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El movimiento religioso femenino castellano, siglos XII-XVI

Notas del Seminario: “Centros y Periferias, Palabras y Acciones. El movimiento religioso femenino castellano, siglos XII-XVI” (2004) Ángela Muñoz Fernández, Universidad de Barcelona. Primera publicación en Perro Aullador (2004), recuperado para Ouroboros Webring, Mayo 2010.


Santa Ana y María, detalle de una pintura de Leonardo da Vinci.



Centros y Periferias, Palabras y Acciones.El movimiento religioso femenino castellano, siglos XII-XVI

En los siglos XII y XVI, pero también antes, encontramos un número abundante de mujeres que entienden que en la religión hay formas de realización personal, sitiadas en la “periferia”, un tanto al margen del orden institucional eclesiástico. Se trata de un campo fundamental de la experiencia humana femenina, la mujer como sujeto marginal y creadora de espacios que se sitúan al margen.

La religión pretende tener el privilegio epistémico, la capacidad de explicar el mundo, desde una dimensión antropológica podemos hablar de un conjunto de recursos humanos que se gestiona en organismos institucionales de predominio masculino. Nos situamos en el entorno Castellano, al margen del área mediterránea. En el pasado de Europa Occidental se documenta un importante número de mujeres que aprovechan los recursos simbólicos disponibles (cristianos) y forman espacios de vida ajenos al matrimonio y al convento, principales ámbitos reglados para la mujer. La historiografía no ha podido ignorar este hecho como un movimiento social, dándose un aumento excepcional de mujeres consagradas al dios cristiano, en un estatus de “semirreligiosas” recibiendo diversas denominaciones: beguinas, beatas, ermitañillas, hospitaleras, devotas…

En el s. XII encontramos freilas y hospitaleras documentadas en el entorno del Camino de Santiago, en el s.XIII conventos de Clarisas, en origen formados por agrupaciones de mujeres que buscan un camino personal. En los s. XIV – XV aparecen beatas y hospitaleras, y en el XVI sus centros están autogestionados y autorregulados… Se intentará, por parte de la Iglesia, que estas agrupaciones se integren en una forma institucional reglada, en ordenes secundarias (en segundo lugar después de las reglas de los Dominicos), surgirán también ordenes terciarias, proyectadas en campos de acción social. Los grupos femeninos que deseen formar una congregación, deberán buscar un fundador para crear un convento; la regla terciaria se va monacalizando, creándose una orden paralela. Ahora las mujeres necesitarán un hombre para que les haga de confesor, capellán, etc.

Aún así, mantienen cierta autonomía, procesan tres votos: castidad, pobreza y obediencia, pero no están en clausura, lo cual preocupa mucho en el s.XV, dado que se pretende cortar el flujo de comunicación de estas mujeres. La clausura se impondrá paulatinamente, no sin encontrar oposición y resistencia por parte de las afectadas. A finales del s.XV convive con los procesos de la Reforma, sometiéndose a un régimen de vigilancia y clausura obligatoria. Es entonces cuando surgen las beatas, cuyo movimiento religioso es individual, chocarán con la Inquisición. No se trata de un fenómeno residual ni episódico, se entiende “beata” como un status de vida, se trata de un movimiento con bases sociales, de carácter laico, con un posicionamiento excéntrico pero no desligado de la institución religiosa. Las beatas buscan formas de acceso directo a la Divinidad, para lo cual siguen diferentes pautas; procesos contemplativos, de interiorización, mística, y al tiempo un procesos de acción social, atención a los pobres, los enfermos, etc. Estas mujeres, sin profesar votos, llevan a cabo una acción religiosa que puede ser temporal o durar toda la vida, encontrándose aquí la voluntad como elemento importante, al no estar ligadas por contrato canónico. Tomaban una opción de vida que los contemporáneos reconocían, y se las podía identificar por su hábito.

