Campaña Ambiental Pagana 2014

[Traducciones] Místicos paganos, por Christopher Gérard



Fuente: Archaïon. Les tablettes de Christopher Gérard

Místicos paganos
Gran iniciativa la de Arfuyen, al reeditar el viejo libro (1944) del Padre Festugière Trois dévôts païens. Firmicus - Porphyre - Sallustius. Este gran helenista (1898-1982), autor de más de setenta obras, entre las que la monumental Révélation d’Hermès Trismégiste (reeditada en 2006 por Belles Lettres) se especializó en el estudio de la religión personal de los Ancestros: “ Un cierto acento parejo, de piedad manifiesta y serena, donde se mezclan, en dosis desiguales, el impulso hacia las cosas divinas, la resignación hacia los males inevitables, la fuerza de espíritu que vence el dolor . (...) Una persuasión común que los valores más altos son aquellos del espíritu”. Los tres místicos evocados fueron grandes figuras del paganismo tardío. Firmico Materno para empezar, astrólogo, senador, autor de un tratado titulado Mathèsis, y, desgraciadamente, del famoso De Errore profanarum religionum, en el que, citando a Festugière, se muestra “cristiano resoluto, imbuido de un feroz ardor y con un espíritu de revancha que entristece ver en un discípulo del Evangelio”. Firmico fue de hecho un renegado, un converso que quemó aquello que había adorado, notablemente el mitraismo. Su última obra es un “manual de intolerancia” (G. Boissier), en el cual el autor incitaba a los emperadores cristianos a erradicar el paganismo: “Aquel que sacrifique a los Dioses será desterrado”. Antes de la traición, Firmico había cantado al Sol Invictus: “Sol soberanamente bueno, soberanamente grande, que ocupas el centro del cielo, intelecto y regulador del mundo, jefe y maestro supremo de todas las cosas, que mantienes por siempre los fuegos de las otras estrellas esparciendo sobre ellas, en justa proporción, la llama de tu propia luz(...) vosotros, fieles compañeros del Sol, Mercurio y Venus...”.

El segundo es Porfirio autor de Contra los Cristianos, y sobretodo de la Carta a Marcela, que Festugière considera el testamento espiritual del Helenismo: “Ved en efecto el fruto principal de la piedad: rendir un culto a la Divinidad según las costumbres de los padres, no porque ella tenga necesidad aún de este homenaje, sino porque, en su majestad venerable y bienaventurada, nos invita a adorarla. Nadie pierde nada al servir a los altares de Dios, no gana nada desatendiéndolos, mas quien sea que honra a Dios como si Dios tuviera aún necesidad de este homenaje, se tiene, sin darse cuenta, por mayor que Dios. No es la cólera de los Dioses lo que nos hiere, sino nuestra propia ignorancia de las cosas divinas. La cólera es ajena a los Dioses. Pues sólo hay cólera cuando algo se opone a nuestro deseo; o, dicho de otro modo, nada se opone al deseo de Dios”.

En cuanto al tercero, Salustio, amigo de César, nuestro emperador, y autor de un pequeño tratado de teología pagana De los Dioses y del Mundo. Salustio proviene de una antigua familia instalada en Galia desde tiempo atrás. Alto funcionario, fue al lado de César en todos los frentes, hasta la muerte del autócrata. Compuso un pequeño catecismo para el uso de las altas castas del Imperio, que el Padre Festugière, decididamente fascinado, tradujo muy bien: “ El que en ciertos lugares de la tierra existen gentes que no creen en los Dioses y que deberán haberlas aún después de nosotros, no es algo que deba perturbar a las gentes sensatas. Esto no afecta a los dioses más que, como se ha dicho, los honores les aprovechan”.


