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"El Sendero de la Guerra", Guilaume & Zammit. Cap.1 : Reflexiones Preliminares

"El sendero de la guerra. La violencia en la Prehistoria" (2002), por Jean Guilaine y Jean Zammit.Ed. Ariel. Reseña del capítulo I, Vaelia Bjalfi. Ouroboros Webring Junio 2010.


Capítulo I. Reflexiones preliminares.


La violencia está documentada históricamente en las manifestaciones artísticas y arquitectónicas, así como en los textos procedentes de las primeras civilizaciones. Sin embargo la búsqueda de rastros de violencia en las fechas más remotas, correspondientes a la protohistoria y la prehistoria presenta mayores dificultades. La intención de la presente obra es la indagación en esta búsqueda a través de la arqueología y con el apoyo de estudios etnográficos. De esto deriva, ineludiblemente, el cuestionamiento de la relación natural y cultural del ser humano con la violencia.

El primer tema a tratar será, por lo tanto, la historiografía, el modo en cómo el contexto de los estudios arqueológicos ha influido sobre las diferentes líneas de investigación, interpretaciones e hipótesis. Se muestra como ejemplo la proliferación de hipótesis invasionistas al momento de explicar un cambio cultural, coincidiendo con un periodo marcado por conflictos bélicos en la Europa contemporánea; mientras que los años de calma que siguieron a estos conflictos verían nacer hipótesis a favor de evoluciones internas para explicar los mismos cambios. Esta situación se evidenciará en el hecho de que, a lo largo del tiempo, un mismo hábitat pueda ser interpretado de maneras enteramente opuestas.
Por otra parte, en no pocas ocasiones, se ha proyectado en la investigación arqueológica la voluntad de demostrar unos modelos explicativos formados a priori, entre los que destaca el caso de la Edad de Bronce de Córcega y la supuesta vinculación de la cultura “torreana” con las invasiones del segundo milenio y los llamados “pueblos del mar”.

Dentro de estas necesarias reflexiones preliminares, los autores proponen también a continuación la cuestión de los orígenes de la agresividad humana, empezando por su componente biológico, relacionándolo -mediante datos procedentes de la etología, o estudio del comportamiento animal- con el comportamiento de los primates y mamíferos superiores. Se concluye que la expresión de la agresividad humana supera en complejidad a la de éstos, de hecho la caracteriza, cuanto menos, como producto del proceso de hominización.

Sigue el debate entre si esta agresividad debe entenderse como un rasgo natural o como un elemento cultural. En esta esfera destacan las opiniones contrastadas de A. Leroi-Gourhan, quien defendía la guerra como evolución de la caza, medio de subsistencia humano y, por tanto, aptitud natural del mismo, y P.Clastres, quien rechaza la explicación del comportamiento humano si no es en el ámbito de lo social, resultando de ello la idea de la guerra como fenómeno cultural.

Regresando de nuevo a la historiografía, se cuestiona la idea generalizada según la que la violencia prehistórica vendría de la mano del Neolítico. El tópico de la “Edad de Oro”, el mito del Paraíso Original, o bien la idea moderna del “Buen Salvaje” se proyectan en el pasado hasta establecer una dicotomía entre un Paleolítico “natural” y pacífico, y un Neolítico cultural y belicoso. Por otro lado, la interpretación materialista hace pensar que fue el desarrollo del sistema productivo, el almacenaje y la posesión privada aquello que, suscitando envidias y codicias, o por la simple necesidad de aquellos menos favorecidos, generalizó la violencia y la guerra como un medio de relación social; luego, si las sociedades paleolíticas no eran productoras, quedaban fuera de este marco explicativo, y se suponían apacibles.
Sin embargo, hay datos suficientes para hablar de violencia paleolítica, en un sentido estrictamente humano, “conflictos llevados a cabo por hombres armados” . Señalan los autores que los motivos que llevan a estos enfrentamientos, individuales o colectivos, pueden existir independientemente de la producción ( rupturas de alianzas, ofensas,…) y, por tanto, ser realidades muy anteriores al momento neolítico.

Tal como se ha apuntado anteriormente, la expresión de la violencia humana adquiere formas complejas. A través de paralelos etnográficos se puede pensar en la existencia, en el ámbito cultural, de un control de la violencia que daría lugar a batallas o guerras rituales. Las batallas y guerras rituales tendrían en ocasiones un cariz lúdico, y consecuencias de cara al individuo participante en lo que respecta a su posición social. Al mismo tiempo, estos enfrentamientos, aún conllevando la muerte de algunos de sus participantes, podrían constituir un medio de limitar los conflictos y las víctimas a la mínima expresión.

También en el ámbito cultural, una administración de la agresividad podría hallarse tras la idea de los sacrificios humanos. El hallazgo de sepulturas simultáneas, abiertas y cerradas en un solo uso, ha llevado a plantearse a los investigadores la posibilidad del sacrificio, aunque, como señalan los autores, también ciertos sepulcros individuales podrían pertenecer a individuos sacrificados. En palabras de R.Girard: “ La violencia del sacrificio representa una solución, un modo de canalizar la agresividad de toda la comunidad.
Cabe destacar la diferencia ideológica entre el asesinato, considerado negativo, y el sacrificio, considerado positivo, por más que desde la óptica moderna haya quien los sitúe como fenómenos muy próximos. Por otra parte, se sugiere la posibilidad de la existencia del sacrificio por sí mismo, anterior a la voluntad de ofrenda a una divinidad, y tal vez tampoco con la ostentación de poder de un potentado.

Para terminar estas reflexiones preliminares, los autores se centran en los ámbitos de la expresión de esta violencia susceptibles de dejar rastros arqueológicos. En lo referente al homicidio, seas cuales sean sus motivos y modalidades, no suele dejar restos dado que éstos pueden ser eliminados conscientemente (arrojándolo al agua, quemándolo…), o bien abandonados en el lugar de la muerte, dónde por acción de animales o por procesos naturales de descomposición, dejará escasas o nulas evidencias arqueológicas. Por último, los restos también pueden ser consumidos por otros humanos, o bien manipulados para la confección de útiles ( si bien esto no tiene por qué estar relacionado con el homicidio). Será el entierro dentro del contexto de una necrópolis el que en principio proporcionará mayor cantidad de datos para el Neolítico. Las agresiones colectivas serán localizadas mediante la Arqueología a través, por ejemplo, de fosas comunes con restos acumulados de cuerpos o muertos abandonados en campo de batalla y fosilizados rápidamente.

Por otra parte, en el campo de castigos y afrentas, solamente se podrán localizar por los restos dejados en los huesos o en la carne (en casos excepcionales en los que ésta se conserve) y a través de estudios muy minuciosos. Otro aspecto de la violencia, que puede tener un cariz religioso y social, susceptible de ser localizado arqueológicamente, es el de las mutilaciones rituales.

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