Estas mujeres, con fuertes vínculos de hermandad entre sí, sufren un proceso por el que se pasa del ámbito de la casa, al ámbito del monasterio, con la regularización que esto comporta, elementos pautados que pisan las pautas autorreguladas. Los orígenes proto-monásticos (por ejemplo las primeras agrupaciones de clarisas) son desvirtuados por la Iglesia. La terminología que reciben estas mujeres es muy variada, prueba de que estos status de vida no obedecían a modelos predefinidos rígidamente. Se ha ofrecido una imagen devaluada de estas mujeres; se las supone viejas y pobres, así como que acceden a la beatitud porque no les queda otra opción. Esto es completamente incierto, las beatas podían ser jóvenes, incluso nobles, solteras y viudas, muchas de ellas podrán haber pagado la dote necesaria para ingresar en un convento, o por poder e influencia política podrían haber fundado uno ellas mismas.

La memoria histórica común nos ha dejado una idea vacía de estos movimientos, retiene la precariedad, la conflictividad y la marginalidad de sus protagonistas. Esto puede deberse a la falta o dispersión de las fuentes documentales consultadas por los historiadores; las crónicas monásticas constituyen una de las principales fuentes para el estudio y, en estos, el modelo monástico aparece como superior en la perfección de vida al estatus “semirreligioso” o autorregulado de estas mujeres. Vemos el cambio de sentido de las congregaciones al ser definidas por la Iglesia; desde la que se dice que estas mujeres deben ser recluidas al estar expuestas a innumerables peligros. Se las considera “semirreligiosas” respecto al modelo que ofrecen las órdenes religiosas regladas, pero están actuando dentro del sistema.

También debemos mencionar los estudios de enfrentamientos de las beatas con la Inquisición. Al buscar una relación directa con la Divinidad (“Ser Dios en Dios”) están cuestionando, en un momento posterior al Concilio de Trento (esto es, en la Contrarreforma cristiana, cuando se fijan las reglas de la institución eclesiástica) las bases de la mediación con la Divinidad, cuestionando el poder del Organismo Eclesiástico como herramienta para acceder a la Divinidad, la misa, el bautizo, el matrimonio y el tránsito a la muerte.

Para estas mujeres, la experiencia mística es una vía de interiorización, de acceso a ellas mismas. El régimen de la mediación queda superado al buscar el acceso a las fuentes del propio ser, la libertad y el conocimiento; su mística va más allá de la religión. La figura del Amor como núcleo fundador de todo. Tenemos que contar con que lo femenino no está reconocido, hallándose siempre en una posición social desfavorecida, en este contexto, unas mujeres reclaman que Dios está en ellas, creando a la vez un corpus de elaboración teológica, según el cual en lo humano hay una semilla de divinidad que podemos hacer crecer, por nosotros mismos, no por el status social, concepto que se encuentra ya entre los griegos, y supone un choque cultural importante.

En el s.XVI hay una llamada general a la libertad, en 1530 se produce la llamada “herejía de los alumbrados”, en 1560 desde la sociedad se estará desmintiendo a los sacerdotes, haciéndoles mofa, las mujeres en régimen “semirreligioso” pensarán por ellas mismas, y emplearán los recursos a su alcance. Como reacción a esta libertad de actos y pensamientos, se lleva a cabo un proceso de desautorización por parte de la Iglesia, se dice de las beatas que son ilusas, brujas o falsas santas; esto prenderá hasta convertirse en un proceso masivo. Cuando no se las tratará de brujas, se las tratará de ilusas, capaces de influir sobre gente igualmente ilusa (desautorizan su discurso) o bien de falsas santas, mentirosas, personas de doble moral; esta publicidad negativa, manipulación que se lleva a cabo a través de los nuevos mecanismos del Estado Moderno, tiene como resultado el que en el s.XVI sólo queden beatas individuales, y toda congregación o grupo de mujeres que decidían consagrarse a la Divinidad fuera sometida a la regla monacal.

Es necesario desterrar la percepción del conflicto como elemento dominante en la vida de las beatas, incluso el conflicto con la Iglesia, puesto que en ocasiones fueron también apoyadas desde ella. Las beatas tenían unos espacios, una identidad social reconocida, aceptada y legitimada tanto por las autoridades eclesiásticas como por el resto del entorno social. Es común entre ellas la centralidad de la de la dimensión humana de la Divinidad a través de Cristo, o la identificación con la imagen del Dios encarnado. Cuando la gente moría, o en vida, se les dejaba dinero para que rezaran por ellos, tenían una función social. Destacan así mismo, en la mediación social en conflictos y mediación espiritual.