Proclo
Las ediciones Arfuyen, siempre ellas, habían publicado en 1994 los Himnos y plegarias del neoplatónico Proclo (8 febrero 412 - 17 abril 485): la obra contiene el texto griego y la elegante traducción francesa de H.D. Saffrey, sin duda uno de los mejores conocedores del neoplatonismo pagano, junto con I. y P. Hadot, J. Trouillard, L.G. Westerink y J. Combès. Pues, gracias a Dios, el neoplatonismo, largo tiempo descuidado, es en el presente objeto de estudios sistemáticos y los textos fundadores (Plotino, Porfirio, Jámblico, Proclo y Damascio) están en curso de edición. El mérito de las ediciones Arfuyen es precisamente entregarnos las plegarias paganas de los últimos neoplatónicos de la Escuela de Atenas, pero desembarazados de notas eruditas, que podrían asustar al neófito. Con este soberbio libro, los principiantes disponen de un auténtico breviario neoplatónico. Después de los estudios en Alejandría, Proclo devino el jefe de la Escuela neoplatónica de Atenas, discípulo de Siriano, Proclo fue el último sabio de la Antigüedad en conocer todas las doctrinas griegas como la palma de su mano. Como blanco de la intolerancia de los cristianos, debió exiliarse un año. Poseemos aún su Teología platónica, publicada por Belles Lettres en cinco volúmenes, precisamente por H.D. Saffrey (1968-1987). El pensamiento de Proclo y de los últimos (?) neoplatónicos recapitula un milenio de pensamiento griego... y conozco eruditos que no están lejos de considerar que todo se encuentra entre Proclo y Damascio. Los continuadores de Plotino compusieron himnos en honor de los Dioses y de los Héroes. Este compendio fue empleado por la escuela neoplatónica en sus devociones cotidianas. Cuando el culto público de los Dioses fue prohibido (Ley del 8 de noviembre 392, promulgada por Teodosio), las familias devotas continuaron posteriormente – hasta el siglo VI – practicando liturgias clandestinas: cultos domésticos con cantos, plegarias, procesiones de estatuas, himnos antiguos pero también novedosos, puesto que la tradición seguía bien viva. De estos miles de himnos, poco ha sobrevivido, los Himnos “Órficos”, los Himnos Homéricos, los de Calímaco... y estos de Proclo hoy accesibles para todos. En las excavaciones efectuadas al pie de la Acrópolis de Atenas, los arqueólogos han descubierto la casa del filósofo Plutarco, donde enseñaron los maestros neoplatónicos, Siriano, Proclo, Marino, Isidoro, Zenódoto y Damascio, hasta 529, fecha funesta en la que Justiniano cerró la escuela y prohibió todo pensamiento no cristiano (y no ortodoxo). Esto supuso el exilio Persa de Damascio y sus discípulos, y el repliegue en Harrán, donde una escuela neoplatónica pagana sobrevivió al menos hasta el siglo IX. En las ruinas de esta casa ateniense, se ha encontrado una capilla compuesta de hornacinas y en una de ellas, una estatua de Cibeles, la Gran Madre de los Dioses... Se puede definir a Proclo como un monje pagano: su vida estuvo reglada como la de un cisterciense o un benedictino. Ayunos, plegarias, vigilias en honor de los Dioses, saludos cotidianos al Sol (al levantarse, a mediodía, al acostarse) se alternaban con el trabajo filosófico propiamente dicho: explicaciones y comentarios de los “autores del programa”: Platon, Aristóteles, “Pitágoras” (Jámblico, al parecer) así como los poetas, considerados como teólogos: Homero, Hesíodo y las Rapsodias Órficas. El ideal de la filosofía neoplatónica es de hecho la celebración del Bien-Uno, que se encuentra más allá del Ser, del cual el alma es la “huella oculta”. Se trata de una religio mentis, una religiosidad intelectual: el acto religioso por excelencia es la lectura, del Parménides de Platon por ejemplo. El Sol juega un rol importante en estas devociones: cantado por Eurípides (Ion), Juliano (Discurso sobre Helios Rey, muy leído en los cenáculos no cristianos de Bizancio), y finalmente por Proclo, del cual el Himno al Sol es la expresión de una espiritualidad muy cuidada y depurada. Para los platónicos, Helios se identifica con el Bien (Platon, Républica VI), para Proclo, “trasciende con una única superioridad el conjunto de todo lo que ve y es visto”. Vástago del Bien, reina sobre el dominio sensible como el Bien sobre el dominio inteligible: Bien y Sol son ambos Reyes. El Corpus Hermeticum (XIII) nos ofrece testimonio sobre la adoración del Sol: “Por lo tanto, hijo mío, permanece en pie en un lugar al aire libre, de cara al viento del Sur, en el momento de la caída del Sol poniente, adóralo; y del mismo modo, al salir el Sol, volviéndote hacia el viento del este. Silencio, pues, hijo.” Un oráculo de Apolo pronunciado en la ciudad de Oinoanda es claro en cuanto al ritual de la plegaria al Sol: “Debéis elevar los ojos hacia el Éter para plegar, en la mañana, mirando al Oriente.” El Sol, reflejo de la acción del Uno, es identificado con Apolo por muchos autores: Eurípides, Calímaco y Heráclito el mitógrafo, en sus Alegorías de Homero: “Apolo es idéntico al Sol, es un sólo Dios bajo dos nombres distintos, esto se desprende claramente de las revelaciones secretas acerca de los Dioses en las ceremonias de los Misterios, y del dicho popular que proclama en todos los tonos: El Sol, es Apolo y Apolo, es el Sol.” La obra, decididamente muy valiosa, contiene igualmente himnos a Afrodita, a las Musas, a Hécate, a Atena rica en recursos... Paganos clandestinos en Atenas, pero también en Mistra, en el entorno del filósofo Georgios Gemistos, Pletón (en el siglo XV), estos sublimes textos, si son leídos e interiorizados, podrán de nuevo sacralizar la cotidianidad de los paganos actuales como lo hicieron hace quince siglos.

