciones femeninas son sus pechos. Para los autores lo femenino se sujeta a lo natural, y lo masculino a lo cultural.

En lo referente al registro funerario, los hombres se acompañan con ajuares en los que se hallan elementos de ornamento y recipientes especiales, pero destacan ante todo las armas de sílex o bien ya elaboradas en metal, entre las que se cuentan puñales, flechas, hachas... y, en ocasiones, variedades de cetro. Las sepulturas femeninas, salvo algunas excepciones en las que se encontraron acompañadas por puñales, suelen llevar un ajuar a base de ornamentos y piezas relacionadas con tareas cotidianas (fusayolas, leznas…).

Un ejemplo de la subyugación femenina a lo masculino, parece encontrarse entre los restos de la Edad del Cobre italiana, en el caso de la tumba de la “viuda”, perteneciente a la cultura de Rinaldone (3200-2500 a.n.e.). En esta tumba parece documentarse el sacrificio de una mujer joven, con el fin de acompañar a un individuo masculino dotado de un valioso ajuar armamentístico. En cualquier caso, es evidente la correspondencia entre el mundo simbólico reflejado por el contexto funerario y las representaciones halladas en las estelas y estatuas anteriormente citadas.

Por otra parte, las armas alcanzan valor por sí mismas. Se habla del desarrollo de un artesanado dedicado a la confección de las mismas, que aún realizándose en el ámbito de lo doméstico, junto a instrumentos bastos de labor y valor secundario, las armas, (en ocasiones útiles y en otras, simples elementos de ornamento), están realizadas con precisión técnica, y destinadas a proyectarse más allá de la comunidad productora. Se ha llegado a diferenciar espacios destinados a la elaboración de flechas, por ejemplo, en el poblado de los Millares (Santa Fe de Modújar, Almería).

Paralelamente, el artesanado podría haber ido divergiendo de la elaboración doméstica de útiles, a la vez que adquiría competencias en la elaboración de elementos ornamentales, cuyo destino seria paralelo al de las armas; esta orientación al exterior permitiría a las élites mantener una política de intercambios y alianzas en el ámbito regional. Al mismo tiempo, el hecho de que estos bienes de prestigio fueran amortizados como ajuares mortuorios aseguraría la continuidad de su demanda.

Haciendo nuevamente referencia a la producción estatuaria de representaciones masculinas y armadas de la Europa del III milenio a.n.e. , los autores introducen el debate sobre si se debieron al invasionismo de poblaciones (para este periodo se atribuyen migraciones “indoeuropeas”, procedentes del las estepas centroasiáticas y el este europeo), portadoras en oleadas de la nueva ideología y simbología o bien, al contrario, por una evolución interna y progresiva por parte de las comunidades europeas hacia una mayor jerarquización social y de género.

Contra la hipótesis difusionista existen evidencias sólidas; tanto la tradición estatuaria con motivos masculinos como la jerarquización social o, cuanto menos, la preeminencia de ciertos personajes o linajes tiene antecedentes en el mismo territorio europeo. La difusión real seria en este caso la de las técnicas metalúrgicas, que se introducirían en el desarrollo de la armamentística preexistente hasta llegar al puñal de bronce y la espada del II milenio.

En el ámbito del desarrollo de una ideología principalmente masculina, los autores presentan una hipótesis interpretativa para emplazamientos que tradicionalmente se considerarían santuarios al aire libre destinados al culto taurino y celeste. Según esta hipótesis; lugares como el Mont Bego, en la región alpina, en los que se hallan representaciones de astados (especialmente bóvidos), puñales y arados, serian espacios destinados y restringidos a rituales masculinos; ritos de pasaje, iniciaciones, inclusiones en nuevos grupos sociales, etc. Por otro lado, se defiende que las representaciones corresponderían a un trasfondo ideológico emergente, en el que las representaciones se remitirían a funciones masculinas; combate y defensa, posesión de la tierra… se apunta a que estos temas representados adquirirían un contenido mitológico.

Otro aspecto que puede aportar información acerca del contexto social de la violencia en el Neolítico es la configuración de los hábitats, especialmente las relaciones existentes entre poblados abiertos y poblados fortificados. Aunque se apunta a una preferencia, en lo que a estudios arqueológicos se refiere, hacia los últimos.
Destacan, en el sudeste español, los yacimientos fortificados, entre finales del IV y III milenio a.n.e. ; para los que se hicieron lecturas invasionistas y locales. en el desarrollo indígena hacia nuevos modelos sociales que llevaran a la necesidad de fortificaciones y sistemas de defensa el medio juega un papel importante.
En las regiones aisladas o montañosas, la densidad de población sería baja, y varios grupos explotarían simultáneamente unos mismos recursos naturales (agua, tierras,…). En este ámbito, la aparición de arquitectura defensiva no estaría justificada.
Sin embargo, en el llano y los valles, o zonas privilegiadas en función de su localización (mejores tierras, vías de comunicación) se desarrollaría una ocupación superior, produciéndose una concentración de poblados. La falta de espacios llevaría a una intensificación en los cultivos lo que en la época significaba el desgaste de las tierras, derivando hacia una competencia territorial. Esto daría lugar a una fortificación, a falta de defensas naturales, de determinados centros de población más favorecidos, que, en una segunda fase, pasarían a controlar a otros periféricos de menor importancia, sometidos a una suerte de vasallaje.

Para concluir el capítulo, los autores introducen una reflexión acerca del origen del guerrero en Occidente. Como sucediera en el caso de las estelas y estatuas-menhires, la figura ideológica del guerrero ha sido con frecuencia tribuida a la aportación de poblaciones invasoras que habrían dado fin a una comunidades neolíticas poco estructuradas socialmente y sin demasiados elementos de tensión.
Sin embargo, tras el análisis de los datos obtenidos, para el periodo neolítico del oeste europeo ( y también para su Paleolítico), parece completamente lícito hablar de esta nueva figura ideológica como resultado de una serie de transformaciones internas en el seno de estas comunidades. Las tensiones, ya existentes en los primeros periodos, se acrecientan azuzadas por la paulatina jerarquización social del V y IV milenios a.n.e., que seguirá acentuándose en el III milenio a.n.e., aún antes de la llegada del metal.
La adopción de la metalurgia será un elemento más en esta dinámica, a la que se añadirán también determinados comportamientos o costumbres de los que una clase social deseosa de distinguirse adoptará como propios. Se apunta hacia una incipiente aristocracia, en parte hereditaria, en parte sujeta a pruebas en función de la inestabilidad de las relaciones sociales y la competitividad.

Por último, se hace mención de las importantes diferencias entre esta imagen del guerrero occidental europeo, caracterizado por su individuación, para el que los enfrentamientos pueden constituir un motor de prestigio social, y el soldado perteneciente a tropas y milicias, que encontramos en el mundo urbano contemporáneo del Próximo Oriente.

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