Del mismo tiempo nos llegan los escritos de Juana de la Cruz, en 72 sermones compilados en un volumen llamado Conorte, vemos destacada la idea de la mujer como ser espiritual, identificada con la figura de Cristo. Cobra también especial relevancia la línea materna de Cristo, la “Santa parentela”, Santa Ana, su abuela y las hermanas de María. La información al respecto de esta tríada femenina se extrae de un apócrifo según el cual Santa Ana casa con el abuelo de Cristo, y más tarde con dos hombres más teniendo en total tres hijas, llamadas María. Estas, a su vez, habrían tenido hijos que formarían el núcleo originario de seguidores de Cristo (sus primos). En sí, la propuesta que deriva hacia estas líneas conceptuales ataca toda la teoría Aristotélica heredada por los "Padres de la Iglesia".

Los criterios de renovación y cambio en la Edad Media se denominan “Reforma”, se reconoce el valor de lo ya existente, pero se quiere mejorar. El movimiento de las mujeres toledanas eclosiona en el s.XVI, con su espiritualidad y santidad como paradigmas de la vía mística, y relatando visiones en las que se denunciaba la corrupción del clero. Tal vez por un proceso de somatización, sufrían la estigmatización, lo cuál podía resultar un proceso de autorización por la transposición del cuerpo sufriente de Cristo. Citando un ejemplo, tenemos a María de Ajofrín, a quién se le reconocía el don de previsión del futuro (más tarde perseguido por la Inquisición), la capacidad de saber el estado de las almas, y se la consideraba protectora de la ciudad. Aunque no se canonizaran, quedan en la memoria local como sujetos que gozan de autoridad social, por su propio carisma. Se valora, además de sus dones, su capacidad de mediación, se consideran mujeres sabias a las que se pide consejo, se les reconoce capacidad de discernimiento y constituyen una figura esencial en la vida cotidiana. Son mujeres con poder, en ocasiones sobre sus frailes, influyen en su entorno, puesto que éste confía en sus consejos. Se da un flujo intenso de comunicación, en círculos femeninos, y en ocasiones también en círculos masculinos reformadores.

Las “sororas”, en el País Vasco, se instalaban en el templo y las ermitas, cuidaban de los edificios y objetos religiosos. Todas estas mujeres tenían una participación activa en los entierros y procesiones, acogían a las cofradías (que articulaban el tejido social al encargarse de procurar asistencia a sus miembros por enfermedad, miseria, etc.) y daban enseñanza a los niños. Canalizaban la vida religiosa cotidiana, y actuaban allí dónde el sistema dejaba campos sin cubrir (atención médica, hospitalaria, cuidado de pobres…) y al morir sus entierros contaban con una honra especial. Eran requeridas también como consejeras espirituales, y en la atención a los enfermos se valora su capacidad de atención, de reconformación tanto física como espiritual para con estos.

Otro ejemplo de la vida de estas mujeres es el de Eugenia de Borgoña, que no teniendo dinero para la dote de ingreso en el convento, se fue a Roma a pedir un documento de autorización para el mismo fin, habiéndolo conseguido, se lo roban en el camino de retorno. Esto marca un punto de ruptura en su vida, decide iniciar el Camino de Santiago como peregrina, instalándose al fin en Toledo dónde, años más tarde, entrará en conflicto con la Inquisición. Ella enseña en casas particulares previo pago, y gratuitas en San Juan de los Reyes, donde se concentraba un gran número de frailes. Esta dedicación no fue bien vista, en 1534 se la acusa por “palabras escandalosas” (había criticado las bulas de indulgencia papal), a la Inquisición le parecía peligroso que fuera de casa en casa, con su particular opinión.

Esto muestra que estaban en el centro, tenían contactos con la elite intelectual y los debates y discusiones de las universidades se llevaban a cabo paralelamente en el ámbito domestico. La liminalidad inicial que parece dejar a estas mujeres en la periferia supone una vía factible para su incidencia en el centro de la vida social. La terminología que las define no se llegará a aclarar, se trata de un estado de fronteras difuso, que sólo toma forma en la experiencia personal de las beatas, en su búsqueda de un marco flexible, ambiguo que les permite ejercitar itinerarios propios y nuevos.

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