Plotino
Debemos dar las gracias al Cerf, que como su nombre no indica, es una casa católica, fundada por los Dominicos, por esta labor empedernida en favor del pensamiento griego. No contentos de ser la primera editorial francesa en materia de judaísmo, “Latour-Maubourg” publica, bajo la dirección de P. Hadot, profesor en el Collège de France y especialista indiscutible del neoplatonismo, un quinto Traité de Plotino. Se trata del Traité 51, que versa sobre el origen de los males, a saber, la materia. Es D. O’Meara, coautor de La Philosophie épicurienne sur pierre (Cerf), el encargado de la edición del texto, de su traducción y de las notas. Este texto es fundamental, dado que influenciará, a través de la respuesta de Proclo, toda la reflexión occidental sobre el problema del mal. Sobre la importancia de Plotino en el debate filosófico de nuestra civilización, L. Ucciani, editor de los cahiers Charles Fourier, publica Sur Plotin. La gnose et l’amour (Kimé), un ensayo austero y un tanto balbuceante, que pretende demostrar hasta qué punto Plotino marcará el pensamiento cristiano (hablar de filosofía cristiana sería un sinsentido dado que esta religión funda toda su doctrina en una revelación dogmática). En este sentido, Plotino, teórico del amor en el que se inspirarán los Padres cristianos, se encuentra en la base de la identidad occidental. Sin embargo, Ucciani señala un tema, el de la gnosis, que la Iglesia ha ocultó, dado que ésta era incontrolable y peligrosa para el control de las mentalidades.

Comprender a los Dioses
Pierre Hadot es uno de los mejores conocedores del neoplatonismo antiguo, corriente filosófica que ejercerá una influencia capital en la historia intelectual de Occidente ( así como sobre las corrientes judías e islámicas a través del sufismo). Su Eloge de la philosophie antique (Allia) retoma su lección inaugural en el Collège de France, que trata sobre “ el estrecho vínculo entre griego y latín, filosofía y filología, helenismo y cristianismo”. Alumno de P. Courcelle, autor de una tesis monumental sobre las letras griegas tardías desde Macrobio hasta Casiodoro, rinde homenaje al maestro desaparecido, según la venerable tradición del Collège de France. A continuación desarrolla la tesis Courcelle, que le sirvió de punto de partida: la influencia del neoplatonismo griego pagano en el pensamiento latino cristiano (Ambrosio tradujo, de hecho, a Plotino). En su época, la tesis no tuvo demasiado éxito dado que ciertos cristianos no soportaron ver el análisis de la conversión de Agustín como una alegoría literaria de origen pagano. La influencia pagana en textos tan importantes para nuestra cultura como las Confesiones de Agustín o La consolación de la filosofía de Boecio es, por lo tanto, una realidad. P. Hadot, receloso, prefiere considerar el helenismo como un todo desde Alejandro a Justiniano. Los periodos helenístico, romano y proto-bizantino – un milenio de historia- deben, a sus ojos, ser estudiados como un conjunto coherente. La síntesis operada en esta época entre Platon, Aristóteles, el estoicismo (y la marginalización de las otras corrientes, como el epicurismo, ya mal visto) da origen, de hecho, al neoplatonismo, que influenciará a todos los pensadores occidentales, así como a los teólogos judíos y musulmanes. Es Agustín, obispo cristiano de Hipona, quien resume el pensamiento antiguo en una fórmula cercana al Gnôthi seauton délfico: “No te extravíes en el exterior, regresa a ti mismo, es en el hombre interior donde habita la verdad”. Hadot insiste también en el carácter práctico del pensamiento pagano, que es un modo de vida (control de sí, meditaciones, tipo de lenguaje, actitud de cara a las convenciones sociales, rechazo cínico a la aceptación escéptica…). Nos encontramos más cerca, mutatis mutandis, de ciertas corrientes orientalizantes contemporáneas que del actual doxa académica, desencarnada y totalmente separada del cuerpo: “La preocupación por el destino individual y el progreso espiritual, la afirmación intransigente de la exigencia moral, el llamado a la meditación, la invitación a la búsqueda de esa paz interior que todas las escuelas, incluso la de los escépticos, proponen como fin de la filosofía, el sentimiento de la gravedad y grandeza de la existencia, aquí están, y a mi parecer la filosofía antigua no ha quedado jamás obsoleta y permanece siempre viva”. Al leer estas luminosas líneas, se comprende hasta qué punto el filósofo Marcel Conche permanece fiel a esta visión griega (e hindú) del amor de la sabiduría.
Akolouthein tô theô : comprender la Divinidad. Tal es la definición de la filosofía pagana, antes de ser esclavizada por la teología, evento funesto de la historia europea que se puede datar con precisión: 529DC, fecha del cierre de la Universidad de Atenas por Justiniano. Después de esta fecha, todo pensamiento no cristiano es prohibido. J. Follon publica, con gran elegancia, una Introduction à l’esprit de la philosophie ancienne (Peeters), caracterizada por un esfuerzo de “comprender la Divinidad” en el doble sentido de la contemplación por la mente y la imitación por la acción. Examina la búsqueda pagana de lo sagrado desde los presocráticos hasta los neoplatónicos: el hombre está ligado a lo divino; su nobleza es de origen celeste y los Dioses constituyen modelos para los mortales. El autor de este libro es claramente cristiano: el cristianismo se ve en él como la coronación del pensamiento antiguo, que no sería sino una larga praeparatio evangelica. Pero la obra está seriamente confeccionada, las referencias precisas abundan, así como las citas de los textos originales. Pitágoras es definido como un filósofo de la razón, en oposición a las religiones apocalípticas. El conocimiento de las causas y los principios primeros es la condición sine qua non de un conocimiento real – y desinteresado - de la naturaleza (cielo/tierra). El Maestro de Samos distingue tres tipos de vida: hedonista (búsqueda de los placeres), política (búsqueda de los honores) y contemplativa (búsqueda de la sabiduría): es en esto fiel a la vieja trifuncionalidad indo-europea. Como Hadot, J. Follon insiste en el carácter práctico al mismo tiempo que teórico de este pensamiento. Para el sabio pagano, la imitación de lo divino en su vida privada es el objetivo que atender: filosofía y “religión” están, por tanto, relacionadas, la segunda no constituye un rechazo de la razón (Siendo Dios Logos) como lo pretenden las ortodoxias cristianas y laico-cientifistas. Este tipo de vida filosófica se deriva de un perfecto conocimiento de las causas primeras; se basa en el desapego y la persecución de un ideal de sabiduría. Entre las grandes diferencias entre filosofía y teología cristiana – hablar de filosofía cristiana no tiene a mi entender ningún sentido dado que existen dogmas en esta religión de tipo antiracional y apocalíptico, ajeno a la mente indo-europea -, Follon cita la creación ex nihilo (entre los paganos, no hay una verdadera creación llevada a cabo por un Dios personal, más bien se trata de la emanación, la transformación de una substancia primordial), la encarnación del Logos (para los paganos, Dios es impasible, ajeno a todo lo que soportan los mortales, digan lo que digan las fábulas de los poetas). El tema de la resurrección de los cuerpos ya hacía reír a los Griegos que escucharon a Pablo de Tarso en el Areópago de Atenas (Actes des Apôtres, 17). El discurso de este último estaba, por cierto, plagado de alusiones al paganismo, pero el mayor escollo fue la resurrección de un cuerpo condenado a la corrupción. Esta salvación del alma y del cuerpo es impensable para un pagano. Aún una diferencia esencial: el amor que el Dios de los cristianos traería a los mortales. Para los discípulos de Chrestos, Dios ama apasionadamente a los hombres. Es interesante constatar que esta visión infantil de lo sagrado no impidió las masacres sin nombre, teológicamente justificadas: el amor y el odio están relacionados y preconizar un amor tan abstracto como imposible en la realidad constituye sin ninguna duda una peligrosa imprudencia.
En la hermosa colección Vestigia editada por el Cerf y la Université de Fribourg, el mismo autor, J. Follon publica una muy útil antología de textos paganos sobre la amistad, desde los presocráticos a Temistio (Sagesses de l’amitié. Anthologie de textes philosophiques). Esta iniciativa es del mayor interés, pues el tema de la amistad no parece apasionar a los filósofos contemporáneos, quienes lo ignoraron después de Descartes. En cambio, en la Antigüedad, la amistad (la philia helénica) ocupa un lugar importante; siendo sin duda central en el pensamiento pagano. Para los cristianos, importan sobretodo el Amor, un amor generalmente abstracto, y la Caridad, que tiene por corolario la intolerancia (la corrección fraternal): amor de Dios hacia los hombres, y amor por el prójimo hacia Dios. Pero ¿qué hay de los paganos, de los herejes? ¿ Se cuentan ellos entre el prójimo? Estudiar la historia de la Iglesia es responder a esta cuestión. Esta importancia acordada, en detrimento de la amistad, al amor, (...) es una de las rupturas causadas por la cristianización. En nuestras lenguas, aún hoy, el amor es central, y la amistad marginal.
Schelling dijo, en Les Ages du Monde, que “el tiempo es el verdadero punto de partida de todas las búsquedas en filosofía”. L. Couloubaritsis y J.J. Wunenburger publican en Presses de Strasbourg las actas de los coloquios celebrados en Bruxelles y Dijon sobre la figura del tiempo, desde la Antigüedad pagana hasta la literatura de ciencia-ficción (Les Figures du Temps). Una parte importante del volumen es consagrada a Cronos, Aión y Kairos, al tiempo y a la eternidad de Platon, en la iniciación greco-romana. Los textos son a menudo eruditos, pero a veces, se contentan con balbucear... o parafrasear (torpemente) textos antiguos. P. Walter, explorador de las mentalidades europeas arcaicas, estudia el tiempo de las hadas en el folklore medieval. Muestra cómo la Iglesia, para dominar a la sociedad salvaje, debía controlar su imaginario y, para conseguirlo, liquidó en la medida de lo posible el tiempo mágico, cíclico, de los paganos. Fue necesario eliminar este tiempo por ser demasiado festivo, rico en alternancias y retornos, para reemplazarlo por el tiempo de la producción, lineal y cuantificado, el de los mercaderes. P. Somville se inclina por la concepción cíclica, tiempo religioso por excelencia, y cita las líneas muy nietzscheanas de B. Strauss: “ Universo no creable, no destructible. Entrelazamientos, ondulaciones, entrechoques. Ningún principio, ningún fin. La metáfora del primero y del único, la “singularidad” se desvanece como todas las demás”.

Publicado en Antaios, 1998-1999.


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